lunes, 1 de septiembre de 2014

CAPÍTULO SIETE

-No te tengo miedo. A ti no – niego con la cabeza y por primera vez me siento realmente indefensa frente a mi madre.
Estamos en una simulación, estoy segura de ello. Y en ella ha aparecido mi madre, la única persona capaz de intimidarme. ¿Es miedo lo que siento hacia ella? Me niego a creerlo. No. No es miedo. Estoy segura. Si fuera así, no habría desafiado sus normas y su esquema de familia erudita. Si le tuviera miedo, no me hubiera escapado todas las noches desde que tengo doce años.
-Has matado a tu hermana – su voz me hiela la piel. Es fría, toda ella.
-No. No la he matado.
-Morirá por tu culpa. Esos hombres la matarán por tu culpa. – la rabia llena sus ojos.
Pienso en los hombres que la torturaban y cómo hace pocos segundos destrocé el espejo, la única ventana que me permitía ver su rostro. Pero, ¿y si no se refiriera solo a ellos? He leído documentos en la sede de Erudición que hablaban sobre las numerosas muertes en Osadía durante la iniciación. Al parecer, han incrementado la dificultad de las pruebas y los iniciados han comenzado a matarse entre ellos. ¿Se referirá a eso mi madre? Si matan a Chloe durante la iniciación… será culpa mía. Yo la he conducido a este lugar.
-Si no hubieras actuado siempre de hermana protectora podría vivir por sí misma.
Me dejo caer de rodillas contra el frío suelo. Ni siquiera sé dónde estoy. Cierro los ojos y me tapo los oídos con ambas manos, intentando dejar de escuchar a la mujer que hay enfrente de mí. Sin embargo, sus palabras siguen resonando en mi cabeza.
-Ella es fuerte y poderosa, pero tú le has arrebatado su poder. La has eclipsado y le has impedido que muestre cómo es en realidad.
¿Cómo es en realidad? Quiero gritarle que se calle, pero el tormento de los pensamientos me lo impide. Y comienzo a temblar. Esto es más duro de lo que nadie imagina. Todos esos iniciados osados se han entrenado toda su vida para esto, y los iniciados trasladados al menos tienen cualidades para osadía. ¿Qué tiene Chloe? No tienen nada, absolutamente nada. Comienzo a llorar. Tal vez si, como dice mi madre, me hubiera alejado de ella, habría podido elegir libremente su camino.
¿Qué tiene Chloe? Necesito pensar con claridad y salir de esta horrible visión que me atormenta. Necesito dejar de escuchar a mi madre. Necesito dejar de oír que seré la responsable de la muerte de mi hermana. Porque sobrevivirá.
Pero, ¿y si muere?
-No morirá – respondo, aunque mi voz apenas es un murmullo.
¿Qué tiene Chloe?
-Me tiene a mí – sueno fuerte y poderosa al afirmar esto y, al abrir los ojos, descubro aliviada que mi madre no está enfrente de mí.

-Diez miedos, Eleanor. – la voz de Pec resulta cálida y familiar una vez que he superado ese infierno.
Diez miedos. He dejado de contarlos antes de llegar a la mitad de ellos.
Asiento y bajo del sillón, pero Pec tiene que cogerme para que no me caiga de bruces. Las piernas me fallan.
-Aún no – sus brazos musculosos me levantan y me vuelve a colocar sobre el sillón. Noto los latidos de mi corazón en los oídos. – No está mal. Ha sido una media de diez minutos por miedo, lo que hace un total de una hora y cuarenta minutos.
¿Tanto? Noto una ligera presión sobre el pecho. Esta parte de la iniciación es importante y no lo he hecho todo lo bien que esperaba. ¿Por qué Stan no me habló de enfrentarme a mis miedos? Podría haber intentado descubrir la manera de enfrentarme a ellos. ¿O no? Hace dos horas jamás habría pensado que tendría miedo a la sangre o a… a mis momentos íntimos con Stan.
-Ahora bajarás por esa escalera de emergencia junto con Claire. – Pec señala a una estrecha puerta que hay en la pared. Me tiende la mano y la sujeto con fuerza. Esta vez, las piernas no me fallan.
Asiento y me dirijo a la puerta con la otra monitora. Descendemos por unas escaleras a oscuras hasta llegar a un extraño pasillo de paredes grises que me traen el recuerdo de la facción de Abnegación a la cabeza. Claire me conduce por el pasillo hasta llegar a unas gruesas puertas de hierro negro. Me balanceo sobre la punta de los pies, mientras ella las empuja con fuerza para abrirlas. Nos llevan al vestíbulo de suelo acristalado. Bajamos por la trampilla y las escaleras de hierro hasta sumergirnos de nuevo en la extraña oscuridad de la cueva. Mientras camino por los bordes de piedra, noto como la adrenalina corre por mis venas y el corazón me late con fuerza mientras miro hacia el fondo de El Foso. La sensación es increíble. Claire se adentra en uno de los oscuros túneles que hay en la roca y yo la sigo. Sólo hay unas cuantas luces cada cinco metros, que no son suficientes para iluminar el pasillo por completo, y lo que hace que el entorno sea mucho más excitante.
-Te dejo aquí - me susurra Claire. Hemos caminado en silencio, pero no era un silencio incómodo. Apenas he sido consciente de su presencia con tanto por ver y descubrir en este nuevo lugar al que dentro de poco podré llamar hogar - Al final del pasillo hay una habitación: la habitación de los iniciados trasladados. Encontrarás ropa y todo lo que necesites. La cena se servirá en dos horas, en el comedor. Pec o yo vendremos a buscaros. - Y dicho esto, se da la vuelta y deja que la oscuridad la envuelva.
La habitación es enorme, y cuenta con cinco literas. Apenas he terminado de entrar cuando un grito ensordecedor llena la habitación, y un fuerte golpe me hace caer al suelo.
-No pareces tan gallita ahora, ¿verdad?
Noto el sabor a sangre en mi boca. Parpadeo con fuerza para aclarar mi visión, que se ha vuelto borrosa. Estoy tumbada sobre el frío suelo y desde aquí puedo ver a mi hermana, retenida por el chico de Cordialidad, que me mira con una cara llena de preocupación. El siguiente golpe me deja sin respiración. Ha sido justo en el pecho. Es la rabia la que me conduce, la que me permite ponerme en pie. Escupo con fuerza a la cara del chico veraz contra el que me enfrenté en el pasillo, justo antes de entrar en nuestros pasajes del miedo. La cara del chico está algo desfigurada. Ahora que me fijo, casi todos los de la sala parecen estar ausentes. Incluido Royce, que está sentado en una cama, con la cabeza entre las manos. Parece que nadie nos esté mirando a mí o al chico, y doy con la razón inmediatamente: el pasaje del miedo los ha dejado a todos exhaustos y oprimidos. Y puede que esa sea la razón por la que el chico que hay frente a mí, mirándome con una cara llena de odio, haya decidido vaciar sus emociones conmigo. Va a golpearme hasta desahogarse, y pretende que yo lo permita.
Se limpia la sangre de mi labio partido de la cara y su mirada se endurece. Pero no le doy tiempo a que me ataque. Mi puño cerrado acierta en su cara y el chico se tambalea hacia atrás. Repito la acción varias veces, hasta que ya no puede retroceder más y se choca contra la pared. Le cae sangre de la nariz y la boca y comprendo por qué me ha atacado. Yo ahora me siento mucho mejor. He dejado mis miedos atrás. Me dispongo a pegarle de nuevo, pero unos brazos me sujetan y me alejan del chico. Es entonces cuando comienzo a gritar y a patalear en el aire, perdiendo el control.
Quiero pegarle.
Necesito pegarle.
-¡Vas a matarlo!
-¡Suéltame, Royce! - exclamo cuando reconozco la voz del otro chico de mi facción.
En brazos, y conmigo aun forcejeando, me conduce a una habitación paralela y cuando aún no me ha soltado en el suelo, un chorro de agua fría cae sobre mí, empapándonos a ambos. Cierro los ojos, sin dejar de forcejear, para que no me entre agua en los ojos. Unos minutos después me rindo, y Royce me deja en el suelo con delicadeza. El agua helada sigue cayendo sobre mí. Me despeja y me relaja. Abro los ojos un poco, lo suficiente para ver que Royce me tiene atrapada entre sus brazos, apoyados en la pared que tengo justo detrás. Está cerca, demasiado cerca, y me pongo en tensión en cuanto sus ojos se clavan en los míos.
-Aléjate de mí – consigo decir en un susurro, y al fin, todas las emociones del día me golpean, agotándome.
-Necesito saber cómo estás. Te ha dado una fuerte patada en el pecho – el susurro de Royce se convierte en un jadeo cuando ambos notamos que el agua se vuelve más fría. Bajo la mirada hacia mi escotada camiseta de tirantes. Mañana será mejor que me ponga algo que me cubra más, porque seguro que tendré una marca morada.
-Estoy bien – susurro – O al menos ahora que la adrenalina sigue corriendo por mis venas.
Una fugaz sonrisa ilumina su rostro, y sus ojos se entornan. Antes de que su estado de excitación vaya en aumento, me doy la vuelta y cierro el grifo de la ducha. La pared está llena de tuberías y duchas visibles. Le doy un pequeño empujón, suficientemente fuerte como para que se aparte, y salgo de nuevo al dormitorio principal. Busco al chico veraz con la mirada, pero no lo encuentro, así que me dirijo hacia mi hermana, que sigue sentada junto al chico cordial.
-¡Eleanor! - exclama cuando me ve, y avanza hacia mí decidida a abrazarme, aunque se detiene cuando ve que estoy empapada – Hay algo de ropa negra sobre tu cama. Te he cogido la litera de arriba.
Le sonrío complacida y me acerco hacia la litera que me ha dicho. Me cambio de ropa allí, delante del resto de iniciados, sin importarme. Royce sale unos minutos más tarde de la sala de duchas, cuando estoy terminando de vestirme, y me escruta con curiosidad. Yo le fulmino con la mirada y me subo a la litera (la cual no tiene escaleras) para tumbarme sobre la dura almohada.
-¿Qué tal ha ido? - la voz de mi hermana interrumpe mi momento de paz, y yo me giro para ver como apoya la barbilla sobre el incómodo colchón.
-No ha estado mal – me apoyo sobre el codo, decidida a no contarle detalles sobre mi evolución en la iniciación - ¿Y tú?
-Se han sorprendido – dice, encogiéndose de hombros.
Esto me asusta. ¿Sorprendidos? Eso significa que mi hermana ha hecho algo diferente, extraño. Me golpeo con fuerza la frente con la mano.
-Tardaste muy poco – susurro.
-Eso es lo que les sorprendió – mira a un lado y a otro para después añadir, aún más bajo – Mi número de miedos es inferior al normal.
Esto me hace enfadar. Yo tengo diez miedos, algo normal, y mi hermana tiene un número inferior. Genial. Mi hermana superará las expectativas a la hora de la simulación mientras que yo tendré que aguantarme con una nota alta en combate, solamente. Frunzo el ceño y me tumbo boca arriba, decidida a no hablarle hasta que se me pase el enfado. ¿Por qué ha tenido que elegir Osadía.

-¡Eh, despierta! - me sobresalto cuando Chloe me zarandea en el colchón y, al abrir los ojos, descubro que Pec está en la puerta. Me giro para quedarme con las piernas colgando en el aire.
-Bienvenidos al complejo de Osadía, trasladados. Como ya os dije antes, me llamo Pec y seré vuestro monitor. Haréis lo que yo os diga y cuando yo os diga, ¿entendido? - no nos deja tiempo para responder – Ya habéis pasado por vuestro pasaje del miedo y, lo que toca ahora, es prepararos para mejorar. Os levantaréis todas las mañanas a las seis y el que se quede durmiendo que sepa que tendrá un pasito más hacia el sector abandonado. No permitiré que los iniciados a mi cargo peleen fuera de la sala de entrenamientos – al decir esto, le lanza una fugaz mirada al chico veraz, que tiene el labio morado y la nariz cubierta de una extraña sustancia blanca. – Os recomiendo que asistáis a todas las sesiones de entrenamiento – por su noto de voz, no parece una mera recomendación – y tendréis que aprovechar vuestros momentos de descanso. Esto será duro. Por lo demás, creo que lo he dicho todo. Y, ahora, ha llegado la hora de ir a comer.
Esto me alegra. Estoy hambrienta.
Todos lo seguimos, recorriendo el oscuro pasillo que nos ha conducido previamente hasta nuestra habitación. Ahora, todos vestimos de negro, y nos confundimos entre los osados cuando llegamos al Foso. El comedor es una sala enorme, llena de mesas y de osados gritando y haciendo ruido. Todos se van sentando en las mesas, la mayoría de ellos según su antigua facción. Yo sigo a mi hermana y, poco después, se nos unen el cordial y la abnegada.
-Gracias por sujetar antes a mi hermana – le susurro al cordial, Julián, que me dedica una amplia sonrisa de cordial.
Mi hermana no deja de hablar con los dos chicos. Descubro que ha establecido una buena amistad con Julian quien, al igual que ella, no deja de hablar, como todos los cordiales. La chica, Thais, es mucho más reservada, o estirada, según se vea. Yo me mantengo al margen de la conversación y comienzo a darle vueltas a mis miedos. Ahora que pienso en ellos no siento miedo, sino admiración. Recuerdo a mi madre, reprochándome la muerte de Chloe, y tengo que reprimir una carcajada. A menudo me pregunto cómo es posible que alguien sea capaz de herir a mi hermana, la persona más simpática y cariñosa de toda la ciudad.
-¡Eh, erudita! - una fuerte palmada en la espalda me hace ponerme de pie de un salto, dejando de lado mi hamburguesa. Pero no es nadie peligroso, sino Willa y su amiga del tren, Sheyla. - Me han dicho que le has pegado una paliza a Bruce.
Busco por el comedor al chico veraz y cuál es mi sorpresa al descubrir que me mira fijamente. Sonrío con malicia y le saludo con la mano. Con que Bruce...
-Eres dura de pelar – Sheyla, una impresionante rubia de ojos verdes apoya su hombro sobre el mío – Pero ten cuidado ahora. Bruce tiene amistades en Osadía. ¿Ves a Estella, la que hay sentada a su lado? - distingo a la chica osada que entró primero en la sala del pasaje del miedo, la que intentó pegarme junto a Bruce en el pasillo – Es su prima. Y Brand, el moreno de pelo largo que hay sentado junto a ella – ahí está el segundo osado del pasillo – es la inseparable mano derecha de ésta. Bruce es un imbécil, pero Estella es peligrosa. No la subestimes.
-¿Por qué me contáis esto? - pregunto sin apartar la vista de Estella, la chica del pelo tintado – Se supone que somos contrincantes en esta iniciación.
-Bueno, sí... - Willa me sonríe de forma cómplice – Pero a partir de la segunda mitad de la primera fase. Y contigo podemos hacer una excepción. No soportamos a Estella. Oye, ¿quieres sentarte con nosotros? - señala hacia una mesa en la que hay dos osados sentados, el segundo saltador y Conor, el chico del tren.
Ahora es el momento de elegir entre mi propia iniciación, con la que he soñado siempre, y disfrutar de ella; o pensar en la chica que hay sentada a mi lado y me observa embobada.
-Lo siento, me sentaré con mi hermana. Tal vez otro día. - Willa pone cara de frustración y Sheyla se encoge de hombros.
-Entonces, ya nos veremos. - asiento y me despido de ellas antes de volver a sentarme y maldecir mi suerte.

