La mujer abnegada me conduce hasta una de las salas y me dice que pase. La estancia es poco acogedora, pequeña y vacía, salvo por un sillón que hay en el centro, un ordenador y un taburete en el que hay un chico de ropa gris, abnegado. Es rubio y joven, con barba de unos dos días. No deja de teclear los botones del ordenador y ajustar los cables que salen de éste. Levanta la mirada cuando entro y me dedica una amable sonrisa.
-Hola Eleanor - saluda - Siéntate, por favor.
Lo obedezco y avanzo con firmeza hasta sentarme en el sillón, que gira automáticamente y después el respaldo se echa hacia atrás. Sin necesidad de que el chico me dé instrucciones, me acomodo y, en silencio, observo lo que hace. Saca de una caja una aguja con un líquido plateado en su interior. Me estremezco un poco, pues no me agrada que nadie se acerque con algo tan afilado hacia mí. Sin embargo, tras desinfectarme con algodón la zona del cuello en la que pretende pincharme, introduce la aguja con delicadeza. Noto como presiona el émbolo y el líquido entra en mi organismo, afectando a todas y cada una de mis células.
La realidad comienza a volverse borrosa mientras el chico me cuenta que el suero me trasladará a una simulación para conocer a qué facción pertenezco. Como si no lo hubiese estudiado cientos de veces. Además, es mi facción la que aporta el suero.
Casi sin darme cuenta, el hormigueo se extiende por todo mi cuerpo, desde la cabeza hasta los pies, y el sillón sobre el que estoy tumbada parece desaparecer. Siento unas grandes náuseas y cierro los ojos ante el peso de mis párpados, zambulléndome en una inmensa e inquebrantable oscuridad.
De repente, la presión sobre mis ojos parece desaparecer y a través de ellos distingo claridad. Cuando los abro, parpadeo repetidamente por el deslumbramiento. Cuando mis pupilas se adaptan a la luz, me sorprende encontrarme en el comedor del instituto. Intento buscar en los recuerdos, pero no consigo hallar ninguna pista que me indique por qué o cómo he llegado hasta aquí. ¿Dónde estaba hace tan solo unos minutos?
Completamente desorientada, me acerco a la única mesa de metal que hay, algo que resulta de lo más sospechoso. Giro sobre mí misma para observar el resto de la estancia, pero ésta está completamente vacía. Las paredes blancas ahora parecen no tener fin. ¿Por qué me noto tan extraña e incómoda? ¿Por qué siento como si un par de ojos estuvieran clavados en mi nuca?
-¿Hola? – pregunto, incapaz de soportar esta sensación.
-Escoge uno. –de las paredes de la sala surge una amenazadora voz de hombre, que hace que el vello de la piel se me erice.
Miro con el entrecejo fruncido a un lado y a otro, abarcando todo el comedor. Pero no hay nada, salgo la mesa de metal. Un extraño impulso me obliga a aproximarme a ella, en la que han aparecido dos grandes platos de metal plateado. Uno de ellos contiene un trozo de queso y el otro, un cuchillo. La hoja de este último, es afilada y reluciente, más que el metal del plato en el que se encuentra. Sin pensarlo dos veces, acaricio con los dedos el filo de la hoja del cuchillo, sin llegar a cortarme, hasta llegar a la empuñadura, que cojo con delicadeza.
En ese instante, los platos desaparecen. Agarro con fuerza el cuchillo y me giro para enfrentarme a cualquier cosa, apoyando la espalda en la mesa de metal. Las paredes blancas acaban por marearme con su apariencia infinita. Entonces lo veo. Hay un perro justo en el extremo opuesto de la sala. Parece un cachorro.
Dejo caer mis brazos a ambos lados, aliviada, y contemplo con admiración como el animal se aproxima hacia mí. Inconscientemente, me relajo. Siempre me han gustado los animales, en especial los perros grandes de pelaje oscuro. ¿Grandes? No, el animal ahora es mucho más grande que hace tan solo un par de segundos. Muchísimo más. Comienzo a caminar de espaldas en un intento de alejarme de él, pero en seguida me topo con una pared que hay a mi espalda. Ni siquiera estaba ahí hace un momento. Bajo la mirada hacia mi mano derecha, donde aún agarro con fuerza el cuchillo. No hay forma de escapar del animal a menos que…
Trago saliva, aunque no por temor. No les tengo miedo a los perros, pero si éste sigue acercándose hacia mí y supone una amenaza, no me quedará más remedio que matarlo. Y no me hace gracia tener que matar a un animal tan espectacular. Me fijo en sus patas traseras, levemente flexionadas. Son todo músculo. El animal, que ha comenzado a gruñir, sigue aproximándose más a mí. Ahora es enorme y si abandonara su postura de ataque y se pusiera recto llegaría sin problemas a la altura de mi cuello.
No puedo seguir allí, contra la pared, esperando a que el animal decida atacarme. Rápidamente tomo la decisión y, cuando ya solo nos separan dos metros, me lanzo sobre él.
Noto como el cuchillo atraviesa limpiamente las costillas, casi sin rozarlas. El perro gime y, cuando saco el cuchillo y me dispongo a asentarle otra puñalada, cae al suelo. Muerto. Me doy un par de segundos antes de incorporarme, apoyada en el lomo del animal, que ha dejado de moverse al son de su respiración. Por el tamaño, el animal se asemeja demasiado a un caballo.
Contemplo mis manos y mi ropa azul de erudita manchadas de sangre. Justo entonces, noto una fuerte corriente de aire que me sacude el pelo y la sangre de mis manos se limpia de inmediato, al igual que el cuchillo, que se convierte en humo y desaparece a pesar de mis intentos por retenerlo. Siempre me he sentido segura con un arma en la mano.
Cuando levanto la mirada me encuentro en un autobús. No hay nadie, salvo un hombre oculto tras un periódico. De nuevo tengo esa sensación de vacío e inseguridad y soy incapaz de recordar cómo he llegado hasta aquí o qué ha sido lo último que recuerdo.
Por alguna razón, ignoro todos los asientos libres y me siento justo frente al hombre. Es un impulso, pues siempre he preferido la soledad antes que sentarme junto a un desconocido o a cualquier conocido que no fuese mi hermana.
El hombre, sin descubrir su cara, golpea con una mano la portada del periódico, en el que se muestra la imagen de un hombre moreno y de rasgos comunes. Todas las personas que recuerdo haber conocido tienen un increíble parecido con él: mi padre, mis vecinos, mis compañeros de clase… Todos tienen algo en común con las facciones del hombre de la fotografía.
-¿Lo conoces? Es muy importante. Mi vida peligra.
La voz del hombre sentado frente a mí no muestra ningún tipo de emoción, lo que me hace desconfiar de él. Para más inri, me resulta extremadamente familiar.
-¿Me estás escuchando? – pregunta de nuevo, gritando- ¡Dime si lo conoces!
Miro con más atención la fotografía. Sí, si lo conozco. O al menos me resulta muy familiar.
-¡Contesta!
-No - digo con seriedad.
-Sí lo conoces. Me estás mintiendo. ¿Por qué me mientes?
-No miento. No lo conozco - repito, aunque una parte de mi me grita que sí lo conozco.
El hombre que tengo frente a mí grita de rabia mientras que yo me limito a sonreír, llena de satisfacción. Por algún motivo sé que, aunque lo conociese, el hombre que hay frente a mí no puede enterarse. Nunca.
Entonces siento el dolor, justo sobre la sien. Me llevo una mano a la cabeza en el momento en el que mi visión se nubla y se oscurece.
¿Qué me ocurre? Pienso en el hombre del autobús. ¿Habrá sido él? Tal vez debería haberle dicho la verdad. Tal vez debería haberle dicho que el rostro del hombre del periódico me resultaba muy familiar.
No. No podía decírselo. Por algún motivo, no debía.
He hecho lo que tenía que hacer.
