viernes, 3 de enero de 2014

CAPÍTULO DOS

Cuando me despierto aún es de noche, como todos los días. No necesito mirara el reloj para saber que son las cinco de la mañana. Hace años, mi mente se acostumbró a despertarse un par de horas antes de que saliera el sol.
Bajo de la litera sin hacer ruido y del interior de la almohada saco unos pantalones ajustados negros. Después, me acerco al armario empotrado que comparto con Chloe y saco unas deportivas que hay ocultas entre un montón de ropa. Me quito la camiseta del pijama y me dejo la camiseta de tirantes azul oscura. A continuación, me acerco a la ventana y la abro. Comienza a hacer más frío conforme pasan los días, pero ésto no es ningún impedimento para lo que yo llamo “mi liberación”. Me subo al alféizar de la ventana y me agarro con fuerza al canalón que hay al lado de ésta. Con gracilidad desciendo por él. La primera vez que lo hice acabé con un gran corte por toda la pierna para el cual no tenía excusa, ni tampoco para la cojera que siguió a los días siguientes. Sin embargo, mi hermana les dijo a mis padres que me había caído de la litera y me había cortado con un hierro mal soldado. Por supuesto, mi madre no me creyó, y empezó a desconfiar de mí.
Cuando mis pies saltan al húmedo césped del jardín, compruebo que ningún vecino me haya visto, y que todas las luces de mi casa estén apagadas. No encuentro problemas. Salto la valla de madera y camino con cuidado por la calle hasta que llego a la esquina. Al girar, me agacho para levantar una de las baldosas, debajo de la cual hay una sudadera negra un par de tallas más grande de la ropa que suelo llevar. Me la pongo, subo la cremallera hasta arriba y empiezo a correr. Corro hasta que me arden los pulmones y, entonces, aflojo el ritmo.
Llego a los límites del distrito y apoyo una mano sobre las vías del tren. Permanezco así, prestando atención, hasta que noto vibraciones bajo las yemas de mis dedos, y me alejo un par de metros. El tren no tarda en llegar, corro junto a él y me agarro al asidero del primer vagón abierto que pasa junto a mí y, de un salto, entro en él. Este salto, considerado una locura para la mayor parte de los miembros de la facción a la que pertenezco ahora mismo, se ha convertido en algo cotidiano para mí desde hace años.
Durante el breve trayecto en tren, me siento en el borde del vagón y contemplo la ciudad. Los edificios blancos y negros de la sede de Verdad contrastan con los azules de Erudición. La zona por la que pasa el tren, la zona en la que viven los abnegados, se caracteriza por un paisaje monótono con calles mal asfaltadas y casas con aspecto de cubos grises, todas iguales. A lo lejos distingo la valla que nos separa del exterior y de las granjas de Cordialidad. Justo en la zona opuesta de la ciudad a la que me dirijo, está el pantano y una zona abandonada en la que debe de estar la facción de Osadía. Por lo menos, de allí es de donde llegan los jóvenes osados al acudir al centro de la ciudad. Por último, está la zona a la que me dirijo, llena de edificios destartalados, abandonados y medio derrumbados: el lugar donde viven los sin-facción.
Cuando las vías del tren se elevan unos metros para pasar sobre el tejado de uno de estos edificios, me lanzo desde el vagón. Caigo rodando por el suelo y me incorporo antes de caer por el borde.
Bajo del edificio por una escalera de incendios que hay en uno de los laterales, a punto de ceder, y corro por las calles oscuras. Cualquier persona se perdería en ellas si no las hubiese recorrido cientos de veces. Cuando llego al edificio más grande de esta parte de la ciudad, me dirijo a la parte de atrás y entro en el pequeño callejón que lo separa del siguiente edificio. Camino despacio, prestando especial atención a todo lo que me rodea. Antes incluso de escuchar la voz, noto la presencia de alguien y me dispongo a atacarle.
-Vaya, vaya. Has crecido.
Bajo una vieja escalera hay un abandonado apoyado en la pared. La luz de la luna es lo único que me permite distinguirlo en la oscuridad del callejón.
-No te conozco - digo con voz amenazante.
-No me recuerdas – me corrige- Pero yo a ti sí. Te vi cuando eras pequeña con Stan.
Me acerco con cuidado al desconocido. Lleva ropas andrajosas y tiene un vaso humeante en una mano. Es joven, bastante joven. Tras la barba y la suciedad le encuentro cierto atractivo.
-Necesito verle - digo con cautela - ¿Puedes encontrarlo?
-¿Qué conseguiré yo a cambio? - Pregunta, mirándome con recelo.
-¿Qué es lo que quieres?