Por la noche, descubro que la cama de Bruce está enfrente de nuestra litera. No me da miedo, pero tampoco me hace gracia que un chico que no dudaría en matarme esté tan cerca de mí mientras duermo. Así que busco a Royce con la mirada, cuya cama está más cerca de lo que me gustaría,
-¡Eh, Royce!- lo llamo, y todos guardan silencio para escucharme - ¿También me detendrás si esta noche le pego una paliza a otro iniciado? - pone los ojos en blanco y se tumba dándome la espalda, así que puedo sonreír divertida – Ten cuidado – me giro para clavar los ojos en Bruce, que me mira atónito – o pasarás el resto de las noches despierto.
Ignora mi amenaza, o al menos finge hacerlo.
-Deja de jugar con fuego, Eleanor – la cabeza de mi hermana vuelve a aparecer por el borde del colchón.
-Tú tampoco deberías haber jugado con fuego esta mañana – le susurro, y me tumbo boca abajo para ignorarla, porque sigo cabreada con ella, y más ahora que he recordado el momento en el que dejó que su sangre cayera sobre las brasas.
Ojalá no hubiera escogido Osadía.
Tal y como me temía, a pesar de mi agotamiento, no duermo. No dejo de dar vueltas en la cama y lanzar miradas furtivas a la litera que hay frente a la mía, donde Bruce duerme perfectamente, como puedo comprobar gracias a sus ronquidos. También oigo como uno de los iniciados que hay al fondo de la sala no deja de moverse y susurrar cosas incoherentes, producto de una pesadilla. ¿Estará soñando con aquello que lo ha atormentado en su pasaje del miedo? No sería de extrañar.

Horas más tarde, las luces de la sala se encienden. Cierro los ojos para no deslumbrarme al mismo tiempo que la sala se llena de maldiciones del resto de iniciados. Cojo ropa limpia del cajón metálico que hay a los pies de la litera y entro en las duchas, donde disfruto del agua fría. Cuando salgo, he sido la primera en terminar, por lo que me visto con calma y me marcho al comedor, donde unos minutos más tarde entra mi hermana con su nueva pareja de amigos. Me enfurece verla con el cordial y la abnegada, lo que solo hace que llame aún más la atención. Cuando terminamos de desayunar, Pec nos llama y nos reunimos en la entrada del comedor, en el Foso. Nos conduce por el borde hasta que llegamos a un túnel con una gran apertura en la roca que da lugar a una habitación inmensa. En la pared que hay frente a nosotros hay numerosas dianas y varias mesas con cuchillos y pistolas. A la derecha hay sacos para golpear. También hay un círculo en el centro de la sala, pintado sobre el suelo. Al verlo se me eriza la piel: ahí me sentiré poderosa.
-Hoy empezaremos con la lucha cuerpo a cuerpo – anuncia Pec cuando hemos entrado todos en el gran espacio – y mañana pasaremos a puntería. Así que, elegid cada uno un saco al que golpearle.
-¿Sólo eso? – susurra mi hermana a mi lado, a quien no le he dirigido la palabra en toda la mañana.
Sonrío con malicia y comienzo a caminar hacia los sacos.
-Esto es tan solo el entrenamiento, Chloe.

Y en cuanto lo digo aparece una enorme duda en mi cabeza: ¿cómo voy a conseguir que mi hermana venza en una lucha cuerpo a cuerpo? Peor aún. ¿Cómo voy a conseguir que mi hermana luche siquiera?

lunes, 18 de agosto de 2014

CAPÍTULO SEIS

Bueno, aún no me he presentado ni me he dirigido a los lectores de este blog, que son más bien pocos pero, la verdad, no me importa, pues esta es una de mis historias que más me gusta escribir. Mi nombre "artístico" (por llamarlo de alguna manera) es Steve Rae (o SR para abreviar), aunque la gente que conoce mi nombre me llama por él y no me importa en absoluto.
Esta historia es un fanfic de Divergente, como ya sabréis, en el que se podría decir que las protagonistas son casi reales. Yo me considero una copia exacta a Eleanor y Chloe es la persona a la que más adoro en este mundo.
Al empezar a escribir este blog siempre lo hacía con The Veronicas resonando en mis oídos, algo bastante guay cuando se trata de dos gemelas, por eso la música del blog son sus canciones más famosas.
También escribo para anunciaros que todos, o casi todos, los iniciados, tanto osados como trasladados, tienen importancia; y por eso hay un apartado en el blog llamado Personajes en el cual los identifico con algún famoso.
En fin, espero que los pocos lectores que leéis esta historia la adoréis tanto como yo. Un gran saludo :)