Abro los ojos de golpe al mismo tiempo que comienzo a toser. Cuando relajo mi respiración miro a un lado y a otro. Estoy en una pequeña sala, sentada en un sillón, con un chico abnegado sentado frente a mí. La información comienza a navegar velozmente por mi cabeza. Me vuelvo a relajar y me tumbo de nuevo en el respaldo del sillón.
Nada de lo que he visto era real, tan sólo ha sido mi prueba de aptitud. El cuchillo, el perro, el rostro del periódico… Tan solo han sido imágenes introducidas en mi cabeza por culpa del suero.
-¿Cómo te sientes? - pregunta el chico abnegado que se ha encargado de controlar mi prueba de aptitud.
-Perfectamente – contesto, intentando no sonar irónica ni preocupada. Aún noto en la sien los latidos de mi corazón.
-¿Qué crees que ha salido en tu prueba? - pregunta mientras retira unos cables del ordenador que hay junto a la camilla.
-Osadía. – respondo rápidamente.
-Muy bien - dice sonriente - Supongo que siempre lo has tenido muy claro, ¿no?
-Desde que era pequeña. – y es verdad. No he necesitado fingir, como supongo que habrá hecho mi hermana en la otra sala. Tan solo he tenido que ser yo y demostrar finalmente lo que siempre he sabido que sería. - ¿Y tú? ¿Siempre tuviste claro que querías ser abnegado? - pregunto a la defensiva. Siempre me ha molestado que la gente hablase de mi futuro en esta sociedad de facciones. Me parece algo demasiado personal y privado, algo que define cómo es una persona demasiado bien. Que alguien te conozca no siempre puede ser bueno para ti. También conocerá tus defectos, tus límites.
El chico parece sobresaltarse ante mi pregunta, algo que no es de extrañar, pues los abnegados tienen prohibido hablar de lo referente a sus facciones o a sus pruebas de aptitud. Sería hablar de ellos mismos, lo consideran egoísmo
Tan solo lo hago para darme unos instantes de satisfacción, pero entonces veo como el chico lo piensa, perdiendo su actitud de abnegado durante unas milésimas de segundo. Nadie lo habría notado, o al menos nadie que no llevase dieciséis años viviendo con alguien como él.
-Sí - contesta, bajando la mirada, centrándose de nuevo en su trabajo y retomando su actitud de abnegado.
-Claro que sí - comento con ironía mientras bajo del sillón y camino hacia la puerta.
Él también es un divergente.
-¡Eleanor!
Veo a mi hermana al otro lado del pasillo. Viene corriendo hacia mí, aunque su rostro es confuso. Muestra una amplia sonrisa pero, por desgracia, bajo esa máscara, la sonrisa no muestra otra emoción que no sea desesperación. No deja de correr hasta que está a un metro de mí, con lo que acabamos chocando con fuerza, por suerte, mantengo el equilibrio e impido que ella se caiga.
No la he visto desde que entramos a la sala donde nos encontraríamos con nuestra prueba de aptitud. Recuerdo que lo último que le dije fue que actuara como una abnegada. De que salí, resultó que las demás pruebas aún no habían terminado y, sin perder un segundo de mi tiempo, decidí alejarme y perderme por los pasillos del colegio la hora que teníamos libre. Subí a las plantas más altas, a los laboratorios, y me senté en el alfeizar de la ventana, contemplando la distancia que me separa del suelo y de una muerte segura con admiración.
-¿Qué tal ha ido?
Tomo su pregunta, un tanto estúpida, como una señal para marcharnos. Sé que no quiere saber cómo me ha ido a mí, sino contarme cómo le ha ido a ella. La cojo de la mano sin mediar palabra y caminamos hacia las grandes puertas del edificio. Justo cuando estamos bajando los escalones, pasa el tren sobre el tejado de uno de los edificios colindantes. La marea negra se vuelve borrosa. Sale de las ventanas más altas del colegio, justo donde he estado hace yo hace tan solo quince minutos. Aterriza en el tejado del edificio que hay justo debajo y penetra en los vagones del tren abiertos, justo cuando éste pasa a toda velocidad por las vías.
-Es alucinante – oigo comentar a Chloe con una mezcla de fascinación y reproche, pero la ignoro. Estoy demasiado absorta en mis pensamientos y mis ansias por unirme a ellos.
Caminamos en dirección a la sede de Erudición. Noto las miradas inquisitivas provenientes de mi hermana pero yo sigo avanzando, sin soltarla de la mano. Cuando llegamos al parque que hay justo frente a la sede, el de los grandes monumentos de chapa, la suelto. Esta vez he elegido un monumento distinto con forma de banco que me permite sentarme y cruzarme de piernas mientras mi hermana pasea delante de mí, nerviosa y mordiéndose las uñas.
-¿Y bien? ¿Lo vas a soltar o qué? – pregunto desesperada.
-Estás loca – responde.
Me quedo mirándola, atontada.
-¿De qué hablas? – pregunto.
-Eleanor deberías pensar con la cabeza. Te ha salido Osadía, ¿verdad? – apenas me da tiempo a asentir con la cabeza antes de seguir hablando. Ha dejado de morderse las uñas y ahora se dedica a gesticular con las manos – No superarás la iniciación. Es una locura. Esos chicos y esa facción están locos.
-La que ha perdido la cordura eres tú – la acuso boquiabierta - ¿Qué pretendes? ¿Qué me quede aquí? Chloe tengo que marcharme a Osadía es mi lugar. Además, si crees que saltar desde un tren es una locura estás equivocada. He sobrevivido muchas veces a esos saltos.
Chloe se tapa los oídos y comienza a susurrar lo bastante alto para que pueda oírla.
-Ni se te ocurra mencionar lo que sea que hagas fuera de la casa por las noches. No quiero saberlo. Prefiero seguir en el desconocimiento respecto a ese tema.
-Puedes bajar las manos – la corto, lanzando un largo soplido – Chloe, yo ya sé qué haré el resto de mi vida. El tema que deberíamos tratar es el tuyo. ¿Qué ha pasado en la prueba? – vuelvo a preguntar.
-Fue increíble. – responde, y veo el brillo en sus ojos – En cuento entré, resonaron en mi cabeza tus últimas palabras. Supongo que apenas tuve que fingir – intento reprocharle que su elección debe ser Abnegación, que su parte abnegada es mucho mayor que su parte erudita o cordial, pero en cuanto ve que abro la boca para protestar me hace un gesto para que me calle – Cogí el cuchillo porque me parecía útil. El queso no es una comida abnegada, no se nos… se les permite comerla, ¿no? Después apareció un enorme perro y supe que tanto el queso como el cuchillo que tenía en la mano se necesitaban para alejar al animal. Me asusté. No quería matar al perro. Me arrepentía de no haber cogido el queso. Así que tiré el cuchillo y esperé a que el animal me atacara. Pero no lo hizo, porque yo sabía que no iba a hacerlo.
Ver la simulación desde el punto de vista de mi hermana me resulta asombroso. Yo casi ni recordaba quién era, sin embargo, mientras la simulación trascurría, mi hermana había tenido tiempo de recapacitar sobre todas las opciones que tenía y que podía haber tenido durante ésta. Era capaz de pensar, mientras que yo sólo podía actuar ante los peligros.
-Después llegó el autobús. El hombre comenzó a gritarme y ya sabes lo que pasa siempre que me gritan.
-Lloras. – respondo con una sonrisa maliciosa.
-Calla – dice, mirándome con mala cara – Pero le mentí, le dije que no lo conocía. Sentía miedo, pero no por mí. Yo no vi la amenaza de aquel hombre dirigida hacia mí. Sentía que si le decía la verdad, haría algo horrible. No sé a quién, pero aun así no podía permitirlo. Es increíble cómo la simulación puede medir tus nervios, tus momentos de duda… Todo. Si fuera por mí…
Entonces se da la vuelta y para contemplar el edificio de la sede de Erudición. Sus paredes son azules, como todo lo relativo a nuestra facción. Además, posee grandes ventanales que permiten entrar la luz. Sé lo que hay en el interior: ordenadores, libros, chicos con túnicas azules con gafas y chicas con vestidos azules y con gafas… y un gran retrato de Jeanine Matthews, la líder de nuestra facción.