El viaje en tren de vuelta a la facción de Erudición trascurre demasiado rápido, seguramente porque lo paso sumergida en mis recuerdos.
Cuando vuelvo al suelo firme ya ha amanecido, por lo que corro deprisa para llegar a tiempo a mi casa. Antes de entrar en mi calle, me quito la sudadera y la guardo bajo la misma baldosa en la que estaba. Mañana será la última vez que necesite esconder mi ropa oscura.
Salto la vaya del jardín y subo por el canalón. Por suerte, dejé la ventana abierta. Más de una vez he tenido que esperar sentada en el alféizar a que mi hermana se levantara. Dejé de intentar llamarla o golpear el cristal porque cuando duerme profundamente no hay quien la despierte.
-¡Al fin! - Exclama Chloe saliendo en ese instante del baño - Empezaba a pensar que no te vería más.
-Me he entretenido un poco - digo, recuperando el aliento.
-Pues más vale que te des prisa.

Hoy son las pruebas de aptitud. Lo que significa que mañana cada uno tomará su propio camino. Hoy, cada chico de dieciséis años pasará por una simulación y, al final de ésta, sabrá en que facción debe estar, aunque siempre es libre de cambiar de decisión.
Mis padres nos llevan a ambas en coche. Mi madre es profesora en el colegio y mi padre insiste en acompañarnos todos los días. Hoy, además, se ha presentado como voluntario de Erudición para llevar a cabo las pruebas de aptitud. Por el camino, él y Chloe no dejan de hacerse preguntas el uno el otro acerca de lo que estamos dando en el colegio. Mi madre y yo preferimos guardar siempre silencio.
Mi padre detiene el coche frente al edificio y se da la vuelta para mirarnos a mi hermana y a mí.
-Puede que esta sea la última vez que hablemos. - anuncia – Puede que esta noche trabaje demasiado o que vosotras decidáis aislarlos para recapacitar sobre vuestras decisiones. Sé que cuando salgáis esta tarde de ese edificio no seréis las mismas personas y quiero que sepáis que, a pesar de la decisión que toméis, siempre seréis mis pequeñas.
En cuanto dice esto, sin esperar a ver si el sermón continúa, abro la puerta y bajo del coche. Cierro de un portazo y me separo un par de metros, esperando a mi hermana. Sin embargo, la primera en salir no es ella, sino mi madre.
-¿No vas a decir nada, Eleanor? - pregunta.
-Sí – afirmo en el mismo instante en el que mi hermana sale del coche – No nos esperéis a la salida. Volveremos andando.
Me doy la vuelta y comienzo a subir los escalones que conducen al interior de la escuela. Reconozco los pasos de mi hermana a mi lado, pero me niego a mirarla. Seguro que tiene esa mirada acusadora. No me dice nada hasta que no empezamos a subir las escaleras que nos llevan a la planta de arriba.
-Podrías ser más educada, ¿sabes?
-Ponte en mi lugar, es más difícil de lo que crees.
Aunque intento relajar el tono de voz con ella, me es imposible.
-Crees que te odian pero no es así.
-No – niego, deteniéndome en seco y mirándola a los ojos – Papá no me odia. Sabe que soy osada y lo respeta. Es ella la que disfruta mortificándome.
-¿Mortificándote? - pregunta atónita - ¿Cómo? Ni si quiera te lo echa en cara, Eleanor.
-Claro. Tú no te das cuenta porque eres la hija adorable que jamás los defrauda. Yo no, Chloe. Soy libre, y eso le molesta muchísimo a ella.
Dicho esto empiezo a caminar de nuevo y dejo a mi hermana atrás con sus pensamientos.