-Seguidme.
Los iniciados nacidos en osadía son los primeros en reaccionar y seguir a Pec a través de un estrecho saliente. Cojo a mi hermana de la mano, que comienza a sudarle por el temor.
-Ni se te ocurra mirar hacia abajo - susurro, pero no he terminado de decirlo cuando sus ojos se ven atraídos por el fondo del foso, donde las aguas se arremolinan salvajemente.
-No puedo - susurra, y prácticamente se abraza contra la pared.
Genial.
-Avanza ahora mismo o te dejo aquí - aprieto con fuerza los dientes mientras la rabia me sube por el cuello, pero al final mis amenazas parecen hacer efecto en ella, y me sigue lentamente por el saliente.
No tardamos en llegar a unas escaleras de metal que conducen al techo del foso, en el que un suelo de cristal da paso al que supongo que es el auténtico edificio de la Sede de Osadía. Por una trampilla llegamos a un pequeño recibidor, o eso es lo que supongo, porque no hay nada de mobiliario, a excepción de unos guardias de osadía que parecen estatuas. Seguimos a la fila de osados por una puerta trasera y los veo subir escalones. El túnel ascendente se oscurece por completo mientras los músculos de mis piernas se hinchan en busca de oxígeno. Se escucha a alguien tropezar, pero por suerte no ha sido delante de mí, donde me habría visto inmersa en el accidente.
La luz llega rápidamente y cierro los ojos, deslumbrada por la claridad. Hemos aparecido en un pasillo de paredes blancas, o al menos debieron ser blancas en algún momento, porque ahora están llenas de pinturas de los osados.
-Vaya - susurro asombrada, mientras me acerco a la larga pared, en la que aparecen los símbolos del resto de facciones, tachadas con una enorme cruz roja. Paso la mano sobre el ojo de Erudición. La pared es granulada y me raspa la palma de la mano.
-¿Qué pasa, erudita? ¿Echas de menos tu facción?
Me giro para observar a tres iniciados cruzados de brazos, que me miran con una sonrisa burlona. Dos de ellos, una chica y un chico, visten de negro; mientras que el otro lleva puestos unos pantalones negros y una camisa de lino blanca.
-¿Y tú, veraz? - pregunto, escupiendo las palabras. - Seguro que echas de menos que todos los de tu alrededor digan lo que piensan. Te ayudaré, si quieres. Eres un imbécil, y con ese pelo parece que te haya chupado una vaca de Cordialidad.
Lo miro expectante, previniendo su reacción. Y no me equivoco. Los dos iniciados osados que hay a su lado lo sujetan con fuerza mientras el chico forcejea deseoso de golpearme.
-Típico de un veraz el no saber controlar sus emociones – Royce, el erudito, se acerca a mí y se apoya en la pared con los brazos cruzados - Tal vez deberías volver a tu antigua facción si no sabes controlarte, chico.
Le lanzo una furtiva mirada porque nunca me ha gustado hacer algo junto a otra persona. Si quiero enfrentarme a un niñato veraz, quiero hacerlo sola. La chica osada también parece perder los nervios, aunque la discusión no viene con ella. Sin embargo, no me da tiempo a ver cómo el chico osado tiene que sostener a sus dos amigos, pues los gritos de Pec precisan nuestra atención.
-¡Ya era hora! ¿Se puede saber qué hacíais en la oscuridad del túnel?
-Nos hemos tropezado y hemos caído - susurra una tímida voz entre la multitud que se agolpa en la entrada de las escaleras por las que acabamos de subir.
Maldigo al reconocer la voz y empiezo a empujar a la gente para hacerme paso entre ellos. Cuando llego, me encuentro a mi hermana con un chico delgado y pecoso vestido con una camiseta naranja y unos pantalones rojos oscuros. Genial, mi hermana y el cordial.
-¿Y tanto tardáis en volver a subir? ¡Tenemos prisa! - la cara de Pec enrojece por momentos, así que decido intervenir antes de que lo pague con mi hermana... o de que ésta se ponga a llorar.
-Déjala, Pec - me abro de brazos frente a mi hermana y el cordial y miro desafiante a los ojos del que a partir de ahora será nuestro monitor.
Parece desinflarse con mi revelación.
-Vaya, primera saltadora. - nos mira a mi hermana y a mí alternativamente - Interesante.
-Mi nombre es Eleanor. Ella es Chloe - hago un gesto con la cabeza hacia mi hermana.
Pec se acerca y me coge por el tirante de mi camiseta negra. Su mandíbula se tensa y me mira fijamente a los ojos. Noto como mis pies se elevan un par de centímetros del suelo y maldigo no ser más alta.
-Será mejor que la controles. No perderé el tiempo con ningún iniciado despreocupado. - asiento y me suelta con violencia, haciendo que me tambalee. Royce se sitúa a mi lado para agarrarme por el brazo, pero yo me suelto con violencia en cuento su mano entra en contacto conmigo.
Pec avanza hacia unas puertas transparentes que hay delante, en el pasillo. Y la marea de osados comienza a desaparecer detrás de él. Me doy la vuelta para enfrentarme a mi hermana, pero la sorpresa que me llevo al verla sonriente me desarma.
-Eleanor, este es Julian. Es de cordialidad. – comienza a hablar rápido, lo que sólo hace cuando está realmente emocionada y lo que resulta desesperante, porque es inteligible - Nos hemos tropezado en las escaleras y hemos tirado a un montón de iniciados. Ha sido divertido, ¿eh? - mira al chico, que le sonríe tímidamente. Siento lástima por él un momento, pero la dejo atrás inmediatamente.
-¿Eres imbécil? - exclamo, recuperando la compostura, y mi hermana y el chico cordial se sobresaltan. - Deja de hacer el tonto, Chloe. Ya me han dado un aviso, así que no me cabrees.
-No deberías tratarla así.
-¡Cállate! - le grito a Royce antes de darme la vuelta y seguir al resto de los iniciados al interior de la sala.
La estancia en la que aparecemos es similar al pasillo del que acabamos de salir. Las paredes son blancas y llenas de grafitis. Sobre todo destaca la gran llama de osadía roja, junto a la que se puede leer el lema de Osadía. Hay varias pantallas de ordenador en una pared y Pec se encuentra junto a dos osados adultos, junto a una pequeña mesa en la que hay un maletín negro.
-Callaos - Pec apenas tiene que alzar la voz para que el grupo se calle. - Os presento a Claire, se encargará de los nacidos en osadía durante una semana, antes de que os juntemos. - Claire alza la cabeza a modo de saludo y vuelve a concentrarse en su charla con el otro hombre, que no deja de conectar cables a un ordenador que saca del maletín - Estamos en la sala en la que descubriréis cuáles son vuestros mayores temores. No estáis listos, y por eso os queremos ver reaccionar.
-Lo siento - susurra alguien en mi oído. Me doy la vuelta y me encuentro con los oscuros ojos de mi hermana. La cojo de la mano y me giro para atender a lo que dice Pec.
-Os inyectaremos el suero del miedo y veremos qué es lo que más os aterra en el mundo. Pero no os preocupéis - sonríe con malicia y posa una mirada en todos y cada uno de nosotros - A diferencia de la prueba de aptitud, aquí seréis conscientes de dónde estáis en todo momento. Vuestra misión es superar vuestro miedo, enfrentándoos a él o consiguiendo controlar vuestras emociones. - guarda unos segundos de silencio antes de gritar el primer nombre - ¡Estella!
La chica con la que me he enfrentado en el pasillo, con el pelo pintado de color bronce y tez oscura, se acerca a Pec con la cabeza en alto, y se sienta en el sillón que hay junto a él. El tercer hombre, el del maletín, le tiende una aguja con el suero del miedo.
En ese momento, Claire, la otra monitora, nos echa a todos al pasillo. La obedecemos y me siento en el suelo con la espalda apoyada justo en la pared que hay frente a la puerta. Chloe se sienta a mi lado.
-Es un simulación - susurra jadeante. Su piel ha descendido varios tonos.
-No te preocupes - susurro, intentando tranquilizarla, aunque ni siquiera yo estoy muy segura de mis palabras - Ya lo has oído, somos conscientes. No tienes por qué destacar. Pero intenta no hacer nada extraño.
Tras lo que parece una eternidad, Claire se asoma a la puerta y llama a Willa, la chica junto a la que me senté en la Ceremonia de Elección, quien avanza con precaución hacia la monitora. Poco a poco, el pasillo se va quedando vacío. Sólo quedamos mi hermana y yo, una chica abnegada, una veraz y un par de osados que charlan animadamente, uno de los cuales es el chico rubio que saltó el tercero para entrar en el complejo de Osadía. Claire asoma la cabeza y llama a mi hermana.
-Suerte - digo, apretando su mano, y ella intenta sonreír para tranquilizarme justo antes de entrar en la sala del paisaje del miedo.
Apoyo la cabeza contra la pared y me concentro en regular mi respiración. Oigo las conversaciones que suceden a mi alrededor, pero no participo en ninguna. Mi cabeza está demasiado ocupada en concentrarse sobre qué puede estar pasando al otro lado de esa puerta.
-Eleanor.
Abro los ojos sorprendida. La cabeza de Claire asoma por la puerta y me mira con intensidad. Me pongo de pie, sorprendentemente segura, y avanzo hacia ella. O me he quedado durmiendo, o mi hermana ha tardado poco en pasar por su pasaje del miedo. O tal vez haya pasado algo y me necesite. Trago saliva, aterrorizada, pero en el interior de la sala no hay ningún otro iniciado, salvo yo.
-Siéntate - me ordena Pec con un tono sorprendentemente duro, y lo obedezco, segura de que sigue mosqueado por lo ocurrido en el pasillo.
Antes de que me dé cuenta, siento el pinchazo en el cuello y la habitación comienza a darme vueltas.
Todo es oscuro a mi alrededor, pero puedo asegurar que tengo los ojos abiertos. Intento moverme, pero no puedo. Estoy paralizada y ciega. ¿Qué es esto? No es real, desde luego. Hay una extraña sensación que intenta abrirse paso por mi cabeza. ¿Dónde estoy? Y mi mente, asombrosamente, consigue responder a esa pregunta: es una simulación, y esto debería darte miedo. Pero no siento nada. Es como si me hubieran privado de todas mis sensaciones y emociones. No veo. No oigo. No puedo moverme... Ni siquiera siento frío o calor. La respiración comienza a acelerarse e intento gritar, pero de mi boca no emerge ningún sonido.
-Qué fácil es controlarte ahora... - susurra una voz a la que reconozco de inmediato: la voz de mi madre.
Quiero gritarle que me suelte, preguntarle qué me ha hecho, pero no puedo moverme. Oh, por favor, que pare ya.
-Quieres que te deje, ¿verdad?
No hace falta que me dejes. Llevo años plantándole cara, y puedo seguir haciéndolo. Ahora más que nunca. No le suplicaré, aguantaré lo que tenga que aguantar. Seré fuerte. Me calmaré. Tengo que calmarme si quiero que me deje.
Y, poco a poco, vuelvo a respirar con calma y mis pulsaciones se ralentizan. Y puedo moverme.
Alargo los brazos, porque sigo estando a oscuras, aunque ya no es una oscuridad tan absoluta como antes. Noto las paredes a ambos lados de mí. Son pegajosas y algo sedoso se enrosca en mis muñecas y se extiende por mis manos. Siento un cosquilleo por mi piel, subiendo por mis piernas, bajando por la cabeza. No puedo controlar el pánico, y grito con fuerza mientras me araño los brazos y la cara, desesperada por quitarme el picor. Sin embargo, en lugar de desaparecer, se concentra con una intensidad mayor alrededor de mi cuello. Me quema. Me arde. Siento que la garganta se me derrite. Está bien, si no puedo luchar contra el hormigueo, me dejaré llevar por él, con placer. Imagino a Stan, sentado junto a mí, desnudo, acariciándome la espalda con sus largos y hábiles dedos, trazando círculos, ascendiendo hasta mi garganta, haciéndome cosquillas. Es una sensación fabulosa, placentera, que me hace sonreír y relajarme.
-Estoy contigo.
Abro los ojos poco a poco y me encuentro con los ojos oscuros que comparto con mi hermana.
-Chloe - susurro, percatándome de que estoy tirada en el suelo, formando un ovillo. De repente, mi hermana comienza a llorar.
-Lo saben, Eleanor. Lo han descubierto. ¡Tienes que salvarme! - el pánico de sus ojos es palpable, se extiende por su cuerpo. Entierra ambas manos en su pelo y comienza a gritar sola. - ¡Lo saben, Eleanor! ¡No he sido lista! ¡No he sido lista!
-¡Cállate! - grito, más alto que ella. La han descubierto. No hace falta que me diga nada más. Saben que es divergente.
-¡Me matarán! ¡Sálvame!
-No. No te matarán - respondo, cogiéndola de la mano, temblando de pies a cabeza como ella e intentando convencerme de mis palabras - No te matarán porque te he encubierto siempre. Te protejo, Chloe. Siempre lo he hecho y siempre lo seguiré haciendo.
Además, soy infalible. Es imposible que la hayan descubierto. Y con éste último pensamiento, mi hermana se evapora y se convierte en una nube que asciende por el oscuro cielo de la noche. Una noche estrellada.
Siento cómo un dedo recorre mi espalda y me giro alertada. Junto a mí está Stan. La luna lanza destellos plateados sobre su hermoso cuerpo desnudo. Me sonríe ampliamente y su mirada desprende cariño. Lo miro extrañada antes de incorporarme y sentarme en el frío suelo. Me encuentro en una nave abandonada del sector abnegado con el techo de cristal. Stan no deja de mirarme fijamente a los ojos, sonriente.
-Deja de mirarme así - contesto y, aunque intento sonar molesta, una extraña risa sale de mí.
-No te vayas, por favor - su voz no parece su voz.
-Tengo que irme. He de ir a Osadía. - me pongo en pie y recojo mi ropa negra del suelo. Stan se levanta mientras yo me visto y me coge de la barbilla, obligándome a levantar la cabeza.
-Quédate. Sé que quieres quedarte.
Se inclina y me besa. Sin embargo, no es uno de esos besos desesperados, sino dulce y apaciguador. La respiración se me acelera y me aparto de él con violencia.
-¡No hagas eso! - grito, y la voz se me rompe.
Contemplo la escena como alguien ajeno a ella. No dejo de decir cosas que no pienso y siento una extraña sensación en el pecho, sobre el corazón. ¿Qué es esto? Me siento como una persona encerrada en un cuerpo que no puede manejar. "Aléjate de él", me grito a mí misma, pero mi cuerpo se ve atraído por una extraña fuerza hacia el chico que hay frente a mí, de pie.
-Quédate conmigo.
No. No. "Tienes que volver y cumplir tu sueño". Soy el subconsciente de mi cuerpo, al cual no deja de ignorar. Pero yo tengo el control. Yo sé quién soy. Yo manejo mi cuerpo.
Cojo el largo cuchillo que hay dentro de una de las botas negras y lo interpongo entre Stan y yo. El chico mira fijamente el cuchillo y levanta la cabeza poco a poco hasta encontrarse con mis ojos.
-¿Por qué haces esto? - pregunta temeroso y con la voz llena de dolor.
Trago saliva, intentando eliminar el nudo en la garganta, un nudo que no es mío; e intentando que la presión sobre el pecho y en el vientre desaparezca.
-Para sobrevivir.
Sus ojos se oscurecen y me mira con dureza. Pero no me importa. Stan desaparece ante mí mientras hago un rápido recuento. Cinco, acabo de superar mi quinto miedo.
Todo se oscurece a mi alrededor, pero el brillo de la luna vuelve a iluminarme. Camino por un destartalado puente de hierro rojizo, oxidado. A unos diez metros de mí hay un extraño bulto en el suelo que no deja de moverse. A su alrededor el sueño brilla desprendiendo extraños destellos. Sangre. Justo cuando paso al lado del bulto, éste se gira, dejándome ver a una chica pelirroja vestida con ropa gris, una abnegada cuyos ojos parecen salirse de las órbitas. Su ropa está llena de sangre. Lo más terrorífico es su cara, completamente destrozada.
-Ayúdame - susurra la chica.
La ignoro. No puedo apartar los ojos de su cara, en la que cuatro profundos arañazos le han destrozado lo que en algún momento pudo ser un hermoso rostro. El ojo derecho, o lo ha perdido o está completamente destrozado. El labio se le ha alargado por ambas mejillas y no deja de escupir sangre por la boca. Sangre roja que comienza a apestar y a atraer a las moscas. Me dejo caer en el suelo, mareada y con náuseas. Me pongo de rodillas con las manos apoyadas en el asfalto y me obligo a apartar la mirada de su cara. Inspiro y espiro, ignorando el olor de podredumbre. Inspiro y espiro, intentando controlar los latidos de mi corazón, concentrándome en la gravilla del asfalto. No sé cuánto tiempo trascurre, pero al final, olvido por completo a la chica cuando sus lamentos hacen rato que han dejado de resonar en mis oídos. Y me dejo caer en el suelo, agotada, cuando siento que mi cuerpo vuelve a comportarse de forma normal.
Me incorporo y descubro que sigo en el puente, pero la chica ha desaparecido. Un impulso me indica que debo terminar de cruzarlo, y es lo que hago. Por debajo de éste aún se puede distinguir el antiguo cauce de lo que fue una vez el río de la ciudad. Ahora está completamente seco, al igual que el pantano. Cuando llego al final del puente giro sobre mis talones para escrutar a mi alrededor. No sé qué busco, qué debo encontrar o hacia dónde debo dirigirme. Levanto la manga de mi sudadera para secarme el sudor de la cara y doy un respingo al encontrarme con el color gris. El color gris de los abnegados, solo que este está sucio y estropeado. No es ropa de abnegados. Es ropa de abandonados. Soy una abandonada.
Escucho al tren aproximarse por las vías. No, no puedo haber fracasado en la iniciación. Estaba preparada. Stan me preparó, él me lo dijo. Siempre he pertenecido a Osadía. Osadía es mía, y yo soy suya.
Me saco la sudadera, que me está enorme, por la cabeza, al mismo tiempo que corro hacia las vías. Debajo llevo puesta una camiseta de tirantes negra que me llena el cuerpo de adrenalina y me confirma que soy osada.
-¡Soy osada! – exclamo en el momento en el que salto al interior de uno de los vagones abiertos.
No llego a caer al duro suelo de metal. Siento que mi cuerpo se eleva, ligero, y cierro los ojos mientras me dejo llevar. Huele a ceniza y a destrucción. Abro los ojos para encontrarme tumbada en un suelo gris y pedregoso. A mi alrededor todos los edificios arden, y hay una enorme nube negra sobre la ciudad. No me da mucho tiempo a preguntarme dónde estoy, porque algo llama mi atención. A mi lado está mi hermana, tumbada en el suelo, con los ojos abiertos sin ver, sin vida.
-¡Chloe! – el grito abrasa mi garganta. Me lanzo hacia el cuerpo de mi hermana mientras algo similar a una explosión se escucha cerca de nosotras. La ignoro. Concentro mis fuerzas en sacudir su cuerpo, su cabeza se mueve de un lado a otro, inerte. – Por favor, Chloe. No me dejes.
Las lágrimas acuden a mis ojos y no puedo respirar. Los temblores me sacuden el cuerpo mientras esa pequeña información intenta colarse en mi cerebro, que de repente parece saturado. Intento concentrarme en el rostro de mi hermana, del que ha desaparecido cualquier muestra de color. No puedo soportar el momento en el que la realidad me golpea con fuerza. Mi hermana está muerta. Me dejo caer sobre ella, con la cabeza apoyada en su pecho, del que no surge ningún sonido. No sé cuánto tiempo paso tumbada sobre ella, inmóvil e intentando controlar los temblores. Tengo que salir de aquí, esa es la única idea de mi cabeza. Y, finalmente, consigo que mi respiración se normalice, alejando mi mente de ese lugar de destrucción.
Sigo con la cabeza apoyada en una superficie blanda, cómoda y conocida. Abro los ojos poco a poco para encontrarme en una habitación de paredes azules. Me levanto de la cama y me paso ambas manos por mi pelo. Todo ha sido una pesadilla. Salto de la cama y flexiono mi espalda, que parece estar gravemente magullada.
-Vamos, Chloe. Hay que ir a la escuela. – me doy la vuelta para atacar a mi hermana con cosquillas y conseguir que despierte. Pero me encuentro la cama vacía, con sus sábanas azules impolutas.
Salgo de la habitación para disponerme a buscarla por la cocina. Sin embargo, mi padre me interrumpe por las escaleras.
-Eleanor, cielo. ¿Dónde vas? Tienes que arreglarte. – me coge del brazo y me lleva casi a rastras por el camino que acabo de hacer - Tu madre dejó el vestido azul en el armario.
-¿De qué hablas? – pregunto extrañada.
-¿De qué va a ser? – su sonrisa me llena el pecho de amor – De la ceremonia. Los eruditos no llegan tarde, y menos cuando se trata de este gran paso. Vas a ser oficialmente erudita, ojalá tu hermana no hubiera elegido Osadía.
-¡¿Qué?! – abro mucho los ojos ante la sorpresa.
-Sé que tu madre no quiere hablar mucho de ella, pero hemos oído que ha sido la primera de su calificación. Y tú has sido la alumna más inteligente de Jeanine. Tienes que estar orgullosa. – dicho esto me empuja y me mete en nuestro espacioso cuarto de baño, lleno de azulejos azules oscuros.
Me doy la vuelta, dándole la espalda a la puerta, y me miro en el espejo. Las pequeñas diferencias con Chloe no están: mis brazos no son musculosos y mi cara no expresa desconfianza.
-¿Quién eres? – susurro al reflejo del espejo y, ante mi sorpresa, éste se inclina y se apoya en el lavabo.
-Bonita vida. Ahora tendrás que hacer todo lo que te diga tu madre, o Jeanine.
Me acerco al espejo y descubro el brillo en los ojos de mi reflejo.
-Tú eres yo – susurro.
-No. Yo soy libre y tú no. – el reflejo se encoje de hombros.
Vuelvo a darle la vuelta y me quito el pijama azul que llevo puesto, quedándome sólo con la ropa interior. Ahí están las diferencias: mis abdominales son fuertes y mis gemelos gruesos. Me giro para enfrentarme al espejo, pero todo ha cambiado de nuevo. Ya no hay azulejos, no ha paredes. Todo es una oscuridad infinita, salvo el espejo y mi reflejo, que se mantienen frente a mí. Sin embargo, ya no soy yo la que hay encerrada en el espejo: es Chloe, la reconozco por su cara de terror. Detrás de ella aparecen personas con la cara oculta e instintivamente me giro para comprobar si es por culpa del reflejo, pero no es así. Detrás de mí no hay nadie.
Me acerco y coloco ambas manos contra el espejo mientras los hombres, que han llegado a la altura de mi hermana, sacan enormes cuchillos de su espalda y comienzan deslizarlos por su delicada piel, dejando gruesos cortes de los que emana sangre en abundancia.
-¡Chloe! – intento llamarla, pero ella no me escucha, solo me mira con terror, inmóvil, llorando, mientras siguen cortando su piel, sus dedos, su oreja. Grito con fuerza y me cubro la cara con ambas manos. ¡Que pare! ¡Que dejen de torturar a mi hermana! ¿Por qué no puedo hacer nada? Sé lo que tengo que hacer, pero no es un acto de valentía, sino todo lo contrario. Alejarme del problema, ocultarlo e ignorarlo no es ser valiente. Pero no puedo soportar seguir viendo sufrir a mi hermana.
Me levanto y, con el puño cerrado, golpeo con toda la fuerza que tengo contra el cristal, que se hace mil pedazos y desaparece junto a la horrible escena que he presenciado. Me tapo la cara con ambas manos y comienzo a llorar mientras me dejo caer de rodillas.
-¿Qué he hecho? – sollozo. Ahora no podré salvarla, no podré luchar contra esos horribles hombres que la torturaban. He destruido la única puerta que me permitía llegar hasta su salvación.
-Todo ha sido culpa tuya.
-Lo sé – respondo a la fría voz que llega a mis oídos. – No he cuidado de ella como prometí que haría siempre.
-Si la hubieras dejado en paz, yo la habría protegido.