-Eleanor – susurra mi hermana sin apartar la mirada – Este es el mejor lugar…
-Cállate – no se lo digo gritando, pero si en un tono más agresivo de lo normal - ¿Qué quieres? ¿Qué te maten? Pues quédate, yo no te lo voy a prohibir. Pero parece mentira que después de todo lo que averiguamos, quieras quedarte en este lugar de mentiroso y traidores.
-No todos son así – me corta, apartando la mirada del edificio. Ahora los ojos no le brillan de emoción, y me obligo a apartar la mirada para no abalanzarme sobre ella y pegarle por ser una chica tan débil.
-Los líderes sí. Los que tienen el poder lo son. Lucharán contra cualquiera que se les resista, como tú.
-Tú también te resistes a ellos – comenta, intentando sonreír. – Ahora mismo lo estás haciendo.
-Siempre me resistiré a ellos. Vivo para causarles problemas.
Con una amplia sonrisa me dejo caer sobre el monumento de chapa. Aquí, ahora, tumbada y relajada como nunca, sabiendo que mañana me marcharé de esta horrible facción, es el momento más feliz que he experimentado en mucho tiempo.
-El otro día leí que Erudición y Cordialidad son las dos facciones esenciales. Cordialidad aporta alimentos y Erudición el conocimiento.
Cierro los ojos e intento imaginarme un lugar sin osados. Sí, podría existir, pero el mundo sería mucho más aburrido y peligroso. Aunque Erudición siempre ha considerado que los oficios de Osadía, casi siempre defensa, no son efectivos al vivir en una sociedad pacífica, me esfuerzo en creer que algún día, los osados podrán usar las armas y defender aquello que aman y a la gente indefensa.
En mi interior susurro el manifiesto de Osadía: “Creemos en los ordinarios actos de valentía, en el valor que lleva a una persona a levantarse por otra... Creemos en gritar por los que sólo pueden susurrar, en defender a todos aquellos que no pueden defenderse a sí mismos.”
Osadía es necesaria, al igual que Abnegación y Verdad. Sin embargo, por una vez estoy de acuerdo con lo que mi hermana lee sobre las facciones. A la hora de sobrevivir, estas tres facciones son prescindibles. Al reconocer esto me siento flotando durante unos segundos sobre el vacío. ¿Dónde voy? Pienso en ir a Cordialidad o a Erudición y río ante la imagen. Mi lugar está en Osadía, como me ha dicho hoy la prueba de aptitud.
Como siempre he sabido.
-En eso tienes razón. Pero no se trata de sobrevivir, sino de vivir. Cada uno es libre de tomar una elección, y si el resto de facciones no fueran necesarias, solo existirían Erudición y Cordialidad. Y, viendo lo visto, no es el caso.
Me guardo para mí aquellos que están excluidos de la libertad. Mi hermana, junto al resto de divergentes, no son libres de elegir.
-Hoy he conocido a uno como tú – digo, rompiendo el silencio que se ha formado – Era el abnegado que llevaba a cabo mi prueba de aptitud. ¿Vas a decirme de una vez qué ha salido en la tuya?
-Abnegación.
domingo, 29 de junio de 2014
viernes, 3 de enero de 2014
CAPÍTULO DOS
Cuando me despierto aún es de noche, como todos los días. No necesito mirara el reloj para saber que son las cinco de la mañana. Hace años, mi mente se acostumbró a despertarse un par de horas antes de que saliera el sol.
Bajo de la litera sin hacer ruido y del interior de la almohada saco unos pantalones ajustados negros. Después, me acerco al armario empotrado que comparto con Chloe y saco unas deportivas que hay ocultas entre un montón de ropa. Me quito la camiseta del pijama y me dejo la camiseta de tirantes azul oscura. A continuación, me acerco a la ventana y la abro. Comienza a hacer más frío conforme pasan los días, pero ésto no es ningún impedimento para lo que yo llamo “mi liberación”. Me subo al alféizar de la ventana y me agarro con fuerza al canalón que hay al lado de ésta. Con gracilidad desciendo por él. La primera vez que lo hice acabé con un gran corte por toda la pierna para el cual no tenía excusa, ni tampoco para la cojera que siguió a los días siguientes. Sin embargo, mi hermana les dijo a mis padres que me había caído de la litera y me había cortado con un hierro mal soldado. Por supuesto, mi madre no me creyó, y empezó a desconfiar de mí.
Cuando mis pies saltan al húmedo césped del jardín, compruebo que ningún vecino me haya visto, y que todas las luces de mi casa estén apagadas. No encuentro problemas. Salto la valla de madera y camino con cuidado por la calle hasta que llego a la esquina. Al girar, me agacho para levantar una de las baldosas, debajo de la cual hay una sudadera negra un par de tallas más grande de la ropa que suelo llevar. Me la pongo, subo la cremallera hasta arriba y empiezo a correr. Corro hasta que me arden los pulmones y, entonces, aflojo el ritmo.
Llego a los límites del distrito y apoyo una mano sobre las vías del tren. Permanezco así, prestando atención, hasta que noto vibraciones bajo las yemas de mis dedos, y me alejo un par de metros. El tren no tarda en llegar, corro junto a él y me agarro al asidero del primer vagón abierto que pasa junto a mí y, de un salto, entro en él. Este salto, considerado una locura para la mayor parte de los miembros de la facción a la que pertenezco ahora mismo, se ha convertido en algo cotidiano para mí desde hace años.
Durante el breve trayecto en tren, me siento en el borde del vagón y contemplo la ciudad. Los edificios blancos y negros de la sede de Verdad contrastan con los azules de Erudición. La zona por la que pasa el tren, la zona en la que viven los abnegados, se caracteriza por un paisaje monótono con calles mal asfaltadas y casas con aspecto de cubos grises, todas iguales. A lo lejos distingo la valla que nos separa del exterior y de las granjas de Cordialidad. Justo en la zona opuesta de la ciudad a la que me dirijo, está el pantano y una zona abandonada en la que debe de estar la facción de Osadía. Por lo menos, de allí es de donde llegan los jóvenes osados al acudir al centro de la ciudad. Por último, está la zona a la que me dirijo, llena de edificios destartalados, abandonados y medio derrumbados: el lugar donde viven los sin-facción.
Cuando las vías del tren se elevan unos metros para pasar sobre el tejado de uno de estos edificios, me lanzo desde el vagón. Caigo rodando por el suelo y me incorporo antes de caer por el borde.
Bajo del edificio por una escalera de incendios que hay en uno de los laterales, a punto de ceder, y corro por las calles oscuras. Cualquier persona se perdería en ellas si no las hubiese recorrido cientos de veces. Cuando llego al edificio más grande de esta parte de la ciudad, me dirijo a la parte de atrás y entro en el pequeño callejón que lo separa del siguiente edificio. Camino despacio, prestando especial atención a todo lo que me rodea. Antes incluso de escuchar la voz, noto la presencia de alguien y me dispongo a atacarle.
-Vaya, vaya. Has crecido.
Bajo una vieja escalera hay un abandonado apoyado en la pared. La luz de la luna es lo único que me permite distinguirlo en la oscuridad del callejón.
-No te conozco - digo con voz amenazante.
-No me recuerdas – me corrige- Pero yo a ti sí. Te vi cuando eras pequeña con Stan.
Me acerco con cuidado al desconocido. Lleva ropas andrajosas y tiene un vaso humeante en una mano. Es joven, bastante joven. Tras la barba y la suciedad le encuentro cierto atractivo.
-Necesito verle - digo con cautela - ¿Puedes encontrarlo?
-¿Qué conseguiré yo a cambio? - Pregunta, mirándome con recelo.