Al ser el día de las pruebas de aptitud, las clases se reducen a la mitad. La hora de la comida llega antes de lo que esperábamos, y las pruebas son justo después. A pesar de saber demasiado bien cuál será mi destino, también yo estoy algo nerviosa. En el comedor los estudiantes nos distribuimos por facciones.
A un lado están los abnegados, vestidos de gris, concentrados en sus judías (comida de abnegados) aquellos que no han terminado de comer o sentados tranquilamente, esperando. Estirados. Me imagino entre ellos y enseguida veo que no encajo. El egoísmo siempre ha formado parte de mi vida y sería incapaz de tratar por igual a todas las personas, independientemente de la facción a la que pertenecen. Supongo que también me veo algo influenciada por los artículos que los eruditos publican sobre nuestros gobernantes, en su totalidad abnegados. ¿De verdad podemos estar gobernados por personas que tratan por igual a los abandonados, aquellos que no fueron capaz de formar parte de ninguna facción? Incluso yo, que llevo años tratando con ellos, no puedo evitar mirarlos con asco. ¿Qué pensaría mi facción si supiese que cada noche trato con ellos? En ese caso, no estaría mal pertenecer a Abnegación. Pero nunca me ha importado lo que las facciones opinen sobre mí. Sin dudad, los osados verían lo que hago como un acto de valentía, de coraje.
Sus mesas está en la otra punta del comedor. Ríen, gritan y juegan. Llevan tatuajes y piercings y visten de color negro. Sus ropas son ajustadas en su mayoría. Sin duda alguna, debería estar con ellos. En todas las facciones me veo encerrada, oprimida por sus normas. Ellos son libres de arriesgar sus vidas y disfrutan haciéndolo, al igual que yo.
También están las mesas de Verdad y Cordialidad. En la primera, los estudiantes vestidos de blanco y negro no dejan de organizar debates. Me imagino entre ellos y tampoco encajo. Ellos, a pesar de estar en desacuerdo los unos con los otros, respetan las ideas del contrario y se interesan siempre por las razones que los llevan a pensar de una manera u otra. Yo acabaría gritando y golpeando a alguien. Mi hermana Chloe puede que sí encajara entre ellos. Capaz de respetar sus opiniones y dar la suya propia sin miedo a las represarias. Sin embargo, sería incapaz de rebelar sus secretos. Las mesas de Cordialidad están casi vacías. Los estudiantes se sientan en el suelo, jugando y cantando. Entre ellos encuentro a nuestro primo. Desde luego, yo sería incapaz de sentarme y jugar, evitando todos los enfrentamientos y mintiendo para conseguir la paz. Intento imaginarme a mi hermana. No sería feliz, desde luego. ¿Pero eso importa? ¿No es más importante su supervivencia?
Por último está nuestra mesa: la de los eruditos. Con decir que hay que mover columnas de libros para vernos los unos a los otros está todo dicho. Las pruebas de aptitud que tendrán lugar dentro de quince minutos no son ninguna escusa para dejar de llenarnos de información. Cuando bajo la mirada, encuentro una nota doblada. La abro con cuidado.
No sé qué hacer.
Junto a mí, está mi hermana. No está concentrada en su libro de Historia de las Facciones a pesar de tenerlo abierto justo delante y llevar sus gafas de pasta puestas. No deja de romperse las uñas.
Has vivido 16 años en Erudición. - escribo - Sabrás comportarte como una cordial o...
Le paso la nota con disimulo y no tardo en recibirla. Las letras están demasiado marcadas.
No pienso comportarme como una abnegada.
Lanzo un largo suspiro y meto la nota en mi vaso de agua. Me giro y aparto los libros que hay entre nosotras.
-¿Vas a dejar que la relación entre dos facciones afecte a tu futuro? - pregunto amargamente.
Chloe baja la mirada en busca de una respuesta.
-No quiero defraudar a nuestra familia.
-¿Ves? - exclamo, haciendo que el erudito que hay a mi izquierda carraspee – Eso demuestra que eres una estirada, Chloe.
-No los llames así.
-¿Qué? - pregunto sin comprender.
-A los abnegados – explica – No los llames esturados.
-¿Por qué? – pregunto, pinchándola - ¿Te molesta? ¿Te sientes demasiado identificada con ellos?
-¡Es una falta de respeto! – exclama. - Además, - añade, bajando la voz – sabes perfectamente que no soy abnegada.
-Silencio, por favor.
Levantamos la cabeza. No es ningún erudito el que pide silencio, sino un hombre vestidos de gris, un abnegado, con un trozo de papel en la mano. Carraspea antes de seguir. El comedor acaba de quedarse mudo.
-Os llamaremos a la inversa del orden alfabético – anuncia.
Comienzan a salir grupos de estudiantes. Dos de cada facción cada quince minutos. En algún momento mi hermana me agarra con fuerza la mano y, a pesar del dolor, no me suelto.
-De Erudición: Eleanor y Chloe Stone.
Antes de levantarme observo a mi hermana. Está pálida, tan blanca como la cal.
-Tranquila – le susurro, ayudándola a levantarse.
-No puedo – dice, apoyándose en mí.
-¿Necesitas ayuda? - pregunta el abnegado de la lista acercándose.
-No – niego secamente.
Cojo a mi hermana por la cintura, cargando sobre mí casi la totalidad de su peso. Está temblando de terror. Me imagino cómo debe sentirse. Para mí es fácil, pues sólo tengo que mostrarme como soy en realidad, sin embargo ella no puede hacer eso. Antes de entrar en la simulación debe elegir cómo actuar.
Pasamos por la mesa de los osados, que nos miran con curiosidad, sobre todo a mí. Quiero gritar que no soy erudita, que soy como ellos. Sin embargo, me dirijo a la salida. Una vez fuera del comedor nos encontramos con una fila de diez salas separadas por un cristal. Una mujer vestida de gris me llama. Pienso en cambiarnos, nadie se daría cuenta. Sin embargo, no sé lo que habrá dentro de esas salas. Puede haber un reconocimiento de sangre. ¿Y entonces? Podría meterme en serios problemas. Sin embargo, se me ocurre otra cosa.
-Chloe – susurro al oído de mi hermana – Escuchame atentamente. Las pruebas no significan nada. Puedes cambiar de decisión mañana. Comportate como una abnegada, es lo que mejor se te da. Tienes veinticuatro horas para decidir qué hacer con tu vida. Pero ahora, hazme caso a mí, ¿vale?
Asiente y me abraza.
-Nos vemos enseguida – me promete.