Me aparto ambas manos de mis ojos y me seco como puedo la cara para descubrir quién es la persona de la fría voz. No tardo en reconocer la oscura silueta: es mi madre.

lunes, 28 de julio de 2014

CAPÍTULO CINCO

Veo cómo tiembla mientras sube las escaleras. Se sienta en la silla que hay justo a mi lado e intenta cogerme de la mano, pero yo la aparto con brusquedad.
-Eleanor, escúchame, por favor - susurra mi hermana - No podía elegir abnegación. He sido egoísta. Me he dado cuenta de que lo que me importa ante todo es mi felicidad. Llegué a la conclusión de que me daba igual la facción, lo que me importaba era estar contigo. Eleanor, eres la única persona que me comprende, no podía separarme de ti.
Su explicación hace que me den ganas de pegarle, por impotencia. No por ella, sino por mí, por no haberme planteado la dificultad que tendría mi hermana al intentar separarse de mí. Debería haber previsto esto, y lo he pasado por alto.
Ignoro las súplicas de mi hermana e intento concentrarme en lo que queda de ceremonia. Los osados vuelven a gritar cuando un chico de Cordialidad deja caer su sangre sobre las brasas. Es algo nunca visto.
Dirijo la vista hacia mis padres y descubro que ninguno de ellos mira hacia donde nos encontramos mi hermana y yo. Mi madre no levanta la vista del suelo, lo que me provoca cierto rencor. Debería mirarnos y afrontar la realidad: que sus dos hijas han decidido separarse de ella, aunque sólo le importara que Chloe se quedara. Verla así de débil es lo que más odio de ella.
Sigo ignorando a mi hermana cuando la ceremonia finaliza y los osados se ponen en pie. Camino junto a ellos y no miro atrás para ver por última vez a mis padres. Sin embargo, sí lo hace mi hermana. Esto me mosquea, así que le cojo la mano y tiro de ella.
-Compórtate como una de ellos - digo empujándola, justo cuando los osados empiezan a correr.
Pasan de largo los ascensores entre bromas y empujones y se acercan a la puerta que da a las escaleras. La marea negra comienza a descender velozmente y yo me uno a ellos, saltando las escaleras de tres en tres. En todos los años en los que he tenido que vivir en Erudición me han enseñado que correr está mal, y aun así, era algo que siempre deseaba hacer. Por eso aprovecho este momento. Sin embargo, no puedo correr tanto como a mí me gustaría, pues mi hermana se queda de las últimas del grupo. Con un último sprint, alcanzamos a los iniciados cuando llegamos al vestíbulo, y salimos del Centro.
El sol está en lo alto del cielo y nos deslumbra al salir. Los colores de las facciones se mezclan en la entrada del edificio. Cojo a mi hermana de la mano y la obligo a correr más rápido, siguiendo a los jóvenes de negro, que se dirigen hacia las vías del tren. Noto como mi hermana tira de mi brazo hacia atrás, pero la empujo y la obligo a seguir corriendo.
-No te preocupes - tengo que gritar entre el ruido de los osados para que mi hermana me escuche - No es tan difícil.
-¡Es una locura! - exclama.
Me agarro a la escalera de mano y comienzo a escalar hacia las vías justo detrás del resto de osados. Cuando llego arriba, los músculos de mis brazos se han endurecido. Miro hacia abajo y observo a mi hermana a mitad de la escalera, agarrada a los asideros como si le fuera la vida en ello.
-¡Chloe! - exclamo mirando hacia abajo - La idea es subir.
Observo sus manos, que se han vuelto blancas debido a la fuerza con la que se agarra a los asideros. Entonces lo entiendo todo: a mi hermana le aterran las alturas.
-Chloe, escucha. No mires abajo.
Levanta la cabeza, permitiéndome descubrir el terror que refleja.
-No puedo. - entonces suena el tren y las vías comienzan a temblar por su proximidad - Vete, Eleanor.
Pero niego con la cabeza y comienzo a descender rápidamente por la escalera hasta que mi pie derecho se sitúa en el asidero en el que mi hermana está apoyada.
-Chloe sube conmigo. Lo haremos juntas.
Miro hacia abajo para verla asentir y ambas avanzamos lentamente hacia arriba, mientras que el temblor de los raíles se hace más fuerte. Cuando consigo llegar de nuevo a la plataforma me agacho para ayudar a mi hermana a subir. El tren ya ha llegado, y los osados comienzan a subir a los vagones con las puertas abiertas.
De nuevo, agarro a mi hermana y empezamos a correr. Por desgracia, Chloe no es capaz de correr lo mismo que yo. Sé que la estoy forzando demasiado, pero el tren comienza a acelerar.
-¡Tienes que saltar!
-¡No puedo! - grita entrecortadamente por el esfuerzo - Ve tú, Eleanor. Salta.
-¡No pienso dejarte! - el grito me raspa la garganta, y el dolor lo uso como ayuda para tirar más de mi hermana y empujarla hacia uno de los vagones, en los que uno de los osados nos tiende la mano.
Mi hermana grita de terror, pero coge la mano del desconocido, quien tira de ella. Desaparece en el interior del vagón mientras que yo sigo corriendo para coger carrerilla. Veo el final de la plataforma, que alcanzaré en pocos segundos. El esfuerzo por lanzar a mi hermana al vagón me ha hecho perder demasiada velocidad y me ha dejado exhausta. Varias manos osadas salen por el borde del vagón, pero no llego a cogerlas. La plataforma se acaba y noto el nudo en el estómago. Si dejo de correr, perderé aquello que he estado deseando toda mi vida. Si no dejo de correr, caeré desde una altura que me matará.
Decido seguir corriendo y utilizo el borde de la plataforma para saltar
El aire me sacude con fuerza el pelo y todos los músculos de mi cuerpo se ponen en tensión. La superficie más cercana está a unos quince metros de distancia por debajo de mí. Pero he cogido suficiente impulso como para poder agarrarme a los asideros del tren. La velocidad de éste y la fuerte corriente de aire me impulsa hacia atrás y los dedos de las manos se me resbalan un poco, pero me agarro con fuerza, clavando mis uñas en las palmas de mis manos. La mano de un chico vestido de negro se coloca sobre la mía, contra el asidero. No intento soltarme para agarrar su mano, porque sé que caeré al vacío, y él parece entenderlo a su vez porque lo único que hace es apretar mi mano contra el asidero, para que no resbale. Intento mirar hacia delante, hacia la vía, y sonrío al descubrir que hay una curva a izquierdas, una curva que aprovecharé para entrar en el vagón del tren.
La velocidad del tren disminuye lo suficiente para girar con seguridad. El cambio de dirección me impulsa hacia delante, y enseguida noto varios pares de brazos que me agarran por la cintura y tiran de mí hacia el interior. Caigo hacia atrás riendo, con lágrimas en los ojos por culpa del viento que me ha golpeado en la cara. Aún de rodillas en el suelo, me asomo al borde del tren. El final de la plataforma no está muy lejos, pero el recorrido me ha parecido eterno y aterrador, sin embargo, ahora río, feliz de haber logrado superar mis límites y sorprendida por la fraternidad que han mostrado los osados al ayudarme.
-Lo que hay que ver. Por lo que se ve, no eres erudita, ¿eh? - pregunta alguien con ironía - Soy Conor.
Acepto la mano que el chico me tiende y me pongo de pie. Va vestido completamente de negro con una chaqueta abierta del mismo color y la mitad de su cara está decorada por un intrincado tatuaje de tinta azul celeste, del mismo color que sus ojos.
-Eleanor - digo sonriente.
-¿No has pasado miedo? - pregunta una chica rubia que lleva puesto un corto top que solo oculta su pecho.
-Pruébalo tú, Sheyla, a ver qué te parece - reconozco la voz de Willa que me da un golpe en la espalda - Me alegro de verte, Eleanor.
Descubro sorprendida que todos los que me rodean son nacidos en Osadía. Giro sobre mí misma y encuentro a los iniciados trasladados sentados en la parte de atrás del vagón. Muchos están pálidos y otros me miran con rencor. Mi hermana aparece entre los iniciados y me abraza, enroscando sus brazos alrededor de mi cuello. Tiene la cara mojada y los ojos enrojecidos.
-No vuelvas a hacerme eso - dice con voz ronca mientras me empuja hasta la pared, donde nos quedamos apoyadas, fundidas en un abrazo.
-Tranquila. Estoy bien. - susurro, acariciándole el largo y oscuro pelo.
La adrenalina desaparece de mi sangre antes de lo que me hubiera gustado y enseguida comienzo a enfriarme. Evito tiritar y me separo de mi hermana para asomarme al tren. Me agarro a los asideros para no caer, aunque ahora el tren circula a ras del suelo. Pasamos por los destruidos edificios que hay junto al pantano, donde siempre he sospechado que se encontraba la sede de Osadía. Al parecer, mis suposiciones eran ciertas, porque en cuestión de segundos uno de los osados exclama:
-Ahí está.
El tren asciende por una pendiente y aparecemos en lo alto de un edifico. No tiene tejado, sino una terraza pedregada. Me asomo un poco más y descubro que los osados de los primeros vagones han empezado a saltar.
-¡Chloe! - me giro para buscar a mi hermana con la mirada entre el jaleo que comienza a formarse en el vagón.
Vuelvo a observar al edificio. Hay que saltar dos metros para llegar hasta él o acabas en la calle que trascurre a unos veinte metros bajo nosotros. Mi hermana llega junto a mí y me da la mano.
-No hay tiempo que perder.
Cuando estoy a punto de lanzarme hacia el edificio, me agarra con fuerza por el brazo. Los osados comienzan a saltar en nuestro vagón.
-¡Es una locura! - exclama.
El tren, que ha disminuido la velocidad, no tardará en volver a acelerar.
-¿Confías en mí?
Veo el pánico en sus ojos. Sin embargo, asiente. No me da la mano, sino que retrocede hasta la pared opuesta del vagón y corre hacia la puerta. Mi hermana salta para después caer y rodar por el suelo del tejado pero, al menos, lo ha conseguido.
Yo camino dos pasos para poder saltar con impulso. Caigo dando una voltereta, pero caigo de rodillas y me pongo en pie sin problemas. Camino hacia donde está mi hermana, que se ha puesto de pie para sacudir la tierra de sus pantalones azules. Comienzo a sudar por el esfuerzo y bajo la cremallera de mi sudadera azul, dejando al descubierto una camiseta de tirantes negra. Mi hermana me observa con el ceño fruncido.
-Ya no formo parte de ellos - le digo cuando ambas comenzamos a caminar detrás del grupo de iniciados - y tú tampoco.
Los osados se detienen al llegar a lo que parece un patio central en el edificio, lo que ha originado un gran agujero cuadrado en la azotea. Desde donde estamos se pueden ver las ventanas que dan al interior del edificio, aunque están tan ennegrecidas que no se ve nada en el interior. ¿Será esta la sede de Osadía? Lo dudo. Es demasiado fácil llegar hasta ella.
Me detengo al encontrar frente al grupo a tres osados adultos, entre los que se encuentra Sky Meller, el líder de Osadía.
-Buenos días. He llegado algo antes que vosotros – una cálida sonrisa aparece en su rostro. Está subido al alféizar del patio lo que nos permite verlo sin problema -Habéis elegido Osadía, pero no todos llegaréis a ser osados. ¿Cuántos no han conseguido llegar hasta aquí?
-Hubo uno que se quedó atrás antes de subir al tren - dice uno de los veraces que hay situados un poco más adelante.
-No está mal. Ahora quiero que os asoméis al borde, por favor.
Todos nos aproximamos, con cierta precaución, al borde. Efectivamente, se trata de un patio interior del edificio, al fondo del cual, hay un gran agujero negro.
-Tenéis que saltar -anuncia Sky, provocando numerosos murmullos por parte de los iniciados.
-¿Qué hay al fondo? - pregunta un osado, lo que me hace pensar que ni siquiera los que han nacido en Osadía conocían ese agujero.
-Solamente aquellos que salten lo averiguarán. - responde Sky.
-¿Tú lo sabías? - me pregunta Chloe en un susurro.
-No - niego con la cabeza.
Esto no ha aparecido jamás en los ordenadores de la sede de Erudición, ni en los libros. Ni siquiera Stan me informó sobre que debía saltar al vacío para llagar a Osadía, él se limitó a prepararme, no a aportarme información.
-¿Quién va a ser el primero? - pregunta el líder.
Todos los iniciados comienzan a murmurar palabras tales como "locura" o "suicidio". Palabras que me recuerdan a mi hermana cuando hablaba de los osados hace tan solo unas horas. La miro y, en contra de lo que esperaba, no contempla el agujero horrorizada, sino que sus ojos están clavados en mí.
-Nos vemos abajo – susurra, sabiendo lo que voy a hacer a continuación.
Asiento y camino hacia atrás. Todos los iniciados siguen en el borde, mirando hacia abajo. Ya he saltado al vacío antes, y me colgué de unos asideros en el aire. Nada me impide saltar. Así que avanzo velozmente y me impulso en el borde del tejado. Los oídos se me taponan y contemplo con fascinación cómo me precipito hacia el oscuro fondo del agujero. La luz del día desaparece y me engulle la oscuridad. Pero no tengo miedo. No grito. Simplemente, me dejo llevar.
Noto un fuerte impacto contra mi espalda, pero no lo suficiente como para que mi cuerpo no soporte el golpe. No ha sido el suelo. Mi cuerpo desciende y asciende a continuación, separándose de la superficie para volver a impactar contra ella.
No. No es el suelo. Es algo elástico. Es una red. De repente, una luz aparece en mi campo visual, procedente de una linterna. A rastras y con dificultad, gateo sobre la red elástica hacia ella y unos brazos me ayudan a ponerme en pie y me sacan de la red. Me iluminan con la luz de la linterna en la cara, lo que me hace entrecerrar los ojos.
-Una eudita. La primera saltadora ha sido una erudita.
Esta afirmación me hace sonreír.
-Ya no soy erudita – le digo al hombre que sostienen la linterna, al que soy incapaz de ver, y me quito la sudadera azul.
-¿Liberada? – aparta la linterna y me permite ver con mayor claridad. El que hay frente a mí no es un hombre, sino un chico de unos veinte años, con pelo oscuro aplastado contra la cabeza – Yo soy Pec y, teniendo en cuenta que eres trasladada, seré tu monitor.
-Genial. Yo soy Eleanor.
Se escucha el impacto que produce otro cuerpo al caer sobre la red y me giro para intentar ver al segundo saltador. Pec me empuja contra la pared y me quedo allí, camuflada con la oscuridad. Miro a mi alrededor para comprobar que estoy en un túnel. Las paredes no son completamente lisas, sino que hay trozos en los que está formada por grandes piedras. En el techo del túnel hay pequeñas luces que apenas iluminan un metro de éste, y con una intensidad bastante baja. Por esto, no habría sido capaz de distinguir el rostro del iniciado que me ha seguido si no fuera por la linterna de Pec.
-Vaya, este es osado.
Efectivamente, el chico que acaba de salir de la engatusadora red elástica, viste de negro, tanto que apenas lo distingo de las paredes del túnel. El chico es de una altura normal, pero imponente. Sus brazos tienen el grosos de tres de los míos, lo que me hace cuestionarme cuántas horas habrá pasado este chico entrenando. Aun así, me veo venciéndole en una pelea. Seguro que soy más rápida que él y, aunque algo más alta, seguro que también soy más escurridiza. Además, él no puede atacar con los huesos, mientras que de codos para abajo, en mí no predomina el músculo. El chico me lanza una mirada analizadora y se apoya en la pared que hay frente a mí. Lleva el pelo marrón peinado con una cresta y una de las orejas está perforada por cientos de sitios.
No me da tiempo a fijarme mucho en él, pues se oye un grito extraño y otro chico aterriza en la red. Pec vuelve a ayudarlo a bajar y el chico da pequeños trotes hasta que la luz que hay sobre mi cabeza lo ilumina un poco. Éste también es osado, aunque a diferencia del primero, no es tan robusto. Es alto (me saca una cabeza) y rubio. Sus brazos son un poco más gruesos que los míos, pero no mucho. Tiene un piercing en el labio inferior que le daría un toque siniestro a su sonrisa si no tuviera los dientes perfectos. Parece el típico chico que no deja de sonreír jamás.
-Eso parecía una telaraña – comenta, lo que me provoca un escalofrío y me despego un poco de la pared.
-Ni siquiera la erudita ha dado los grititos de niña que has dado tú – oigo que comenta Pec en la oscuridad.
-¿Quién? ¿Está? – por primera vez, sus ojos, azules como jamás los había visto, se clavan en mí.
-Tengo nombre.
-Disculpe, no he tenido el placer de conocerlo.
Es su tono educado y a la vez lleno de ironía lo que me pone de los nervios. Frunzo el ceño y lo miro de arriba abajo.
-Ni lo tendrás – respondo con voz amarga.
-Vaya, vaya. Me parece que tenemos aquí a una chica borde.
-Sólo con los imbéciles como tú. – y doy por acabada la discusión.
En ese momento se unen a nosotros otros dos chicos, esta vez veraces. Uno es bajito y moreno, mientras que el otro es alto y castaño claro. Se sientan con la espalda pegada a la pared y comienzan a hablar entre ellos.
Poco a poco, más iniciados se unen a nosotros. Cuando al fin aparece mi hermana, con la cara blanca, se acerca a mí y se echa el pelo hacia atrás. Está aterrada, pero ahora no es momento de mostrar lo que sentimos cada una de nosotras. Yo siento alivio, pues por un momento he llegado a pensar que no saltaría. El último chico es el trasladado de cordialidad, quien grita de terror mientras cae y, una vez consigue bajar de la red, comienza a temblar.
-No hay más – se le escucha susurrar entre castañeteos.
-¿De qué hablas? – una chica veraz con el pelo corto se abre paso para llegar hasta él. – Hay uno más, un veraz.
-No piensa saltar – dice el cordial, negando con la cabeza.
-Está bien. Seguidme entonces.
Pec se abre camino entre los iniciados y deja a la chica veraz allí de pie, inmóvil. Todos seguimos al osado, a quien sólo vemos cuando las luces del techo iluminan la parte de arriba de su cabeza. Cuando se vislumbra el final del túnel, Pec se da la vuelta y se coloca en la entrada, impidiéndonos pasar.
-Está bien. Callaos un momento. Tú, el imbécil de azul. ¡Cállate!
Me doy la vuelta para ver a un erudito apoyarse en la pared con cara de enfado. Lo reconozco de haberlo visto en la sede de Erudición. Royce.
-Vais a pasar unas semanas entretenidas. Lo primero que haréis será pasar por vuestro pasaje del miedo, dentro de unos minutos – esto provoca una nueva avalancha de murmullos, especialmente entre los trasladados. En la oscuridad del túnel, mi hermana coge mi mano con fuerza – Una vez hayáis pasado, quien no haya muerto del susto, se irá con los iniciados de su grupo. Habrá dos: uno para los nacidos en Osadía, y otro para los trasladados. Aunque ya os advierto de que esta separación no será permanente. ¿Queda claro?
Se escucha un “sí” colectivo, que hace eco en el túnel que acabamos de atravesar.
-Seguiréis con vuestra iniciación, entrenando y superando pruebas. Hay dos fases, en las cuales se eliminará a un número de iniciados aún por determinar. Cuando paséis estas dos fases, volveréis a pasar por vuestro pasaje del miedo. – Pec guarda silencio un momento y nos mira a todos y cada uno de nosotros antes de volver a hablar – Solo aquellos que hayáis progresado destacadamente podréis llamaros osados. Y ahora, en marcha.
Se aparta de la entrada del túnel, permitiéndonos pasar. Cuando salimos de la oscuridad, todos lanzan exclamaciones de sorpresa. Ante nosotros se encuentra una caverna, con las paredes de piedra y numerosos niveles y estrechos pasillos. En algunos hay barandilla, mientras que en otros se prescinde de ella. Se escucha el rugido del agua circular e impactar contra las paredes de roca y al fondo se distingue un río de salvaje corriente.
Miro a un lado y a otro. Hay osados por todas partes, incluso niños que no dejan de correr por los peligroso bordes. Mi hermana cierra con fuerza los puños, de nuevo, aterrada. Suspiro con fuerza ante lo que sucederá ahora.
He pasado años entrenando para tomarme este período de mi vida con calma y destacar. Sin embargo, ahora mi misión no es esa.