-¿Qué es lo que quieres?
El viaje en tren de vuelta a la facción de Erudición trascurre demasiado rápido, seguramente porque lo paso sumergida en mis recuerdos.
Cuando vuelvo al suelo firme ya ha amanecido, por lo que corro deprisa para llegar a tiempo a mi casa. Antes de entrar en mi calle, me quito la sudadera y la guardo bajo la misma baldosa en la que estaba. Mañana será la última vez que necesite esconder mi ropa oscura.
Salto la vaya del jardín y subo por el canalón. Por suerte, dejé la ventana abierta. Más de una vez he tenido que esperar sentada en el alféizar a que mi hermana se levantara. Dejé de intentar llamarla o golpear el cristal porque cuando duerme profundamente no hay quien la despierte.
-¡Al fin! - Exclama Chloe saliendo en ese instante del baño - Empezaba a pensar que no te vería más.
-Me he entretenido un poco - digo, recuperando el aliento.
-Pues más vale que te des prisa.
Hoy son las pruebas de aptitud. Lo que significa que mañana cada uno tomará su propio camino. Hoy, cada chico de dieciséis años pasará por una simulación y, al final de ésta, sabrá en que facción debe estar, aunque siempre es libre de cambiar de decisión.
Mis padres nos llevan a ambas en coche. Mi madre es profesora en el colegio y mi padre insiste en acompañarnos todos los días. Hoy, además, se ha presentado como voluntario de Erudición para llevar a cabo las pruebas de aptitud. Por el camino, él y Chloe no dejan de hacerse preguntas el uno el otro acerca de lo que estamos dando en el colegio. Mi madre y yo preferimos guardar siempre silencio.
Mi padre detiene el coche frente al edificio y se da la vuelta para mirarnos a mi hermana y a mí.
-Puede que esta sea la última vez que hablemos. - anuncia – Puede que esta noche trabaje demasiado o que vosotras decidáis aislarlos para recapacitar sobre vuestras decisiones. Sé que cuando salgáis esta tarde de ese edificio no seréis las mismas personas y quiero que sepáis que, a pesar de la decisión que toméis, siempre seréis mis pequeñas.
En cuanto dice esto, sin esperar a ver si el sermón continúa, abro la puerta y bajo del coche. Cierro de un portazo y me separo un par de metros, esperando a mi hermana. Sin embargo, la primera en salir no es ella, sino mi madre.
-¿No vas a decir nada, Eleanor? - pregunta.
-Sí – afirmo en el mismo instante en el que mi hermana sale del coche – No nos esperéis a la salida. Volveremos andando.
Me doy la vuelta y comienzo a subir los escalones que conducen al interior de la escuela. Reconozco los pasos de mi hermana a mi lado, pero me niego a mirarla. Seguro que tiene esa mirada acusadora. No me dice nada hasta que no empezamos a subir las escaleras que nos llevan a la planta de arriba.
-Podrías ser más educada, ¿sabes?
-Ponte en mi lugar, es más difícil de lo que crees.
Aunque intento relajar el tono de voz con ella, me es imposible.
-Crees que te odian pero no es así.
-No – niego, deteniéndome en seco y mirándola a los ojos – Papá no me odia. Sabe que soy osada y lo respeta. Es ella la que disfruta mortificándome.
-¿Mortificándote? - pregunta atónita - ¿Cómo? Ni si quiera te lo echa en cara, Eleanor.
-Claro. Tú no te das cuenta porque eres la hija adorable que jamás los defrauda. Yo no, Chloe. Soy libre, y eso le molesta muchísimo a ella.
Dicho esto empiezo a caminar de nuevo y dejo a mi hermana atrás con sus pensamientos.
Al ser el día de las pruebas de aptitud, las clases se reducen a la mitad. La hora de la comida llega antes de lo que esperábamos, y las pruebas son justo después. A pesar de saber demasiado bien cuál será mi destino, también yo estoy algo nerviosa. En el comedor los estudiantes nos distribuimos por facciones.
A un lado están los abnegados, vestidos de gris, concentrados en sus judías (comida de abnegados) aquellos que no han terminado de comer o sentados tranquilamente, esperando. Estirados. Me imagino entre ellos y enseguida veo que no encajo. El egoísmo siempre ha formado parte de mi vida y sería incapaz de tratar por igual a todas las personas, independientemente de la facción a la que pertenecen. Supongo que también me veo algo influenciada por los artículos que los eruditos publican sobre nuestros gobernantes, en su totalidad abnegados. ¿De verdad podemos estar gobernados por personas que tratan por igual a los abandonados, aquellos que no fueron capaz de formar parte de ninguna facción? Incluso yo, que llevo años tratando con ellos, no puedo evitar mirarlos con asco. ¿Qué pensaría mi facción si supiese que cada noche trato con ellos? En ese caso, no estaría mal pertenecer a Abnegación. Pero nunca me ha importado lo que las facciones opinen sobre mí. Sin dudad, los osados verían lo que hago como un acto de valentía, de coraje.
Sus mesas está en la otra punta del comedor. Ríen, gritan y juegan. Llevan tatuajes y piercings y visten de color negro. Sus ropas son ajustadas en su mayoría. Sin duda alguna, debería estar con ellos. En todas las facciones me veo encerrada, oprimida por sus normas. Ellos son libres de arriesgar sus vidas y disfrutan haciéndolo, al igual que yo.
También están las mesas de Verdad y Cordialidad. En la primera, los estudiantes vestidos de blanco y negro no dejan de organizar debates. Me imagino entre ellos y tampoco encajo. Ellos, a pesar de estar en desacuerdo los unos con los otros, respetan las ideas del contrario y se interesan siempre por las razones que los llevan a pensar de una manera u otra. Yo acabaría gritando y golpeando a alguien. Mi hermana Chloe puede que sí encajara entre ellos. Capaz de respetar sus opiniones y dar la suya propia sin miedo a las represarias. Sin embargo, sería incapaz de rebelar sus secretos. Las mesas de Cordialidad están casi vacías. Los estudiantes se sientan en el suelo, jugando y cantando. Entre ellos encuentro a nuestro primo. Desde luego, yo sería incapaz de sentarme y jugar, evitando todos los enfrentamientos y mintiendo para conseguir la paz. Intento imaginarme a mi hermana. No sería feliz, desde luego. ¿Pero eso importa? ¿No es más importante su supervivencia?
Por último está nuestra mesa: la de los eruditos. Con decir que hay que mover columnas de libros para vernos los unos a los otros está todo dicho. Las pruebas de aptitud que tendrán lugar dentro de quince minutos no son ninguna escusa para dejar de llenarnos de información. Cuando bajo la mirada, encuentro una nota doblada. La abro con cuidado.
No sé qué hacer.
Junto a mí, está mi hermana. No está concentrada en su libro de Historia de las Facciones a pesar de tenerlo abierto justo delante y llevar sus gafas de pasta puestas. No deja de romperse las uñas.
Has vivido 16 años en Erudición. - escribo - Sabrás comportarte como una cordial o...
Le paso la nota con disimulo y no tardo en recibirla. Las letras están demasiado marcadas.
No pienso comportarme como una abnegada.
Lanzo un largo suspiro y meto la nota en mi vaso de agua. Me giro y aparto los libros que hay entre nosotras.
-¿Vas a dejar que la relación entre dos facciones afecte a tu futuro? - pregunto amargamente.
Chloe baja la mirada en busca de una respuesta.
-No quiero defraudar a nuestra familia.
-¿Ves? - exclamo, haciendo que el erudito que hay a mi izquierda carraspee – Eso demuestra que eres una estirada, Chloe.
-No los llames así.
-¿Qué? - pregunto sin comprender.
-A los abnegados – explica – No los llames esturados.
-¿Por qué? – pregunto, pinchándola - ¿Te molesta? ¿Te sientes demasiado identificada con ellos?
-¡Es una falta de respeto! – exclama. - Además, - añade, bajando la voz – sabes perfectamente que no soy abnegada.