Asiento a pesar de saber que, cuando salgamos de la simulación, ninguna de las dos será la misma... y muchísimo menos ella.

domingo, 8 de diciembre de 2013

CAPÍTULO UNO

La relación entre Cordialidad y Erudición siempre ha sido admirable. Cordialidad aporta alimentos y todo lo que Erudición necesita a cambio de inventos que faciliten su modo de vida, como maquinaria para regar los invernaderos. Cuando era pequeña, mi madre se encargaba de ir a la facción de Cordialidad desde Erudición para llevarles nueva maquinaria y recoger suministros. Lo que no sabían los jefes de Erudición es que mi madre tenía otra razón para ir a nuestra facción vecina: visitar a su hermano. Cuando era pequeña, ella se había quedado en Erudición mientras que mi tío se convertía en un trasladado a Cordialidad. En este aspecto, la facción no fue antes que la sangre, que el amor fraternal. Ese amor fraternal que he heredado yo.
Cuando mi madre nos llevaba a Cordialidad, mi hermana Chloe y yo corríamos por los campos con mi primo. "Subid al árbol. Abrazadlo y escuchar lo que os dice" gritaba él. Mi hermana y yo saltábamos al tronco del árbol más cercano y subíamos un poco. Chloe se abrazaba al tronco y pegaba la mejilla en la corteza, clavándose trozos de la superficie. Yo, sin embargo, era incapaz de detenerme una vez que había empezado a subir. Trepaba a las ramas más altas y más delgadas y sacaba la cabeza por entre las hojas, observando desde arriba los campos y la carretera que llegaba hasta la vaya donde estaban las otras cuatro facciones: Abnegación, Osadía, Verdad y Erudición. Yo no tenía miedo de las alturas, no tenía miedo de correr hasta que los pulmones me ardieran, no tenía miedo de caer y sangrar. Me levantaba del suelo sin pensarlo dos veces y seguía saltando y corriendo.
Puede que fuera allí, en la lejana y tranquila Cordialidad, donde me diera cuenta de que no era erudita. Yo soy osada.