Tengo que asegurar que mi hermana supere a la iniciación.

lunes, 14 de julio de 2014

CAPÍTULO CUATRO

Caminamos hacia el que ha sido nuestro hogar durante años y a partir de mañana dejará de serlo para ambas. O al menos, eso es lo que espero. Mi hermana me tiende uno de los libros cuando estamos en la puerta, pero lo rechazo. Será la última vez que cruce esta puerta azul, la última vez que me comportaré como una erudita. La emoción impide que coja el libro.
Mi madre abre la puerta, como todos los días, y me mira con el ceño fruncido. Yo, por el contrario, le dedico la sonrisa más falsa que verá jamás en mi rostro.
-Habéis tardado en llegar.
-Nos entretuvimos por el camino – mientras mi hermana se dedica a dar explicaciones, paso por debajo del brazo de mi madre y entro en la casa.
-¿Qué tal las pruebas? - pregunta mi padre, que baja por las escaleras.
Tiene el pelo lleno de canas y es alto y esbelto. Vino de Verdad y de pequeña siempre lo consideré un hombre al que no podía mentirle, que conocía todos mis secretos. Ahora que ya he cumplido los dieciséis años, no sé si eso es verdad. Lo que está claro es, que si conoce lo que soy, no parece molestarle tanto como a mi madre.
Puede que mi padre sea lo único que eche de menos de esta facción. Mi padre y su confianza.
-Perfectas – contesto, mientras comienzo a subir las escaleras – Estaré en mi cuarto, pensando sobre ello.
Mi padre no dice nada más. Asiente y sigue bajando para abordar a mi hermana.
Cuando llego a mi habitación, me agacho bajo la cama de Chloe y levanto una de las baldosas del suelo, de donde saco una maleta negra en el momento en el que mi hermana entra en el cuarto.
-Oh, oh, ¿qué vas a hacer? - pregunta, mirándome con preocupación.
-Esta noche tengo que salir a hacer un par de cosas. No te preocupes.
-Puedo entretenerles – Chloe se sienta en su cama junto a mí, mientras que yo saco mi cuaderno de dibujo de debajo de mi colchón y lo meto en la mochila.
-Te lo agradecería mucho – le sonrío ampliamente – Pero mientras anochece, ¿qué te parece pasar un rato comportándonos como hermanas?
No lo duda ni un segundo. Se lanza hacia mí y enrosca sus brazos alrededor de mi cuello, con fuerza. Su cuerpo empieza a temblar y yo le devuelvo el abrazo.
-No, por favor Chloe. No empieces a llorar. ¿Quieres que yo haga lo mismo?
Esto la hace reír entre lágrimas. Fundidas aún en un abrazo, nos dejamos caer sobre su cama.
-Te voy a echar de menos – confiesa, y entonces se separa de mí.
-Yo también – aseguro, cogiendo su mano con fuerza y reprimiendo el nudo de mi garganta.

Cuando anochece, a mi hermana y a mí nos ha dado tiempo a analizar toda nuestra infancia juntas. Nuestros días en la sede de Cordialidad; mis intentos por averiguar a qué facción pertenecía, obligándola a escalar las esculturas de acero que hay frente a la sede de Erudición; todas las veces que sacó la cara por mí ante nuestra madre; y nuestras peleas de pequeñas, en las que mi madre acababa castigándome por tirarle del pelo y mi hermana decidía hacerse pasar por mí y ocupar mi lugar en el salón-biblioteca de nuestra casa, leyendo, mientras yo seguía jugando en la calle con los vecinos.
Nos separamos con un fuerte abrazo. Ella se dirige a la puerta para distraer a mis padres y yo, cargada con la mochila con cosas que me importan, menos de las que pensaba, me subo al alféizar de la ventana y bajo en silencio por el canalón.
Mientras me alejo de la casa, observo las luces de la sala de abajo y las siluetas moviéndose. Toda mi familia se reúne mientras que yo, por otro lado, decido ir al sector de los abandonados.
En la esquina de la calle recojo mi sudadera negra y con ella puesta corro hasta las afueras de la sede, por donde pasa uno de los trenes que conduce al sector de los abandonados. Esta vez ni siquiera me hace falta agarrarme a los barrotes de los vagones, sino que con un limpio salto caigo en el interior. Me pongo de pie y observo las luces de la ciudad, como todos lo días. Poco a poco se van apagando. Es una de las medidas de ahorro que ha impuesto el gobierno abnegado y con la que mi facción no está totalmente de acuerdo.
Los edificios azules dejan paso a las ruinas de la ciudad cercanas al pantano y, poco después, a las monótonas casas del sector abnegado. El viaje hasta las destartaladas calles y los derruidos edificios que hay en territorio abandonado dura tan solo quince minutos.
Salto a la azotea más alta y ruedo por el suelo hasta que me choco contra un pequeño muro que me salva de una caída mortal. Intento levantarme, sacudiéndome la ropa de la suciedad que hay en la parte más alta del edificio y me froto el brazo derecho, que ha sido el que ha impactado con el muro.
-No ha sido tu mejor salto – oigo que dice una voz.
Me pongo en posición de alerta, escrutando la oscuridad, hasta que la risa del individuo lo delata, sentado junto a la escalera de incendios.
-Vaya, vaya. Pensaba que no vendrías después de nuestro último encuentro – digo sentándome junto a él.
-Bonito encuentro el nuestro. Aprendí que nunca debes intentar aprovecharte de una futura osada. Tengo un recuerdo, ¿sabes?
Stan se levanta su camiseta gris, de abnegación, y bajo la luz que proyecta la luna llena logro ver una alargada y fina cicatriz rosada en su abdomen, mucho más musculoso que la última vez que lo vi.
-¿Has estado entrenando? - pregunto, acariciando con un dedo su cicatriz, lo que le provoca un escalofrío.
Sonrío con malicia.
-Parece increíble que me apuñalaras hace dos meses y ayer hicieras lo que hiciste por ponerte en contacto conmigo. ¿Te lo pasaste bien con aquel chico?
Me encojo de hombros.
-No estuvo mal – entierro los dedos de mi mano en el pelo de su nuca y él echa la cabeza hacia atrás – pero contigo me lo he pasado mejor.
-¡Qué mala eres! - ríe con fuerza, acabando con el silencio de la noche.
Se acerca a mí y yo rodeo su cintura con mis piernas. Me coge del pelo y me echa a cabeza hacia atrás mientras me besa con delicadeza el cuello. La suavidad da paso a una pasión frenética y Stan comienza a darme pequeños bocados en el cuello.
En seguida siento el acero que esperaba bajo mi garganta y Stan se aleja de mí, sin soltarme el pelo y con una daga amenazando con degollarme.
-Qué ingenua eres, pequeña. ¿Qué es eso de bajar la guardia?
Apenas ha terminado de hacer la pregunta cuando le asiento un codazo en las costillas al mismo tiempo que, con la otra mano, le arrebato el arma. Cae al suelo y yo me sitúo a horcajadas sobre él, con la daga sobre la cicatriz rosada que oculta su camiseta.
-Eso mismo digo yo, ¿qué es eso de bajar la guardia?
Sonríe forzadamente y ejerzo un poco de presión con el arma, lo que le hace se tense.
-¿Quieres una cicatriz nueva, o la prefieres en el mismo sitio?
La sonrisa de su rostro desaparece y me mira fijamente.
-Estás lista – dice con seriedad.
Asiento lentamente. Claro que estoy lista, él lleva tres años encargándose de que llegado el momento lo estuviera. Ahora lo sé, sobreviviré a la iniciación de Osadía, esa que él no llegó a superar hace cuatro años.
Aparto la daga de sus costillas y la lanzo lejos de nosotros. Me agacho hasta que nuestras narices se rozan y nuestros labios se unen. Me rodea con sus fuertes brazos y rueda, pasando a estar sobre mí. Seguimos besándonos hasta que mis manos llegan al borde de su camiseta y comienzo a quitársela.
-Ni siquiera sé por qué haces esto – jadea en mi oído, recuperando la respiración.
-Para sobrevivir – respondo, y vuelvo a recortar la distancia que nos separa.