-Silencio, por favor.
Levantamos la cabeza. No es ningún erudito el que pide silencio, sino un hombre vestidos de gris, un abnegado, con un trozo de papel en la mano. Carraspea antes de seguir. El comedor acaba de quedarse mudo.
-Os llamaremos a la inversa del orden alfabético – anuncia.
Comienzan a salir grupos de estudiantes. Dos de cada facción cada quince minutos. En algún momento mi hermana me agarra con fuerza la mano y, a pesar del dolor, no me suelto.
-De Erudición: Eleanor y Chloe Stone.
Antes de levantarme observo a mi hermana. Está pálida, tan blanca como la cal.
-Tranquila – le susurro, ayudándola a levantarse.
-No puedo – dice, apoyándose en mí.
-¿Necesitas ayuda? - pregunta el abnegado de la lista acercándose.
-No – niego secamente.
Cojo a mi hermana por la cintura, cargando sobre mí casi la totalidad de su peso. Está temblando de terror. Me imagino cómo debe sentirse. Para mí es fácil, pues sólo tengo que mostrarme como soy en realidad, sin embargo ella no puede hacer eso. Antes de entrar en la simulación debe elegir cómo actuar.
Pasamos por la mesa de los osados, que nos miran con curiosidad, sobre todo a mí. Quiero gritar que no soy erudita, que soy como ellos. Sin embargo, me dirijo a la salida. Una vez fuera del comedor nos encontramos con una fila de diez salas separadas por un cristal. Una mujer vestida de gris me llama. Pienso en cambiarnos, nadie se daría cuenta. Sin embargo, no sé lo que habrá dentro de esas salas. Puede haber un reconocimiento de sangre. ¿Y entonces? Podría meterme en serios problemas. Sin embargo, se me ocurre otra cosa.
-Chloe – susurro al oído de mi hermana – Escuchame atentamente. Las pruebas no significan nada. Puedes cambiar de decisión mañana. Comportate como una abnegada, es lo que mejor se te da. Tienes veinticuatro horas para decidir qué hacer con tu vida. Pero ahora, hazme caso a mí, ¿vale?
Asiente y me abraza.
-Nos vemos enseguida – me promete.
Asiento a pesar de saber que, cuando salgamos de la simulación, ninguna de las dos será la misma... y muchísimo menos ella.
Bajo de la litera sin hacer ruido y del interior de la almohada saco unos pantalones ajustados negros. Después, me acerco al armario empotrado que comparto con Chloe y saco unas deportivas que hay ocultas entre un montón de ropa. Me quito la camiseta del pijama y me dejo la camiseta de tirantes azul oscura. A continuación, me acerco a la ventana y la abro. Comienza a hacer más frío conforme pasan los días, pero ésto no es ningún impedimento para lo que yo llamo “mi liberación”. Me subo al alféizar de la ventana y me agarro con fuerza al canalón que hay al lado de ésta. Con gracilidad desciendo por él. La primera vez que lo hice acabé con un gran corte por toda la pierna para el cual no tenía excusa, ni tampoco para la cojera que siguió a los días siguientes. Sin embargo, mi hermana les dijo a mis padres que me había caído de la litera y me había cortado con un hierro mal soldado. Por supuesto, mi madre no me creyó, y empezó a desconfiar de mí.
Cuando mis pies saltan al húmedo césped del jardín, compruebo que ningún vecino me haya visto, y que todas las luces de mi casa estén apagadas. No encuentro problemas. Salto la valla de madera y camino con cuidado por la calle hasta que llego a la esquina. Al girar, me agacho para levantar una de las baldosas, debajo de la cual hay una sudadera negra un par de tallas más grande de la ropa que suelo llevar. Me la pongo, subo la cremallera hasta arriba y empiezo a correr. Corro hasta que me arden los pulmones y, entonces, aflojo el ritmo.
Llego a los límites del distrito y apoyo una mano sobre las vías del tren. Permanezco así, prestando atención, hasta que noto vibraciones bajo las yemas de mis dedos, y me alejo un par de metros. El tren no tarda en llegar, corro junto a él y me agarro al asidero del primer vagón abierto que pasa junto a mí y, de un salto, entro en él. Este salto, considerado una locura para la mayor parte de los miembros de la facción a la que pertenezco ahora mismo, se ha convertido en algo cotidiano para mí desde hace años.
Durante el breve trayecto en tren, me siento en el borde del vagón y contemplo la ciudad. Los edificios blancos y negros de la sede de Verdad contrastan con los azules de Erudición. La zona por la que pasa el tren, la zona en la que viven los abnegados, se caracteriza por un paisaje monótono con calles mal asfaltadas y casas con aspecto de cubos grises, todas iguales. A lo lejos distingo la valla que nos separa del exterior y de las granjas de Cordialidad. Justo en la zona opuesta de la ciudad a la que me dirijo, está el pantano y una zona abandonada en la que debe de estar la facción de Osadía. Por lo menos, de allí es de donde llegan los jóvenes osados al acudir al centro de la ciudad. Por último, está la zona a la que me dirijo, llena de edificios destartalados, abandonados y medio derrumbados: el lugar donde viven los sin-facción.
Cuando las vías del tren se elevan unos metros para pasar sobre el tejado de uno de estos edificios, me lanzo desde el vagón. Caigo rodando por el suelo y me incorporo antes de caer por el borde.
Bajo del edificio por una escalera de incendios que hay en uno de los laterales, a punto de ceder, y corro por las calles oscuras. Cualquier persona se perdería en ellas si no las hubiese recorrido cientos de veces. Cuando llego al edificio más grande de esta parte de la ciudad, me dirijo a la parte de atrás y entro en el pequeño callejón que lo separa del siguiente edificio. Camino despacio, prestando especial atención a todo lo que me rodea. Antes incluso de escuchar la voz, noto la presencia de alguien y me dispongo a atacarle.
-Vaya, vaya. Has crecido.
Bajo una vieja escalera hay un abandonado apoyado en la pared. La luz de la luna es lo único que me permite distinguirlo en la oscuridad del callejón.
-No te conozco - digo con voz amenazante.
-No me recuerdas – me corrige- Pero yo a ti sí. Te vi cuando eras pequeña con Stan.
Me acerco con cuidado al desconocido. Lleva ropas andrajosas y tiene un vaso humeante en una mano. Es joven, bastante joven. Tras la barba y la suciedad le encuentro cierto atractivo.
-Necesito verle - digo con cautela - ¿Puedes encontrarlo?
-¿Qué conseguiré yo a cambio? - Pregunta, mirándome con recelo.
-¿Qué es lo que quieres?
El viaje en tren de vuelta a la facción de Erudición trascurre demasiado rápido, seguramente porque lo paso sumergida en mis recuerdos.
Cuando vuelvo al suelo firme ya ha amanecido, por lo que corro deprisa para llegar a tiempo a mi casa. Antes de entrar en mi calle, me quito la sudadera y la guardo bajo la misma baldosa en la que estaba. Mañana será la última vez que necesite esconder mi ropa oscura.
Salto la vaya del jardín y subo por el canalón. Por suerte, dejé la ventana abierta. Más de una vez he tenido que esperar sentada en el alféizar a que mi hermana se levantara. Dejé de intentar llamarla o golpear el cristal porque cuando duerme profundamente no hay quien la despierte.
-¡Al fin! - Exclama Chloe saliendo en ese instante del baño - Empezaba a pensar que no te vería más.
-Me he entretenido un poco - digo, recuperando el aliento.
-Pues más vale que te des prisa.
Hoy son las pruebas de aptitud. Lo que significa que mañana cada uno tomará su propio camino. Hoy, cada chico de dieciséis años pasará por una simulación y, al final de ésta, sabrá en que facción debe estar, aunque siempre es libre de cambiar de decisión.