-¿Quieres bajar de ahí?
Me encuentro en el parque que hay frente a la sede de Erudición, en lo alto de las esculturas de acero, junto a mi mochila y mis libros de las clases. Este es el único lugar en el que puedo ser yo misma y erudita al mismo tiempo.
-No - respondo con sequedad.
Mi hermana, a los pies de la escultura, ya hace horas que ha terminado sus tareas para el colegio. Yo, sin embargo, puedo tardar toda la tarde en terminarlos. No puedo escribir dos líneas en las páginas de mi desgastado cuaderno sin distraerme con el sonido de los trenes que pasan junto a los límites de la facción.
-Ya está anocheciendo. Por favor, Eleanor. Quiero volver a casa.
Bajo la vista y me encuentro con la cara de mi hermana, llena de preocupación. Cierro el libro y el cuaderno que tengo sobre mi regazo y los guardo en la mochila. Una vez me la he colgado sobre los hombros, bajo de un salto.
-Vamos a casa.
Alargo el brazo hacia mi hermana y ésta enlaza sus dedos con los míos.
Caminamos por las calles desiertas de la facción. Todos deben estar en la sede buscando información en los ordenadores o pasando una tras otra todas las páginas de los cientos de libros.
-Mañana es la prueba. -Comenta con temor Chloe.
-Lo sé.
Mantengo la mirada clavada al frente. Estos temas son peligrosos y cualquier indicio de duda o temor puede meternos en problemas. Mi hermana no lo comprende a pesar de mis cientos de advertencias, sigue siendo inocente e incapaz de sospechar de alguien. Es su parte abnegada.
Llegamos a la calle en la que está nuestra casa. Todas son distintas, aunque todas las fachas son de algún tono azul. Reconozco la nuestra gracias al pequeño cartel en el que se puede leer nuestro apellido: Stone.
Me tomo un par de minutos antes de entrar. Es el momento de fingir ser erudita, el peor momento del día. Me encantaría poder entrar corriendo y gritando, subiendo las escaleras de tres en tres sin que mi madre me regañe y me explique los efectos que el ruido tiene en nuestro organismo. Llevo desde que tengo conciencia fingiendo interesarme por los conocimientos y sigo sin acostumbrarme.
A mi lado, con su mano aun sujetando la mía, mi hermana espera pacientemente a que esté lista para atravesar la puerta.
"Tranquila" me digo a mi misma, "es la penúltima vez que atravesarás esta puerta como una erudita. No tendrás que volver a fingir".
Suelto la mano de mi hermana, me acerco a la puerta y llamo con los nudillos. Cuando me giro para mirar a Chloe por última vez en el día de la forma en que es ella misma me doy cuenta de que me tiende uno de los dos libros que sostiene en el regazo. Lo cojo rápidamente y lo abro. ¿Por qué tenemos que fingir las dos pero solo a mí parece importarme? La puerta se abre justo cuando vocalizo un "gracias" para mi hermana. Al otro lado de la puerta está mi madre, vestida con una blusa azul y unos pantalones de vestir azul marinos. El pelo rubio le cae en tirabuzones sobre los hombros. Es guapa para mucha gente, pero no para mí. Tiene una expresión tan débil... Mi hermana se acerca decidida, cierra el libro y le da un beso en la mejilla. Yo me acerco y hago lo mismo, aunque noto que mi madre se distancia un poco al ver que me aproximo.
-Aquí estáis - suena la voz animada de mi padre desde el salón.
Sigo a mi hermana y nos asomamos a la gran estancia. Mi padre, con un traje azul oscuro, está sentado en el sofá con el ordenador. Nos acercamos a él y le damos dos besos cada una.
-¿Estáis nerviosas? ¿Cuál de las dos puede decirme en qué consisten las pruebas de elección?
He aquí la vida de un erudito.
-Que sea Chloe - contesto rápidamente - Yo quiero buscar una duda que me ha surgido.
Me dispongo a salir del salón, pero en ese momento entra mi madre.
-¿Qué duda? Tal vez podamos resolverla, Eleanor.
La miro a los ojos y veo el odio a través de ellos. Sabe que miento, es una de las dos personas que sabe cuándo miento.