-Eres increíble. Primero te lanzaste tú, semanas más tarde lo intento yo y me apuñalas. ¿Y ahora? - gira la cabeza para mirarme. Ambos seguimos tumbados en el suelo de la azotea, contemplando el espeso cielo negro. Su brazo me sirve de almohada
-Soy yo la que ha decidido siempre lo que pase en mi vida. Tú no eres una excepción.
Veo las luces del tren brillar, aproximándose a nosotros, y me pongo en pie.
-Solo tienes dieciséis años, pero eres mucho más madura e inteligente que ninguno de mi generación. Ten cuidado con los osados, son peor que yo.
-Y yo peor que ellos – aseguro, con mi sonrisa maliciosa.
Comienzo a alejarme para buscar un lugar seguro en el cual saltar al tren, pero Stan me agarra con fuerza por el brazo, demasiada fuerza, lo que me hace ponerme alerta.
-Suéltame – le pido, con el ceño fruncido.
-Me debes algo. No entreno durante tres años a alguien por amor al arte.
Lo miro a los ojos, unos ojos azules claros que de repente se han vuelto oscuros. Sé lo que quiere. Salir de los terrenos de los abandonados.
-A partir de mañana pregunta a los abnegados por Chloe Stone. Se unirá a ellos y hará todo lo que esté en sus manos para ayudarte.
-Preferiría osadía, pequeña – canturrea, sin soltarme el brazo.
-Te reconocerían, y no voy a arriesgar toda mi vida por un abandonado como tú, Stan.
Es un insulto pare él, pero como es alguien que no me importa, retiro mi brazo con la fuerza necesaria para liberarme, justo cuando llega el tren.
-Deja esto en la facción de Osadía dentro de una semana – le digo, lanzándole mi mochila negra.
-¡Ten cuidado con la segunda etapa de la iniciación! Es la peor para un osada como tú.
Le echo un último vistazo y asiento como forma de agradecimiento justo antes de saltar al tren.

Cuando abro con cuidado la ventana, la habitación está completamente a oscuras. Escucho la acompasada respiración de mi hermana. Me cambio lo más silenciosamente que me es posible y subo a mi litera en silencio. Sin embargo, pocos segundos más tarde, noto un cuerpo que se tumba junto a mí y me aprieta con fuerza la mano.
-Necesitas descansar, Chloe. - le digo, mientras le acaricio el pelo con mi mano libre.
-Lo sé, pero necesito estar unos segundos más contigo, por favor.
Y nos quedamos profundamente dormidas, juntas, como lo hemos hecho siempre, como lo hacíamos cuando eramos pequeñas. Chloe y yo, como si fuéramos una sola persona.

Mis padres nos acompañan al Centro, donde tendrá lugar la Ceremonia de Elección. Nadie habla por el camino, ni siquiera Chloe, quien no deja de darle vueltas a un mechón de su oscuro pelo entre los dedos.
Cuando bajamos del coche levanto la cabeza y observo como el edifico se pierde entre las nubes. ¿Cómo será subir hasta arriba y asomarse al borde? ¿Cuántos osados lo habrán hecho ya?
Mi hermana tira de mi brazo y seguimos a nuestros padres al interior, donde mi madre aparta a un grupo de abnegados para que podamos subir a uno de los ascensores. Cuando las puertas van a cerrarse, veo la mirada de culpabilidad de mi hermana al ver que los abnegados caminan hacia la escalera. Mi padre pulsa el número veinte en el cuadro de mandos del ascensor, y el cubículo en el que estamos, junto a un grupo de veraces, sube a gran velocidad. Cuando las puertas vuelven a abrirse, camino hacia la sala en la que se llevará a cabo la ceremonia.
Las filas de asientos rodean los cinco cuencos que representan a las cinco facciones. Chloe y yo nos quedamos en los círculos más alejados, donde se sitúan todos los chicos de dieciséis años a los que les ha llegado el momento de elegir hoy. Nuestros padres caminan hacia las filas más cercanas, divididas en facciones, y se sientan con el resto de personas vestidas de azul.
Cuando la sala está llena, aparece Sky Meller, el líder de Osadía, alto, moreno, vestido completamente de negro y con la cara llena de piercings. Tendrá cerca de treinta años, pero aun así es el líder más joven de las facciones. Cada año le toca a una facción dirigir la ceremonia y hoy le ha tocado a Osadía.
-Bienvenidos a la Ceremonia de Elección – la voz del líder osado es fuerte. Hace que me enorgullezca – Hoy es un día muy importante para todos aquellos que tomarán una decisión. Una decisión que marcará sus vidas.
-Sobre todo deja marca si eres de Osadía – le susurro a mi hermana, mientras observo a un osado que hay justo un par de asientos a nuestro lado.
Pienso en todo lo que he leído sobre la iniciación en Osadía o lo que me contó Stan. Luchas, peleas, armas... Tan sólo imaginándome sosteniendo una hace que el vello se me erice. Dentro de poco, podré sentir el poder en mis manos.
-Hace años, nuestros antepasados descubrieron que el origen de la maldad está en nosotros, en nuestra forma de ser y por ello dividieron nuestra sociedad en cinco facciones, cada una de las cuales culpa e intenta eliminar aquellos rasgos de nuestra personalidad que nos conducen hacia el mal.
Camina hacia el centro de la sala y comienza a acariciar con la yema de sus dedos cada uno de los cuencos de metal.
-Los que culpaban a la agresividad formaron Cordialidad. Los que culpaban a la ignorancia, Erudición.
No puedo evitar mirar a mi madre, cuyo pecho se hincha con la satisfacción. ¿La ignorancia? No creo que sea la culpable del mal. A menudo hay que mantener bajo ignorancia a las personas para que el mal no las ataque. La ignorancia no es enemiga, incluso podría resultar una aliada.
-Los que culpaban a la mentira formaron Verdad.
Demasiado similar a Erudición. La mentira conlleva ignorancia de la verdad, la ignorancia es enemiga de los eruditos y veraces, pero no mía.
-Los que culpaban al egoísmo formaron Abnegación – miro a mi hermana. Yo soy egoísta, ella lo rechaza – Los que culpaban a la cobardía formaron Osadía.
Y ahí está, el cuenco con las brasas que representa Osadía. No me atrae la tierra de Cordialidad, ni el agua de Erudición, ni el cristal de Verdad, ni las piedras de Abnegación. Son las brasas de Osadía las que hacen que los ojos me brillen de emoción.
-Estás cinco facciones han trabajado durante años en armonía, juntas. Cordialidad aporta consejeros y sanadores; Erudición, profesores e investigadores; Verdad, líderes seguidores de las leyes; Abnegación, líderes altruistas; y Osadía, protectores de lo interno y lo externo. Pero cada una no solo aporta algo a nuestra sociedad, sino que juntas nos permiten sobrevivir. Sin ellas, no lo haríamos. Por ello son más fuertes que cualquier tipo de lazo. Nuestra facción nos pertenece.
Osadía es mía.
-Y nosotros le pertenecemos a ella.
Y yo soy suya.
-Así, pues. Abramos los brazos y recibamos a nuestros nuevos iniciados, porque, a partir de ahora, ellos será nuestra nueva y única familia.
Nunca he tenido una familia.
-La facción antes que la sangre – exclama con el puño en alto.
Solo los Osados levantan los brazos y repiten la frase. El resto se limita a aplaudir. Yo me limito a mirar sonriente a Sky. Si he de seguir a un líder, quiero que sea a él.
A continuación, comienza a nombrar a los chicos, por orden alfabético inverso. El primero es un chico de Verdad que coge decidido el cuchillo que Sky le ofrece. Se hace un corte superficial en la palma de la mano y se acerca a los cuencos. Su sangre cae y se mezcla con el agua de Erudición. Los de su facción comienzan a murmurar y los de Erudición aplauden. Es un traidor, como lo seré yo dentro de pocos minutos, como espero que lo sea mi hermana también.
Mi nombre llega antes de lo que esperaba.
-Eleanor Stone.
Aprieto la mano de Chloe, pero no la miro, no puedo hacerlo. Bajo hasta el centro de la sala y sonrío hacia Sky, tomando el cuchillo. Hago un rápido corte en la palma de mi mano derecha y camino hacia los cuencos. Dejo que la sangre se acumule en mi mano, formando un pequeño charco. Miro a hacia los eruditos. Mi padre asiente, supongo que sabe lo que voy a hacer y quiere que sea sincera, que sea inteligente; mi madre no sonríe, pero yo a ella sí. Y sin dejar de mirarla, giro mi mano sobre las brasas de Osadía, dejando que la sangre se libere. Al igual que acabo de hacer yo.
Después de dieciséis años, al fin soy libre.
Corro hacia los gritos de júbilo de los osados y me siento en la fila más alta, junto a una chica osada que ha decidido permanecer en su facción.
-Hola, soy Willa.
-Hola, Eleanor.
Aprieto con fuerza la mano que me tiende y me dejo caer en la silla que hay junto a ella. Aún noto la sangre arder por mis venas, mis cara acalorada de la emoción y la sangre gotear en mis dedos, pero eso no me importa. Observo con atención a Sky, que vuelve a coger el papel y lee el siguiente nombre.
-Chloe Stone.
No la miro, aunque veo su figura bajar las escaleras por el rabillo del ojo. Cuando llega al centro, las luces la iluminan y veo que está pálida como nunca.
-Vaya, ¿sois gemelas? - pregunta Willa.
Ignoro su estúpida pregunta y observo con atención cómo mi hermana se hace un corte en la mano, igual que el mío. Camina hacia los cuencos y cierra la mano en un puño. Después levanta la cabeza y mira a mis padres.
Quiero gritarle que no lo haga, que no se quede con ellos. Empiezo a sudar y noto aún más calor cuando me mira. Su mirada pide disculpas. Haga lo que haga, no será Cordialidad o Abnegación. Haga lo que haga, la pondrá en peligro. Haga lo que haga, mis años de investigación acabarán tirados a la basura.
La cara se le ilumina cuando abre la mano y el tiempo parece detenerse. Noto la alegría en su rostro, el fin de su suplicio, de su miedo. No hace falta que mire el cuenco en el que mi hermana ha dejado caer las gotas de su sangre divergente. Los osados me dan la respuesta con sus gritos.
Pero mi hermana no ha elegido Osadía.
Me ha elegido a mí.