Mis padres nos llevan a ambas en coche. Mi madre es profesora en el colegio y mi padre insiste en acompañarnos todos los días. Hoy, además, se ha presentado como voluntario de Erudición para llevar a cabo las pruebas de aptitud. Por el camino, él y Chloe no dejan de hacerse preguntas el uno el otro acerca de lo que estamos dando en el colegio. Mi madre y yo preferimos guardar siempre silencio.
Mi padre detiene el coche frente al edificio y se da la vuelta para mirarnos a mi hermana y a mí.
-Puede que esta sea la última vez que hablemos. - anuncia – Puede que esta noche trabaje demasiado o que vosotras decidáis aislarlos para recapacitar sobre vuestras decisiones. Sé que cuando salgáis esta tarde de ese edificio no seréis las mismas personas y quiero que sepáis que, a pesar de la decisión que toméis, siempre seréis mis pequeñas.
En cuanto dice esto, sin esperar a ver si el sermón continúa, abro la puerta y bajo del coche. Cierro de un portazo y me separo un par de metros, esperando a mi hermana. Sin embargo, la primera en salir no es ella, sino mi madre.
-¿No vas a decir nada, Eleanor? - pregunta.
-Sí – afirmo en el mismo instante en el que mi hermana sale del coche – No nos esperéis a la salida. Volveremos andando.
Me doy la vuelta y comienzo a subir los escalones que conducen al interior de la escuela. Reconozco los pasos de mi hermana a mi lado, pero me niego a mirarla. Seguro que tiene esa mirada acusadora. No me dice nada hasta que no empezamos a subir las escaleras que nos llevan a la planta de arriba.
-Podrías ser más educada, ¿sabes?
-Ponte en mi lugar, es más difícil de lo que crees.
Aunque intento relajar el tono de voz con ella, me es imposible.
-Crees que te odian pero no es así.
-No – niego, deteniéndome en seco y mirándola a los ojos – Papá no me odia. Sabe que soy osada y lo respeta. Es ella la que disfruta mortificándome.
-¿Mortificándote? - pregunta atónita - ¿Cómo? Ni si quiera te lo echa en cara, Eleanor.
-Claro. Tú no te das cuenta porque eres la hija adorable que jamás los defrauda. Yo no, Chloe. Soy libre, y eso le molesta muchísimo a ella.
Dicho esto empiezo a caminar de nuevo y dejo a mi hermana atrás con sus pensamientos.
Al ser el día de las pruebas de aptitud, las clases se reducen a la mitad. La hora de la comida llega antes de lo que esperábamos, y las pruebas son justo después. A pesar de saber demasiado bien cuál será mi destino, también yo estoy algo nerviosa. En el comedor los estudiantes nos distribuimos por facciones.
A un lado están los abnegados, vestidos de gris, concentrados en sus judías (comida de abnegados) aquellos que no han terminado de comer o sentados tranquilamente, esperando. Estirados. Me imagino entre ellos y enseguida veo que no encajo. El egoísmo siempre ha formado parte de mi vida y sería incapaz de tratar por igual a todas las personas, independientemente de la facción a la que pertenecen. Supongo que también me veo algo influenciada por los artículos que los eruditos publican sobre nuestros gobernantes, en su totalidad abnegados. ¿De verdad podemos estar gobernados por personas que tratan por igual a los abandonados, aquellos que no fueron capaz de formar parte de ninguna facción? Incluso yo, que llevo años tratando con ellos, no puedo evitar mirarlos con asco. ¿Qué pensaría mi facción si supiese que cada noche trato con ellos? En ese caso, no estaría mal pertenecer a Abnegación. Pero nunca me ha importado lo que las facciones opinen sobre mí. Sin dudad, los osados verían lo que hago como un acto de valentía, de coraje.
Sus mesas está en la otra punta del comedor. Ríen, gritan y juegan. Llevan tatuajes y piercings y visten de color negro. Sus ropas son ajustadas en su mayoría. Sin duda alguna, debería estar con ellos. En todas las facciones me veo encerrada, oprimida por sus normas. Ellos son libres de arriesgar sus vidas y disfrutan haciéndolo, al igual que yo.
También están las mesas de Verdad y Cordialidad. En la primera, los estudiantes vestidos de blanco y negro no dejan de organizar debates. Me imagino entre ellos y tampoco encajo. Ellos, a pesar de estar en desacuerdo los unos con los otros, respetan las ideas del contrario y se interesan siempre por las razones que los llevan a pensar de una manera u otra. Yo acabaría gritando y golpeando a alguien. Mi hermana Chloe puede que sí encajara entre ellos. Capaz de respetar sus opiniones y dar la suya propia sin miedo a las represarias. Sin embargo, sería incapaz de rebelar sus secretos. Las mesas de Cordialidad están casi vacías. Los estudiantes se sientan en el suelo, jugando y cantando. Entre ellos encuentro a nuestro primo. Desde luego, yo sería incapaz de sentarme y jugar, evitando todos los enfrentamientos y mintiendo para conseguir la paz. Intento imaginarme a mi hermana. No sería feliz, desde luego. ¿Pero eso importa? ¿No es más importante su supervivencia?
Por último está nuestra mesa: la de los eruditos. Con decir que hay que mover columnas de libros para vernos los unos a los otros está todo dicho. Las pruebas de aptitud que tendrán lugar dentro de quince minutos no son ninguna escusa para dejar de llenarnos de información. Cuando bajo la mirada, encuentro una nota doblada. La abro con cuidado.
No sé qué hacer.
Junto a mí, está mi hermana. No está concentrada en su libro de Historia de las Facciones a pesar de tenerlo abierto justo delante y llevar sus gafas de pasta puestas. No deja de romperse las uñas.
Has vivido 16 años en Erudición. - escribo - Sabrás comportarte como una cordial o...
Le paso la nota con disimulo y no tardo en recibirla. Las letras están demasiado marcadas.
No pienso comportarme como una abnegada.
Lanzo un largo suspiro y meto la nota en mi vaso de agua. Me giro y aparto los libros que hay entre nosotras.
-¿Vas a dejar que la relación entre dos facciones afecte a tu futuro? - pregunto amargamente.
Chloe baja la mirada en busca de una respuesta.
-No quiero defraudar a nuestra familia.
-¿Ves? - exclamo, haciendo que el erudito que hay a mi izquierda carraspee – Eso demuestra que eres una estirada, Chloe.
-No los llames así.
-¿Qué? - pregunto sin comprender.
-A los abnegados – explica – No los llames esturados.
-¿Por qué? – pregunto, pinchándola - ¿Te molesta? ¿Te sientes demasiado identificada con ellos?
-¡Es una falta de respeto! – exclama. - Además, - añade, bajando la voz – sabes perfectamente que no soy abnegada.
-Silencio, por favor.
Levantamos la cabeza. No es ningún erudito el que pide silencio, sino un hombre vestidos de gris, un abnegado, con un trozo de papel en la mano. Carraspea antes de seguir. El comedor acaba de quedarse mudo.
-Os llamaremos a la inversa del orden alfabético – anuncia.
Comienzan a salir grupos de estudiantes. Dos de cada facción cada quince minutos. En algún momento mi hermana me agarra con fuerza la mano y, a pesar del dolor, no me suelto.
-De Erudición: Eleanor y Chloe Stone.
Antes de levantarme observo a mi hermana. Está pálida, tan blanca como la cal.
-Tranquila – le susurro, ayudándola a levantarse.
-No puedo – dice, apoyándose en mí.
-¿Necesitas ayuda? - pregunta el abnegado de la lista acercándose.
-No – niego secamente.
Cojo a mi hermana por la cintura, cargando sobre mí casi la totalidad de su peso. Está temblando de terror. Me imagino cómo debe sentirse. Para mí es fácil, pues sólo tengo que mostrarme como soy en realidad, sin embargo ella no puede hacer eso. Antes de entrar en la simulación debe elegir cómo actuar.