-Déjalo, Eleanor. Luego lo haré yo, no importa.
Me doy la vuelta y miro perpleja a Chloe. En cuanto veo su expresión, sé que está encubriéndome, así que entro en su juego.
-No. Te prometí que lo haría.
-¿De qué habláis? - Pregunta mi padre.
-Mientras hacíamos los deberes en la biblioteca he estado pensando cómo podríamos mejorar un programa de los ordenadores de la sede que nos permita buscar información de otras facciones. Le he pedido a Eleanor que compruebe los datos que he sacado de la biblioteca con los que encuentre en los libros que tenemos arriba.
Mi madre me mira de arriba a abajo, pero mi padre parece convencido.
-Está bien. Subid ambas a vuestro cuarto y trabajad. Os ayudará a manteneros entretenidas.
Salgo corriendo del salón-biblioteca, pero justo al llegar a la escalera me doy cuenta de que no puedo correr. Así que avanzo despacio.
Llego a mi dormitorio. Es bastante grande, aunque claro, los eruditos necesitan amplias paredes azules que llenar con estanterías para libros. También hay una litera que comparto con Chloe con sábanas azules. En la vida de un erudito todo tiene que ser azul, pues se sabe que este color hace secretar sustancias relajantes en nuestro organismo. Un organismo relajado es fundamental para una mente sana y capacitada para trabajar.
Salto y me subo a las barras de hierro que hay en la litera, me impulso hacia arriba y caigo de bruces en mi cama.
-¿Podrías usar la escalera? Para algo está - comenta mi hermana entrando por la puerta y cerrándola tras ella.
-¿Y dónde dejas la diversión? Ahora que lo pienso mamá debería haber quitado la escalera hace tiempo. No es lógico dejar un objeto del que no se hace uso – digo, recalcando la palabra “lógico”.
Me río y me dejo caer con la cabeza sobre la almohada.
-Ella cree que esa escalera se usa, Eleanor.
Río con más ganas que antes.
-Claro que lo sabe.
-¿Por qué la odias tanto?
-¿Yo la odio? - Me incorporo un poco y me cruzo de piernas. - Ella me odia a mí, Chloe. No sabes cuánto deseo perderla de vista.
Se hace el silencio, un silencio que aprovecho para sacar de debajo de mi colchón mi cuaderno de dibujo. Paso las páginas y lo dejo abierto en una en la que he pintado la llama de osadía. Alrededor hay varios recortes de periódico en los que se ven osados paseando por las calles o saltando de los trenes.
-Estoy esperando algo - dice mi hermana con voz cantarina, asomándose a la litera de arriba.
-Gracias - digo cerrando el cuaderno - Aunque ya sabes que no necesito que me ayudes.
-Claro que no. - responde ella con ironía.
Ambas nos quedamos en silencio. Mi hermana coge uno de los cientos de libros que tenemos en las estanterías de nuestro cuarto  y yo clavo mi mirada en un punto del techo. El silencio es profundo, pero no incómodo. Chloe y yo estamos acostumbradas a guardar silencio siempre. Dentro de una semana, estaré en un lugar en el que jamás hay silencio y, en cierto modo, no sé si añoraré estar así con mi hermana.
-Eleanor – susurra mi hermana - ¿Crees que tomaré la decisión correcta?
Me incorporo y dejo caer la mitad de mi cuerpo por un lado de la litera para poder ver la cama de abajo. Mi hermana está tumbada boca arriba, con la vista clavada en las tablas que impiden que mi colchón caiga sobre ella. Está en la misma posición que está siempre que piensa sobre su futuro. El libro ya no está en sus manos, sino en la mesita de noche que tiene al lado.
-¿Aún no sabes lo que vas a hacer?
-Temo tomar la decisión equivocada. – afirma, cerrando los ojos.
-Está bien – me agarro con una mano al hierro del cabecero y me dejo caer hasta estar de pie sobre el colchón de mi hermana. Ésta se desplaza hacia un lado para hacerme un hueco y ambas quedamos tumbadas, una junto a la otra. – Repasemos cada una de las facciones. Erudicción…
-Acabarían descubriendo lo que soy.
-Osadía.
-La iniciación es muy complicada y jamás conseguiría superarla, además de que no tengo nada de osada.