domingo, 29 de junio de 2014

CAPÍTULO TRES

La mujer abnegada me conduce hasta una de las salas y me dice que pase. La estancia es poco acogedora, pequeña y vacía, salvo por un sillón que hay en el centro, un ordenador y un taburete en el que hay un chico de ropa gris, abnegado. Es rubio y joven, con barba de unos dos días. No deja de teclear los botones del ordenador y ajustar los cables que salen de éste. Levanta la mirada cuando entro y me dedica una amable sonrisa.
-Hola Eleanor - saluda - Siéntate, por favor.
Lo obedezco y avanzo con firmeza hasta sentarme en el sillón, que gira automáticamente y después el respaldo se echa hacia atrás. Sin necesidad de que el chico me dé instrucciones, me acomodo y, en silencio, observo lo que hace. Saca de una caja una aguja con un líquido plateado en su interior. Me estremezco un poco, pues no me agrada que nadie se acerque con algo tan afilado hacia mí. Sin embargo, tras desinfectarme con algodón la zona del cuello en la que pretende pincharme, introduce la aguja con delicadeza. Noto como presiona el émbolo y el líquido entra en mi organismo, afectando a todas y cada una de mis células.
La realidad comienza a volverse borrosa mientras el chico me cuenta que el suero me trasladará a una simulación para conocer a qué facción pertenezco. Como si no lo hubiese estudiado cientos de veces. Además, es mi facción la que aporta el suero.
Casi sin darme cuenta, el hormigueo se extiende por todo mi cuerpo, desde la cabeza hasta los pies, y el sillón sobre el que estoy tumbada parece desaparecer. Siento unas grandes náuseas y cierro los ojos ante el peso de mis párpados, zambulléndome en una inmensa e inquebrantable oscuridad.
De repente, la presión sobre mis ojos parece desaparecer y a través de ellos distingo claridad. Cuando los abro, parpadeo repetidamente por el deslumbramiento. Cuando mis pupilas se adaptan a la luz, me sorprende encontrarme en el comedor del instituto. Intento buscar en los recuerdos, pero no consigo hallar ninguna pista que me indique por qué o cómo he llegado hasta aquí. ¿Dónde estaba hace tan solo unos minutos?
Completamente desorientada, me acerco a la única mesa de metal que hay, algo que resulta de lo más sospechoso. Giro sobre mí misma para observar el resto de la estancia, pero ésta está completamente vacía. Las paredes blancas ahora parecen no tener fin. ¿Por qué me noto tan extraña e incómoda? ¿Por qué siento como si un par de ojos estuvieran clavados en mi nuca?
-¿Hola? – pregunto, incapaz de soportar esta sensación.
-Escoge uno. –de las paredes de la sala surge una amenazadora voz de hombre, que hace que el vello de la piel se me erice.
Miro con el entrecejo fruncido a un lado y a otro, abarcando todo el comedor. Pero no hay nada, salgo la mesa de metal. Un extraño impulso me obliga a aproximarme a ella, en la que han aparecido dos grandes platos de metal plateado. Uno de ellos contiene un trozo de queso y el otro, un cuchillo. La hoja de este último, es afilada y reluciente, más que el metal del plato en el que se encuentra. Sin pensarlo dos veces, acaricio con los dedos el filo de la hoja del cuchillo, sin llegar a cortarme, hasta llegar a la empuñadura, que cojo con delicadeza.
En ese instante, los platos desaparecen. Agarro con fuerza el cuchillo y me giro para enfrentarme a cualquier cosa, apoyando la espalda en la mesa de metal. Las paredes blancas acaban por marearme con su apariencia infinita. Entonces lo veo. Hay un perro justo en el extremo opuesto de la sala. Parece un cachorro.
Dejo caer mis brazos a ambos lados, aliviada, y contemplo con admiración como el animal se aproxima hacia mí. Inconscientemente, me relajo. Siempre me han gustado los animales, en especial los perros grandes de pelaje oscuro. ¿Grandes? No, el animal ahora es mucho más grande que hace tan solo un par de segundos. Muchísimo más. Comienzo a caminar de espaldas en un intento de alejarme de él, pero en seguida me topo con una pared que hay a mi espalda. Ni siquiera estaba ahí hace un momento. Bajo la mirada hacia mi mano derecha, donde aún agarro con fuerza el cuchillo. No hay forma de escapar del animal a menos que…
Trago saliva, aunque no por temor. No les tengo miedo a los perros, pero si éste sigue acercándose hacia mí y supone una amenaza, no me quedará más remedio que matarlo. Y no me hace gracia tener que matar a un animal tan espectacular. Me fijo en sus patas traseras, levemente flexionadas. Son todo músculo. El animal, que ha comenzado a gruñir, sigue aproximándose más a mí. Ahora es enorme y si abandonara su postura de ataque y se pusiera recto llegaría sin problemas a la altura de mi cuello.
No puedo seguir allí, contra la pared, esperando a que el animal decida atacarme. Rápidamente tomo la decisión y, cuando ya solo nos separan dos metros, me lanzo sobre él.
Noto como el cuchillo atraviesa limpiamente las costillas, casi sin rozarlas. El perro gime y, cuando saco el cuchillo y me dispongo a asentarle otra puñalada, cae al suelo. Muerto. Me doy un par de segundos antes de incorporarme, apoyada en el lomo del animal, que ha dejado de moverse al son de su respiración. Por el tamaño, el animal se asemeja demasiado a un caballo.
Contemplo mis manos y mi ropa azul de erudita manchadas de sangre. Justo entonces, noto una fuerte corriente de aire que me sacude el pelo y la sangre de mis manos se limpia de inmediato, al igual que el cuchillo, que se convierte en humo y desaparece a pesar de mis intentos por retenerlo. Siempre me he sentido segura con un arma en la mano.
Cuando levanto la mirada me encuentro en un autobús. No hay nadie, salvo un hombre oculto tras un periódico. De nuevo tengo esa sensación de vacío e inseguridad y soy incapaz de recordar cómo he llegado hasta aquí o qué ha sido lo último que recuerdo.
Por alguna razón, ignoro todos los asientos libres y me siento justo frente al hombre. Es un impulso, pues siempre he preferido la soledad antes que sentarme junto a un desconocido o a cualquier conocido que no fuese mi hermana.
El hombre, sin descubrir su cara, golpea con una mano la portada del periódico, en el que se muestra la imagen de un hombre moreno y de rasgos comunes. Todas las personas que recuerdo haber conocido tienen un increíble parecido con él: mi padre, mis vecinos, mis compañeros de clase… Todos tienen algo en común con las facciones del hombre de la fotografía.
-¿Lo conoces? Es muy importante. Mi vida peligra.
La voz del hombre sentado frente a mí no muestra ningún tipo de emoción, lo que me hace desconfiar de él. Para más inri, me resulta extremadamente familiar.
-¿Me estás escuchando? – pregunta de nuevo, gritando- ¡Dime si lo conoces!
Miro con más atención la fotografía. Sí, si lo conozco. O al menos me resulta muy familiar.
-¡Contesta!
-No - digo con seriedad.
-Sí lo conoces. Me estás mintiendo. ¿Por qué me mientes?
-No miento. No lo conozco - repito, aunque una parte de mi me grita que sí lo conozco.
El hombre que tengo frente a mí grita de rabia mientras que yo me limito a sonreír, llena de satisfacción. Por algún motivo sé que, aunque lo conociese, el hombre que hay frente a mí no puede enterarse. Nunca.
Entonces siento el dolor, justo sobre la sien. Me llevo una mano a la cabeza en el momento en el que mi visión se nubla y se oscurece.
¿Qué me ocurre? Pienso en el hombre del autobús. ¿Habrá sido él? Tal vez debería haberle dicho la verdad. Tal vez debería haberle dicho que el rostro del hombre del periódico me resultaba muy familiar.
No. No podía decírselo. Por algún motivo, no debía.
He hecho lo que tenía que hacer.
Abro los ojos de golpe al mismo tiempo que comienzo a toser. Cuando relajo mi respiración miro a un lado y a otro. Estoy en una pequeña sala, sentada en un sillón, con un chico abnegado sentado frente a mí. La información comienza a navegar velozmente por mi cabeza. Me vuelvo a relajar y me tumbo de nuevo en el respaldo del sillón.
Nada de lo que he visto era real, tan sólo ha sido mi prueba de aptitud. El cuchillo, el perro, el rostro del periódico… Tan solo han sido imágenes introducidas en mi cabeza por culpa del suero.
-¿Cómo te sientes? - pregunta el chico abnegado que se ha encargado de controlar mi prueba de aptitud.
-Perfectamente – contesto, intentando no sonar irónica ni preocupada. Aún noto en la sien los latidos de mi corazón.
-¿Qué crees que ha salido en tu prueba? - pregunta mientras retira unos cables del ordenador que hay junto a la camilla.
-Osadía. – respondo rápidamente.
-Muy bien - dice sonriente - Supongo que siempre lo has tenido muy claro, ¿no?
-Desde que era pequeña. – y es verdad. No he necesitado fingir, como supongo que habrá hecho mi hermana en la otra sala. Tan solo he tenido que ser yo y demostrar finalmente lo que siempre he sabido que sería. - ¿Y tú? ¿Siempre tuviste claro que querías ser abnegado? - pregunto a la defensiva. Siempre me ha molestado que la gente hablase de mi futuro en esta sociedad de facciones. Me parece algo demasiado personal y privado, algo que define cómo es una persona demasiado bien. Que alguien te conozca no siempre puede ser bueno para ti. También conocerá tus defectos, tus límites.
El chico parece sobresaltarse ante mi pregunta, algo que no es de extrañar, pues los abnegados tienen prohibido hablar de lo referente a sus facciones o a sus pruebas de aptitud. Sería hablar de ellos mismos, lo consideran egoísmo
Tan solo lo hago para darme unos instantes de satisfacción, pero entonces veo como el chico lo piensa, perdiendo su actitud de abnegado durante unas milésimas de segundo. Nadie lo habría notado, o al menos nadie que no llevase dieciséis años viviendo con alguien como él.
-Sí - contesta, bajando la mirada, centrándose de nuevo en su trabajo y retomando su actitud de abnegado.
-Claro que sí - comento con ironía mientras bajo del sillón y camino hacia la puerta.
Él también es un divergente.


-¡Eleanor!
Veo a mi hermana al otro lado del pasillo. Viene corriendo hacia mí, aunque su rostro es confuso. Muestra una amplia sonrisa pero, por desgracia, bajo esa máscara, la sonrisa no muestra otra emoción que no sea desesperación. No deja de correr hasta que está a un metro de mí, con lo que acabamos chocando con fuerza, por suerte, mantengo el equilibrio e impido que ella se caiga.
No la he visto desde que entramos a la sala donde nos encontraríamos con nuestra prueba de aptitud. Recuerdo que lo último que le dije fue que actuara como una abnegada. De que salí, resultó que las demás pruebas aún no habían terminado y, sin perder un segundo de mi tiempo, decidí alejarme y perderme por los pasillos del colegio la hora que teníamos libre. Subí a las plantas más altas, a los laboratorios, y me senté en el alfeizar de la ventana, contemplando la distancia que me separa del suelo y de una muerte segura con admiración.
-¿Qué tal ha ido?
Tomo su pregunta, un tanto estúpida, como una señal para marcharnos. Sé que no quiere saber cómo me ha ido a mí, sino contarme cómo le ha ido a ella. La cojo de la mano sin mediar palabra y caminamos hacia las grandes puertas del edificio. Justo cuando estamos bajando los escalones, pasa el tren sobre el tejado de uno de los edificios colindantes. La marea negra se vuelve borrosa. Sale de las ventanas más altas del colegio, justo donde he estado hace yo hace tan solo quince minutos. Aterriza en el tejado del edificio que hay justo debajo y penetra en los vagones del tren abiertos, justo cuando éste pasa a toda velocidad por las vías.
-Es alucinante – oigo comentar a Chloe con una mezcla de fascinación y reproche, pero la ignoro. Estoy demasiado absorta en mis pensamientos y mis ansias por unirme a ellos.
Caminamos en dirección a la sede de Erudición. Noto las miradas inquisitivas provenientes de mi hermana pero yo sigo avanzando, sin soltarla de la mano. Cuando llegamos al parque que hay justo frente a la sede, el de los grandes monumentos de chapa, la suelto. Esta vez he elegido un monumento distinto con forma de banco que me permite sentarme y cruzarme de piernas mientras mi hermana pasea delante de mí, nerviosa y mordiéndose las uñas.
-¿Y bien? ¿Lo vas a soltar o qué? – pregunto desesperada.
-Estás loca – responde.
Me quedo mirándola, atontada.
-¿De qué hablas? – pregunto.
-Eleanor deberías pensar con la cabeza. Te ha salido Osadía, ¿verdad? – apenas me da tiempo a asentir con la cabeza antes de seguir hablando. Ha dejado de morderse las uñas y ahora se dedica a gesticular con las manos – No superarás la iniciación. Es una locura. Esos chicos y esa facción están locos.
-La que ha perdido la cordura eres tú – la acuso boquiabierta - ¿Qué pretendes? ¿Qué me quede aquí? Chloe tengo que marcharme a Osadía es mi lugar. Además, si crees que saltar desde un tren es una locura estás equivocada. He sobrevivido muchas veces a esos saltos.
Chloe se tapa los oídos y comienza a susurrar lo bastante alto para que pueda oírla.
-Ni se te ocurra mencionar lo que sea que hagas fuera de la casa por las noches. No quiero saberlo. Prefiero seguir en el desconocimiento respecto a ese tema.
-Puedes bajar las manos – la corto, lanzando un largo soplido – Chloe, yo ya sé qué haré el resto de mi vida. El tema que deberíamos tratar es el tuyo. ¿Qué ha pasado en la prueba? – vuelvo a preguntar.
-Fue increíble. – responde, y veo el brillo en sus ojos – En cuento entré, resonaron en mi cabeza tus últimas palabras. Supongo que apenas tuve que fingir – intento reprocharle que su elección debe ser Abnegación, que su parte abnegada es mucho mayor que su parte erudita o cordial, pero en cuanto ve que abro la boca para protestar me hace un gesto para que me calle – Cogí el cuchillo porque me parecía útil. El queso no es una comida abnegada, no se nos… se les permite comerla, ¿no? Después apareció un enorme perro y supe que tanto el queso como el cuchillo que tenía en la mano se necesitaban para alejar al animal. Me asusté. No quería matar al perro. Me arrepentía de no haber cogido el queso. Así que tiré el cuchillo y esperé a que el animal me atacara. Pero no lo hizo, porque yo sabía que no iba a hacerlo.
Ver la simulación desde el punto de vista de mi hermana me resulta asombroso. Yo casi ni recordaba quién era, sin embargo, mientras la simulación trascurría, mi hermana había tenido tiempo de recapacitar sobre todas las opciones que tenía y que podía haber tenido durante ésta. Era capaz de pensar, mientras que yo sólo podía actuar ante los peligros.
-Después llegó el autobús. El hombre comenzó a gritarme y ya sabes lo que pasa siempre que me gritan.
-Lloras. – respondo con una sonrisa maliciosa.
-Calla – dice, mirándome con mala cara – Pero le mentí, le dije que no lo conocía. Sentía miedo, pero no por mí. Yo no vi la amenaza de aquel hombre dirigida hacia mí. Sentía que si le decía la verdad, haría algo horrible. No sé a quién, pero aun así no podía permitirlo. Es increíble cómo la simulación puede medir tus nervios, tus momentos de duda… Todo. Si fuera por mí…
Entonces se da la vuelta y para contemplar el edificio de la sede de Erudición. Sus paredes son azules, como todo lo relativo a nuestra facción. Además, posee grandes ventanales que permiten entrar la luz. Sé lo que hay en el interior: ordenadores, libros, chicos con túnicas azules con gafas y chicas con vestidos azules y con gafas… y un gran retrato de Jeanine Matthews, la líder de nuestra facción.
-Eleanor – susurra mi hermana sin apartar la mirada – Este es el mejor lugar…
-Cállate – no se lo digo gritando, pero si en un tono más agresivo de lo normal - ¿Qué quieres? ¿Qué te maten? Pues quédate, yo no te lo voy a prohibir. Pero parece mentira que después de todo lo que averiguamos, quieras quedarte en este lugar de mentiroso y traidores.
-No todos son así – me corta, apartando la mirada del edificio. Ahora los ojos no le brillan de emoción, y me obligo a apartar la mirada para no abalanzarme sobre ella y pegarle por ser una chica tan débil.
-Los líderes sí. Los que tienen el poder lo son. Lucharán contra cualquiera que se les resista, como tú.
-Tú también te resistes a ellos – comenta, intentando sonreír. – Ahora mismo lo estás haciendo.
-Siempre me resistiré a ellos. Vivo para causarles problemas.
Con una amplia sonrisa me dejo caer sobre el monumento de chapa. Aquí, ahora, tumbada y relajada como nunca, sabiendo que mañana me marcharé de esta horrible facción, es el momento más feliz que he experimentado en mucho tiempo.
-El otro día leí que Erudición y Cordialidad son las dos facciones esenciales. Cordialidad aporta alimentos y Erudición el conocimiento.
Cierro los ojos e intento imaginarme un lugar sin osados. Sí, podría existir, pero el mundo sería mucho más aburrido y peligroso. Aunque Erudición siempre ha considerado que los oficios de Osadía, casi siempre defensa, no son efectivos al vivir en una sociedad pacífica, me esfuerzo en creer que algún día, los osados podrán usar las armas y defender aquello que aman y a la gente indefensa.
En mi interior susurro el manifiesto de Osadía: “Creemos en los ordinarios actos de valentía, en el valor que lleva a una persona a levantarse por otra... Creemos en gritar por los que sólo pueden susurrar, en defender a todos aquellos que no pueden defenderse a sí mismos.”
Osadía es necesaria, al igual que Abnegación y Verdad. Sin embargo, por una vez estoy de acuerdo con lo que mi hermana lee sobre las facciones. A la hora de sobrevivir, estas tres facciones son prescindibles. Al reconocer esto me siento flotando durante unos segundos sobre el vacío. ¿Dónde voy? Pienso en ir a Cordialidad o a Erudición y río ante la imagen. Mi lugar está en Osadía, como me ha dicho hoy la prueba de aptitud.
Como siempre he sabido.
-En eso tienes razón. Pero no se trata de sobrevivir, sino de vivir. Cada uno es libre de tomar una elección, y si el resto de facciones no fueran necesarias, solo existirían Erudición y Cordialidad. Y, viendo lo visto, no es el caso.
Me guardo para mí aquellos que están excluidos de la libertad. Mi hermana, junto al resto de divergentes, no son libres de elegir.
-Hoy he conocido a uno como tú – digo, rompiendo el silencio que se ha formado – Era el abnegado que llevaba a cabo mi prueba de aptitud. ¿Vas a decirme de una vez qué ha salido en la tuya?