Pasamos por la mesa de los osados, que nos miran con curiosidad, sobre todo a mí. Quiero gritar que no soy erudita, que soy como ellos. Sin embargo, me dirijo a la salida. Una vez fuera del comedor nos encontramos con una fila de diez salas separadas por un cristal. Una mujer vestida de gris me llama. Pienso en cambiarnos, nadie se daría cuenta. Sin embargo, no sé lo que habrá dentro de esas salas. Puede haber un reconocimiento de sangre. ¿Y entonces? Podría meterme en serios problemas. Sin embargo, se me ocurre otra cosa.
-Chloe – susurro al oído de mi hermana – Escuchame atentamente. Las pruebas no significan nada. Puedes cambiar de decisión mañana. Comportate como una abnegada, es lo que mejor se te da. Tienes veinticuatro horas para decidir qué hacer con tu vida. Pero ahora, hazme caso a mí, ¿vale?
Asiente y me abraza.
-Nos vemos enseguida – me promete.
Asiento a pesar de saber que, cuando salgamos de la simulación, ninguna de las dos será la misma... y muchísimo menos ella.
domingo, 8 de diciembre de 2013
CAPÍTULO UNO
La relación entre Cordialidad y Erudición siempre ha sido
admirable. Cordialidad aporta alimentos y todo lo que Erudición necesita a
cambio de inventos que faciliten su modo de vida, como maquinaria para regar
los invernaderos. Cuando era pequeña, mi madre se encargaba de ir a la facción
de Cordialidad desde Erudición para llevarles nueva maquinaria y recoger
suministros. Lo que no sabían los jefes de Erudición es que mi madre tenía otra
razón para ir a nuestra facción vecina: visitar a su hermano. Cuando era
pequeña, ella se había quedado en Erudición mientras que mi tío se convertía en
un trasladado a Cordialidad. En este aspecto, la facción no fue antes que la
sangre, que el amor fraternal. Ese amor fraternal que he heredado yo.
Cuando mi madre nos llevaba a Cordialidad, mi hermana Chloe
y yo corríamos por los campos con mi primo. "Subid al árbol. Abrazadlo y
escuchar lo que os dice" gritaba él. Mi hermana y yo saltábamos al tronco
del árbol más cercano y subíamos un poco. Chloe se abrazaba al tronco y pegaba
la mejilla en la corteza, clavándose trozos de la superficie. Yo, sin embargo,
era incapaz de detenerme una vez que había empezado a subir. Trepaba a las
ramas más altas y más delgadas y sacaba la cabeza por entre las hojas,
observando desde arriba los campos y la carretera que llegaba hasta la vaya
donde estaban las otras cuatro facciones: Abnegación, Osadía, Verdad y
Erudición. Yo no tenía miedo de las alturas, no tenía miedo de correr hasta que
los pulmones me ardieran, no tenía miedo de caer y sangrar. Me levantaba del
suelo sin pensarlo dos veces y seguía saltando y corriendo.
Puede que fuera allí, en la lejana y tranquila Cordialidad,
donde me diera cuenta de que no era erudita. Yo soy osada.
-¿Quieres bajar de ahí?
Me encuentro en el parque que hay frente a la sede de
Erudición, en lo alto de las esculturas de acero, junto a mi mochila y mis
libros de las clases. Este es el único lugar en el que puedo ser yo misma y
erudita al mismo tiempo.
-No - respondo con sequedad.
Mi hermana, a los pies de la escultura, ya hace horas que ha
terminado sus tareas para el colegio. Yo, sin embargo, puedo tardar toda la tarde
en terminarlos. No puedo escribir dos líneas en las páginas de mi desgastado
cuaderno sin distraerme con el sonido de los trenes que pasan junto a los
límites de la facción.
-Ya está anocheciendo. Por favor, Eleanor. Quiero volver a
casa.
Bajo la vista y me encuentro con la cara de mi hermana,
llena de preocupación. Cierro el libro y el cuaderno que tengo sobre mi regazo
y los guardo en la mochila. Una vez me la he colgado sobre los hombros, bajo de
un salto.
-Vamos a casa.
Alargo el brazo hacia mi hermana y ésta enlaza sus dedos con
los míos.
Caminamos por las calles desiertas de la facción. Todos
deben estar en la sede buscando información en los ordenadores o pasando una
tras otra todas las páginas de los cientos de libros.
-Mañana es la prueba. -Comenta con temor Chloe.
-Lo sé.
Mantengo la mirada clavada al frente. Estos temas son
peligrosos y cualquier indicio de duda o temor puede meternos en problemas. Mi
hermana no lo comprende a pesar de mis cientos de advertencias, sigue siendo
inocente e incapaz de sospechar de alguien. Es su parte abnegada.
Llegamos a la calle en la que está nuestra casa. Todas son
distintas, aunque todas las fachas son de algún tono azul. Reconozco la nuestra
gracias al pequeño cartel en el que se puede leer nuestro apellido: Stone.
Me tomo un par de minutos antes de entrar. Es el momento de
fingir ser erudita, el peor momento del día. Me encantaría poder entrar
corriendo y gritando, subiendo las escaleras de tres en tres sin que mi madre
me regañe y me explique los efectos que el ruido tiene en nuestro organismo.
Llevo desde que tengo conciencia fingiendo interesarme por los conocimientos y
sigo sin acostumbrarme.
A mi lado, con su mano aun sujetando la mía, mi hermana
espera pacientemente a que esté lista para atravesar la puerta.
"Tranquila" me digo a mi misma, "es la
penúltima vez que atravesarás esta puerta como una erudita. No tendrás que
volver a fingir".
Suelto la mano de mi hermana, me acerco a la puerta y llamo
con los nudillos. Cuando me giro para mirar a Chloe por última vez en el día de
la forma en que es ella misma me doy cuenta de que me tiende uno de los dos
libros que sostiene en el regazo. Lo cojo rápidamente y lo abro. ¿Por qué
tenemos que fingir las dos pero solo a mí parece importarme? La puerta se abre
justo cuando vocalizo un "gracias" para mi hermana. Al otro lado de
la puerta está mi madre, vestida con una blusa azul y unos pantalones de vestir
azul marinos. El pelo rubio le cae en tirabuzones sobre los hombros. Es guapa
para mucha gente, pero no para mí. Tiene una expresión tan débil... Mi hermana
se acerca decidida, cierra el libro y le da un beso en la mejilla. Yo me acerco
y hago lo mismo, aunque noto que mi madre se distancia un poco al ver que me
aproximo.
-Aquí estáis - suena la voz animada de mi padre desde el
salón.
Sigo a mi hermana y nos asomamos a la gran estancia. Mi
padre, con un traje azul oscuro, está sentado en el sofá con el ordenador. Nos
acercamos a él y le damos dos besos cada una.
-¿Estáis nerviosas? ¿Cuál de las dos puede decirme en qué
consisten las pruebas de elección?
He aquí la vida de un erudito.
-Que sea Chloe - contesto rápidamente - Yo quiero buscar una
duda que me ha surgido.
Me dispongo a salir del salón, pero en ese momento entra mi
madre.
-¿Qué duda? Tal vez podamos resolverla, Eleanor.
La miro a los ojos y veo el odio a través de ellos. Sabe que
miento, es una de las dos personas que sabe cuándo miento.
-Déjalo, Eleanor. Luego lo haré yo, no importa.
Me doy la vuelta y miro perpleja a Chloe. En cuanto veo su expresión,
sé que está encubriéndome, así que entro en su juego.
-No. Te prometí que lo haría.
-¿De qué habláis? - Pregunta mi padre.
-Mientras hacíamos los deberes en la biblioteca he estado
pensando cómo podríamos mejorar un programa de los ordenadores de la sede que
nos permita buscar información de otras facciones. Le he pedido a Eleanor que
compruebe los datos que he sacado de la biblioteca con los que encuentre en los
libros que tenemos arriba.
Mi madre me mira de arriba a abajo, pero mi padre parece convencido.