-Verdad.
-Tendría que revelar todos mis secretos ante el suero de la verdad.
-Abnegación.
-No, abnegación no.
-Chloe – digo suspirando – es la mejor. Eres abnegada y lo sabes – susurro lo más bajo que me es posible.
-No, Eleanor. Abnegación y Erudición son enemigas. No me sentiría bien conmigo misma si eligiera Abnegación, y lo sabes. Sería una traidora para todo el mundo.
-No lo serías para la gente que conocieses en Abnegación. Sólo serías una traidora para los rencorosos eruditos – ni siquiera me molesto en sonar poco asqueada – Para mí tampoco serías una traidora. La facción antes que la sangre, ¿recuerdas?
-Tú eres la única persona que sabe lo que soy.
Sí. Soy la única persona que sabe lo que es mi hermana: una divergente. Una chica cuya mente es tan soñadora que se adapta a las características de más de una facción. En su lugar, de Erudición y Abnegación, puede que incluso también de Cordialidad.
-Cordialidad.
-Es mi mejor opción – comenta resignada.
De nuevo, esa resignación ante la posibilidad de ir a Cordialidad. ¿Por qué? Si desde pequeña le ha encantado esa facción. Sus huertos, su alegría, su tranquilidad, su gente, sus colores…
-Sabes lo que tienes que hacer mañana, ¿no?
-Comportarme como una cordial – repite mecánicamente, como si hubiera dicho esa frase cientos de veces, lo que probablemente sea cierto. – No sé si lo conseguiré.
-Lo conseguirás – aseguro, pues no admito duda respecto a este tema – Llevas toda la vida yendo a la facción de Cordialidad. Sabes cómo se comportan, cómo piensan… Llevo años obligándote a comportarte como tal.
-Pero Cordialidad no es mi lugar.
-Chloe – mi tono se vuelve grave, serio, como sólo lo hace cuando estoy realmente mosqueada o cuando algo me preocupa demasiado como para quitarle importancia, como es el caso – es mejor que estar muerta, ¿no crees?
-No seré feliz, Eleanor. – la voz comienza a quebrársele.
-Sí serás feliz. Acabarás acostumbrándote.
-¿Te acostumbrarías tú a vivir aquí?
Se hace el silencio entre ambas. Lo que ocurre siempre que acaba saliendo este tema. Yo no soy erudita, y jamás sería feliz aquí, en Erudición.
-Es diferente. Yo no corro el riesgo de que me maten.
-Eleanor…
-¿Por qué no te vas a Abnegación? Seguro que eres más feliz allí, y es tu lugar.
Lo digo más alto de lo que debería. Así que cierro la boca con fuerza, temiendo que alguien me haya oído. Pero nadie lo ha hecho salvo mi hermana. Supongo que la conversación ha concluido, así que me engancho al barrote de la cama de arriba y tiro de todo mi cuerpo hasta estar de nuevo en mi cama.
-¿Por qué odias tanto a mamá, Eleanor?
La pregunta es como una puñalada y probablemente sea la única pregunta que no estoy dispuesta a contestar a mi hermana.
-Buenas noches, Chole.

A lo largo de toda la noche, escucho cómo mi hermana me llama una y otra vez. Sin embargo, yo sigo fingiendo estar dormida.

jueves, 19 de septiembre de 2013

INTRODUCCIÓN

Eleanor es erudita. Pero no se considera de Erudición. Ella es osada.
Chloe es erudita. Pero, al igual que su hermana, sabe que Erudición no es su lugar. Ella se siente parte de todas las facciones... y de ninguna al mismo tiempo. Ella es divergente.
Eleanor y Chloe son gemelas y deben elegir cómo serán el resto de sus vidas. Eleanor escogerá osadía, pero sabe que si su hermana toma la misma decisión, seguramente muera. Ella es la única que conoce su secreto. Ha arriesgado su vida para saber qué son los divergentes… y se ha dado cuenta de que su hermana es uno de ellos.
Eleanor sabe que Chloe debe ir a Cordialidad. En Verdad, descubrirían su secreto; en Erudición y Osadía, estaría en peligro; y si elige Abnegación, se convertiría en una traidora de Erudición.

Llega el día de elegir. Y Chloe sólo puede preguntarse una cosa: ¿cómo será su vida al separarse de la única persona que la comprende y sabe lo que es?