-Abnegación.

viernes, 3 de enero de 2014

CAPÍTULO DOS

Cuando me despierto aún es de noche, como todos los días. No necesito mirara el reloj para saber que son las cinco de la mañana. Hace años, mi mente se acostumbró a despertarse un par de horas antes de que saliera el sol.
Bajo de la litera sin hacer ruido y del interior de la almohada saco unos pantalones ajustados negros. Después, me acerco al armario empotrado que comparto con Chloe y saco unas deportivas que hay ocultas entre un montón de ropa. Me quito la camiseta del pijama y me dejo la camiseta de tirantes azul oscura. A continuación, me acerco a la ventana y la abro. Comienza a hacer más frío conforme pasan los días, pero ésto no es ningún impedimento para lo que yo llamo “mi liberación”. Me subo al alféizar de la ventana y me agarro con fuerza al canalón que hay al lado de ésta. Con gracilidad desciendo por él. La primera vez que lo hice acabé con un gran corte por toda la pierna para el cual no tenía excusa, ni tampoco para la cojera que siguió a los días siguientes. Sin embargo, mi hermana les dijo a mis padres que me había caído de la litera y me había cortado con un hierro mal soldado. Por supuesto, mi madre no me creyó, y empezó a desconfiar de mí.
Cuando mis pies saltan al húmedo césped del jardín, compruebo que ningún vecino me haya visto, y que todas las luces de mi casa estén apagadas. No encuentro problemas. Salto la valla de madera y camino con cuidado por la calle hasta que llego a la esquina. Al girar, me agacho para levantar una de las baldosas, debajo de la cual hay una sudadera negra un par de tallas más grande de la ropa que suelo llevar. Me la pongo, subo la cremallera hasta arriba y empiezo a correr. Corro hasta que me arden los pulmones y, entonces, aflojo el ritmo.
Llego a los límites del distrito y apoyo una mano sobre las vías del tren. Permanezco así, prestando atención, hasta que noto vibraciones bajo las yemas de mis dedos, y me alejo un par de metros. El tren no tarda en llegar, corro junto a él y me agarro al asidero del primer vagón abierto que pasa junto a mí y, de un salto, entro en él. Este salto, considerado una locura para la mayor parte de los miembros de la facción a la que pertenezco ahora mismo, se ha convertido en algo cotidiano para mí desde hace años.
Durante el breve trayecto en tren, me siento en el borde del vagón y contemplo la ciudad. Los edificios blancos y negros de la sede de Verdad contrastan con los azules de Erudición. La zona por la que pasa el tren, la zona en la que viven los abnegados, se caracteriza por un paisaje monótono con calles mal asfaltadas y casas con aspecto de cubos grises, todas iguales. A lo lejos distingo la valla que nos separa del exterior y de las granjas de Cordialidad. Justo en la zona opuesta de la ciudad a la que me dirijo, está el pantano y una zona abandonada en la que debe de estar la facción de Osadía. Por lo menos, de allí es de donde llegan los jóvenes osados al acudir al centro de la ciudad. Por último, está la zona a la que me dirijo, llena de edificios destartalados, abandonados y medio derrumbados: el lugar donde viven los sin-facción.
Cuando las vías del tren se elevan unos metros para pasar sobre el tejado de uno de estos edificios, me lanzo desde el vagón. Caigo rodando por el suelo y me incorporo antes de caer por el borde.
Bajo del edificio por una escalera de incendios que hay en uno de los laterales, a punto de ceder, y corro por las calles oscuras. Cualquier persona se perdería en ellas si no las hubiese recorrido cientos de veces. Cuando llego al edificio más grande de esta parte de la ciudad, me dirijo a la parte de atrás y entro en el pequeño callejón que lo separa del siguiente edificio. Camino despacio, prestando especial atención a todo lo que me rodea. Antes incluso de escuchar la voz, noto la presencia de alguien y me dispongo a atacarle.
-Vaya, vaya. Has crecido.
Bajo una vieja escalera hay un abandonado apoyado en la pared. La luz de la luna es lo único que me permite distinguirlo en la oscuridad del callejón.
-No te conozco - digo con voz amenazante.
-No me recuerdas – me corrige- Pero yo a ti sí. Te vi cuando eras pequeña con Stan.
Me acerco con cuidado al desconocido. Lleva ropas andrajosas y tiene un vaso humeante en una mano. Es joven, bastante joven. Tras la barba y la suciedad le encuentro cierto atractivo.
-Necesito verle - digo con cautela - ¿Puedes encontrarlo?
-¿Qué conseguiré yo a cambio? - Pregunta, mirándome con recelo.
-¿Qué es lo que quieres?

El viaje en tren de vuelta a la facción de Erudición trascurre demasiado rápido, seguramente porque lo paso sumergida en mis recuerdos.
Cuando vuelvo al suelo firme ya ha amanecido, por lo que corro deprisa para llegar a tiempo a mi casa. Antes de entrar en mi calle, me quito la sudadera y la guardo bajo la misma baldosa en la que estaba. Mañana será la última vez que necesite esconder mi ropa oscura.
Salto la vaya del jardín y subo por el canalón. Por suerte, dejé la ventana abierta. Más de una vez he tenido que esperar sentada en el alféizar a que mi hermana se levantara. Dejé de intentar llamarla o golpear el cristal porque cuando duerme profundamente no hay quien la despierte.
-¡Al fin! - Exclama Chloe saliendo en ese instante del baño - Empezaba a pensar que no te vería más.
-Me he entretenido un poco - digo, recuperando el aliento.
-Pues más vale que te des prisa.

Hoy son las pruebas de aptitud. Lo que significa que mañana cada uno tomará su propio camino. Hoy, cada chico de dieciséis años pasará por una simulación y, al final de ésta, sabrá en que facción debe estar, aunque siempre es libre de cambiar de decisión.
Mis padres nos llevan a ambas en coche. Mi madre es profesora en el colegio y mi padre insiste en acompañarnos todos los días. Hoy, además, se ha presentado como voluntario de Erudición para llevar a cabo las pruebas de aptitud. Por el camino, él y Chloe no dejan de hacerse preguntas el uno el otro acerca de lo que estamos dando en el colegio. Mi madre y yo preferimos guardar siempre silencio.
Mi padre detiene el coche frente al edificio y se da la vuelta para mirarnos a mi hermana y a mí.
-Puede que esta sea la última vez que hablemos. - anuncia – Puede que esta noche trabaje demasiado o que vosotras decidáis aislarlos para recapacitar sobre vuestras decisiones. Sé que cuando salgáis esta tarde de ese edificio no seréis las mismas personas y quiero que sepáis que, a pesar de la decisión que toméis, siempre seréis mis pequeñas.
En cuanto dice esto, sin esperar a ver si el sermón continúa, abro la puerta y bajo del coche. Cierro de un portazo y me separo un par de metros, esperando a mi hermana. Sin embargo, la primera en salir no es ella, sino mi madre.
-¿No vas a decir nada, Eleanor? - pregunta.
-Sí – afirmo en el mismo instante en el que mi hermana sale del coche – No nos esperéis a la salida. Volveremos andando.
Me doy la vuelta y comienzo a subir los escalones que conducen al interior de la escuela. Reconozco los pasos de mi hermana a mi lado, pero me niego a mirarla. Seguro que tiene esa mirada acusadora. No me dice nada hasta que no empezamos a subir las escaleras que nos llevan a la planta de arriba.
-Podrías ser más educada, ¿sabes?
-Ponte en mi lugar, es más difícil de lo que crees.
Aunque intento relajar el tono de voz con ella, me es imposible.
-Crees que te odian pero no es así.
-No – niego, deteniéndome en seco y mirándola a los ojos – Papá no me odia. Sabe que soy osada y lo respeta. Es ella la que disfruta mortificándome.
-¿Mortificándote? - pregunta atónita - ¿Cómo? Ni si quiera te lo echa en cara, Eleanor.
-Claro. Tú no te das cuenta porque eres la hija adorable que jamás los defrauda. Yo no, Chloe. Soy libre, y eso le molesta muchísimo a ella.
Dicho esto empiezo a caminar de nuevo y dejo a mi hermana atrás con sus pensamientos.

Al ser el día de las pruebas de aptitud, las clases se reducen a la mitad. La hora de la comida llega antes de lo que esperábamos, y las pruebas son justo después. A pesar de saber demasiado bien cuál será mi destino, también yo estoy algo nerviosa. En el comedor los estudiantes nos distribuimos por facciones.
A un lado están los abnegados, vestidos de gris, concentrados en sus judías (comida de abnegados) aquellos que no han terminado de comer o sentados tranquilamente, esperando. Estirados. Me imagino entre ellos y enseguida veo que no encajo. El egoísmo siempre ha formado parte de mi vida y sería incapaz de tratar por igual a todas las personas, independientemente de la facción a la que pertenecen. Supongo que también me veo algo influenciada por los artículos que los eruditos publican sobre nuestros gobernantes, en su totalidad abnegados. ¿De verdad podemos estar gobernados por personas que tratan por igual a los abandonados, aquellos que no fueron capaz de formar parte de ninguna facción? Incluso yo, que llevo años tratando con ellos, no puedo evitar mirarlos con asco. ¿Qué pensaría mi facción si supiese que cada noche trato con ellos? En ese caso, no estaría mal pertenecer a Abnegación. Pero nunca me ha importado lo que las facciones opinen sobre mí. Sin dudad, los osados verían lo que hago como un acto de valentía, de coraje.
Sus mesas está en la otra punta del comedor. Ríen, gritan y juegan. Llevan tatuajes y piercings y visten de color negro. Sus ropas son ajustadas en su mayoría. Sin duda alguna, debería estar con ellos. En todas las facciones me veo encerrada, oprimida por sus normas. Ellos son libres de arriesgar sus vidas y disfrutan haciéndolo, al igual que yo.
También están las mesas de Verdad y Cordialidad. En la primera, los estudiantes vestidos de blanco y negro no dejan de organizar debates. Me imagino entre ellos y tampoco encajo. Ellos, a pesar de estar en desacuerdo los unos con los otros, respetan las ideas del contrario y se interesan siempre por las razones que los llevan a pensar de una manera u otra. Yo acabaría gritando y golpeando a alguien. Mi hermana Chloe puede que sí encajara entre ellos. Capaz de respetar sus opiniones y dar la suya propia sin miedo a las represarias. Sin embargo, sería incapaz de rebelar sus secretos. Las mesas de Cordialidad están casi vacías. Los estudiantes se sientan en el suelo, jugando y cantando. Entre ellos encuentro a nuestro primo. Desde luego, yo sería incapaz de sentarme y jugar, evitando todos los enfrentamientos y mintiendo para conseguir la paz. Intento imaginarme a mi hermana. No sería feliz, desde luego. ¿Pero eso importa? ¿No es más importante su supervivencia?
Por último está nuestra mesa: la de los eruditos. Con decir que hay que mover columnas de libros para vernos los unos a los otros está todo dicho. Las pruebas de aptitud que tendrán lugar dentro de quince minutos no son ninguna escusa para dejar de llenarnos de información. Cuando bajo la mirada, encuentro una nota doblada. La abro con cuidado.
No sé qué hacer.
Junto a mí, está mi hermana. No está concentrada en su libro de Historia de las Facciones a pesar de tenerlo abierto justo delante y llevar sus gafas de pasta puestas. No deja de romperse las uñas.
Has vivido 16 años en Erudición. - escribo - Sabrás comportarte como una cordial o...
Le paso la nota con disimulo y no tardo en recibirla. Las letras están demasiado marcadas.
No pienso comportarme como una abnegada.
Lanzo un largo suspiro y meto la nota en mi vaso de agua. Me giro y aparto los libros que hay entre nosotras.
-¿Vas a dejar que la relación entre dos facciones afecte a tu futuro? - pregunto amargamente.
Chloe baja la mirada en busca de una respuesta.
-No quiero defraudar a nuestra familia.
-¿Ves? - exclamo, haciendo que el erudito que hay a mi izquierda carraspee – Eso demuestra que eres una estirada, Chloe.
-No los llames así.
-¿Qué? - pregunto sin comprender.
-A los abnegados – explica – No los llames esturados.
-¿Por qué? – pregunto, pinchándola - ¿Te molesta? ¿Te sientes demasiado identificada con ellos?
-¡Es una falta de respeto! – exclama. - Además, - añade, bajando la voz – sabes perfectamente que no soy abnegada.
-Silencio, por favor.
Levantamos la cabeza. No es ningún erudito el que pide silencio, sino un hombre vestidos de gris, un abnegado, con un trozo de papel en la mano. Carraspea antes de seguir. El comedor acaba de quedarse mudo.
-Os llamaremos a la inversa del orden alfabético – anuncia.
Comienzan a salir grupos de estudiantes. Dos de cada facción cada quince minutos. En algún momento mi hermana me agarra con fuerza la mano y, a pesar del dolor, no me suelto.
-De Erudición: Eleanor y Chloe Stone.
Antes de levantarme observo a mi hermana. Está pálida, tan blanca como la cal.
-Tranquila – le susurro, ayudándola a levantarse.
-No puedo – dice, apoyándose en mí.
-¿Necesitas ayuda? - pregunta el abnegado de la lista acercándose.
-No – niego secamente.
Cojo a mi hermana por la cintura, cargando sobre mí casi la totalidad de su peso. Está temblando de terror. Me imagino cómo debe sentirse. Para mí es fácil, pues sólo tengo que mostrarme como soy en realidad, sin embargo ella no puede hacer eso. Antes de entrar en la simulación debe elegir cómo actuar.
Pasamos por la mesa de los osados, que nos miran con curiosidad, sobre todo a mí. Quiero gritar que no soy erudita, que soy como ellos. Sin embargo, me dirijo a la salida. Una vez fuera del comedor nos encontramos con una fila de diez salas separadas por un cristal. Una mujer vestida de gris me llama. Pienso en cambiarnos, nadie se daría cuenta. Sin embargo, no sé lo que habrá dentro de esas salas. Puede haber un reconocimiento de sangre. ¿Y entonces? Podría meterme en serios problemas. Sin embargo, se me ocurre otra cosa.
-Chloe – susurro al oído de mi hermana – Escuchame atentamente. Las pruebas no significan nada. Puedes cambiar de decisión mañana. Comportate como una abnegada, es lo que mejor se te da. Tienes veinticuatro horas para decidir qué hacer con tu vida. Pero ahora, hazme caso a mí, ¿vale?
Asiente y me abraza.
-Nos vemos enseguida – me promete.

Asiento a pesar de saber que, cuando salgamos de la simulación, ninguna de las dos será la misma... y muchísimo menos ella.