-Está bien. Subid ambas a vuestro cuarto y trabajad. Os
ayudará a manteneros entretenidas.
Salgo corriendo del salón-biblioteca, pero justo al llegar a
la escalera me doy cuenta de que no puedo correr. Así que avanzo despacio.
Llego a mi dormitorio. Es bastante grande, aunque claro, los
eruditos necesitan amplias paredes azules que llenar con estanterías para
libros. También hay una litera que comparto con Chloe con sábanas azules. En la
vida de un erudito todo tiene que ser azul, pues se sabe que este color hace
secretar sustancias relajantes en nuestro organismo. Un organismo relajado es
fundamental para una mente sana y capacitada para trabajar.
Salto y me subo a las barras de hierro que hay en la litera,
me impulso hacia arriba y caigo de bruces en mi cama.
-¿Podrías usar la escalera? Para algo está - comenta mi
hermana entrando por la puerta y cerrándola tras ella.
-¿Y dónde dejas la diversión? Ahora que lo pienso mamá
debería haber quitado la escalera hace tiempo. No es lógico dejar un objeto del
que no se hace uso – digo, recalcando la palabra “lógico”.
Me río y me dejo caer con la cabeza sobre la almohada.
-Ella cree que esa escalera se usa, Eleanor.
Río con más ganas que antes.
-Claro que lo sabe.
-¿Por qué la odias tanto?
-¿Yo la odio? - Me incorporo un poco y me cruzo de piernas.
- Ella me odia a mí, Chloe. No sabes cuánto deseo perderla de vista.
Se hace el silencio, un silencio que aprovecho para sacar de
debajo de mi colchón mi cuaderno de dibujo. Paso las páginas y lo dejo abierto
en una en la que he pintado la llama de osadía. Alrededor hay varios recortes
de periódico en los que se ven osados paseando por las calles o saltando de los
trenes.
-Estoy esperando algo - dice mi hermana con voz cantarina,
asomándose a la litera de arriba.
-Gracias - digo cerrando el cuaderno - Aunque ya sabes que
no necesito que me ayudes.
-Claro que no. - responde ella con ironía.
Ambas nos quedamos en silencio. Mi hermana coge uno de los
cientos de libros que tenemos en las estanterías de nuestro cuarto y yo clavo mi mirada en un punto del techo.
El silencio es profundo, pero no incómodo. Chloe y yo estamos acostumbradas a
guardar silencio siempre. Dentro de una semana, estaré en un lugar en el que
jamás hay silencio y, en cierto modo, no sé si añoraré estar así con mi
hermana.
-Eleanor – susurra mi hermana - ¿Crees que tomaré la
decisión correcta?
Me incorporo y dejo caer la mitad de mi cuerpo por un lado
de la litera para poder ver la cama de abajo. Mi hermana está tumbada boca
arriba, con la vista clavada en las tablas que impiden que mi colchón caiga
sobre ella. Está en la misma posición que está siempre que piensa sobre su
futuro. El libro ya no está en sus manos, sino en la mesita de noche que tiene
al lado.
-¿Aún no sabes lo que vas a hacer?
-Temo tomar la decisión equivocada. – afirma, cerrando los
ojos.
-Está bien – me agarro con una mano al hierro del cabecero y
me dejo caer hasta estar de pie sobre el colchón de mi hermana. Ésta se
desplaza hacia un lado para hacerme un hueco y ambas quedamos tumbadas, una
junto a la otra. – Repasemos cada una de las facciones. Erudicción…
-Acabarían descubriendo lo que soy.
-Osadía.
-La iniciación es muy complicada y jamás conseguiría
superarla, además de que no tengo nada de osada.
-Verdad.
-Tendría que revelar todos mis secretos ante el suero de la
verdad.
-Abnegación.
-No, abnegación no.
-Chloe – digo suspirando – es la mejor. Eres abnegada y lo
sabes – susurro lo más bajo que me es posible.
-No, Eleanor. Abnegación y Erudición son enemigas. No me
sentiría bien conmigo misma si eligiera Abnegación, y lo sabes. Sería una
traidora para todo el mundo.
-No lo serías para la gente que conocieses en Abnegación.
Sólo serías una traidora para los rencorosos eruditos – ni siquiera me molesto
en sonar poco asqueada – Para mí tampoco serías una traidora. La facción antes
que la sangre, ¿recuerdas?
-Tú eres la única persona que sabe lo que soy.
Sí. Soy la única persona que sabe lo que es mi hermana: una
divergente. Una chica cuya mente es tan soñadora que se adapta a las
características de más de una facción. En su lugar, de Erudición y Abnegación,
puede que incluso también de Cordialidad.
-Cordialidad.
-Es mi mejor opción – comenta resignada.
De nuevo, esa resignación ante la posibilidad de ir a
Cordialidad. ¿Por qué? Si desde pequeña le ha encantado esa facción. Sus
huertos, su alegría, su tranquilidad, su gente, sus colores…
-Sabes lo que tienes que hacer mañana, ¿no?
-Comportarme como una cordial – repite mecánicamente, como
si hubiera dicho esa frase cientos de veces, lo que probablemente sea cierto. –
No sé si lo conseguiré.
-Lo conseguirás – aseguro, pues no admito duda respecto a
este tema – Llevas toda la vida yendo a la facción de Cordialidad. Sabes cómo
se comportan, cómo piensan… Llevo años obligándote a comportarte como tal.
-Pero Cordialidad no es mi lugar.
-Chloe – mi tono se vuelve grave, serio, como sólo lo hace
cuando estoy realmente mosqueada o cuando algo me preocupa demasiado como para
quitarle importancia, como es el caso – es mejor que estar muerta, ¿no crees?
-No seré feliz, Eleanor. – la voz comienza a quebrársele.
-Sí serás feliz. Acabarás acostumbrándote.
-¿Te acostumbrarías tú a vivir aquí?
Se hace el silencio entre ambas. Lo que ocurre siempre que
acaba saliendo este tema. Yo no soy erudita, y jamás sería feliz aquí, en
Erudición.
-Es diferente. Yo no corro el riesgo de que me maten.
-Eleanor…
-¿Por qué no te vas a Abnegación? Seguro que eres más feliz
allí, y es tu lugar.
Lo digo más alto de lo que debería. Así que cierro la boca
con fuerza, temiendo que alguien me haya oído. Pero nadie lo ha hecho salvo mi
hermana. Supongo que la conversación ha concluido, así que me engancho al
barrote de la cama de arriba y tiro de todo mi cuerpo hasta estar de nuevo en
mi cama.
-¿Por qué odias tanto a mamá, Eleanor?
La pregunta es como una puñalada y probablemente sea la
única pregunta que no estoy dispuesta a contestar a mi hermana.
-Buenas noches, Chole.
A lo largo de toda la noche, escucho cómo mi hermana me
llama una y otra vez. Sin embargo, yo sigo fingiendo estar dormida.
jueves, 19 de septiembre de 2013
INTRODUCCIÓN
Eleanor es erudita. Pero no se considera de Erudición. Ella
es osada.
Chloe es erudita. Pero, al igual que su hermana, sabe que
Erudición no es su lugar. Ella se siente parte de todas las facciones... y de
ninguna al mismo tiempo. Ella es divergente.
Eleanor y Chloe son gemelas y deben elegir cómo serán el
resto de sus vidas. Eleanor escogerá osadía, pero sabe que si su hermana toma
la misma decisión, seguramente muera. Ella es la única que conoce su secreto.
Ha arriesgado su vida para saber qué son los divergentes… y se ha dado cuenta
de que su hermana es uno de ellos.
Eleanor sabe que Chloe debe ir a Cordialidad. En Verdad,
descubrirían su secreto; en Erudición y Osadía, estaría en peligro; y si elige
Abnegación, se convertiría en una traidora de Erudición.
Llega el día de elegir. Y Chloe sólo puede preguntarse una
cosa: ¿cómo será su vida al separarse de la única persona que la comprende y
sabe lo que es?
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